Candaul
CABA

La noche que cambió mi matrimonio (2)

Siguieron metiéndose mano mientras Gastón abría la puerta de su suite. Apenas entramos, la agarró de la mano:

—Fer, hacéme el favor y traéte un par de botellas de agua del minibar del pasillo. Me voy a llevar a tu mujer a la cama.

En cada movimiento marcaba cancha y tomaba el control. Le hice caso sin chistar, cegado por una calentura perversa.

Mientras iba para el bar, me di vuelta para ver el culazo de mi esposa moviéndose de lado a lado mientras seguía a ese tipo al dormitorio. No podía creerlo.

Abrí la heladerita desesperado, buscando el agua. Se me cayeron las botellitas de los nervios. Me sentó un pelotudo. Apenas agarré las botellas, encaré para la pieza. De golpe escuché una risita que me congeló. Me corrió un frío por la espalda. Mi esposa gemía y se reía bajito. Empecé a respirar agitado y el corazón me iba a mil, pero me quedé duro, escuchando.

De repente, por la puerta entreabierta, vi volar la tanga de encaje negro por el dormitorio. Antes de reaccionar, voló otro trapo negro: el vestido. Las voces se escuchaban clarísimas, como si estuviera ahí al lado.

—Sos hermosa, Ceci, y ni que hablar en bolas.

No podía procesarlo. De golpe, escuché el ruido del cinto al desabrocharse y la pija se me puso de piedra. Él siguió, riéndose bajito:

—Te morís por verla, ¿no?

Mi esposa habló por primera vez, con una mezcla de calentura y susto en la voz:

—La verdad que sí.

De repente, se hizo un silencio total. El silencio duró una eternidad, hasta que Ceci volvió a hablar. Tenía la voz re agrietada, de pura calentura:

—Dios, Gastón. Tenés una pija gigante.

Él se rió entre dientes:

—Soy re macho, nena. De la cabeza a los pies.

Entonces la escuché gemir y el ruido tremendo de sus bocas pegándose, y después Gastón habló de nuevo:

—En la pista me dijiste que era más grande que la de tu marido. ¿Pensaste que era TAAAANTO más grande?

—¡No sabía que existía algo tan grande, boludo!—respondió. La voz le chorreaba calentura, y me imaginaba que la concha también. Se volvieron a comer las bocas, esta vez en un beso re húmedo y largo.

—Hablando de eso, ¿dónde quedó tu marido? —tiró Gastón. No me moví.

—Qué sé yo —respondió Ceci, ninguneándome mal. Estaba totalmente ida. Era doloroso, increíblemente doloroso, y al mismo tiempo me calentaba de una manera enferma. Escuché cómo se volvían a besar, y a Ceci se le escapaban unos gemidos.

De golpe escuché un nalgazo seco. Temblé. Él habló más fuerte, como sabiendo que yo estaba afuera escuchando, conmocionado:

—Andá a la cama. Esté donde esté, sabe que le voy a coger a la mujer. —

Oí el ruido de las sábanas y el colchón cediendo por el peso.

Él siguió: —¿Qué decís, Ceci? ¿Le voy a coger a la mujer? El tiempo se congeló.

Ella usó una voz re perra, re sensual, y me di cuenta de que bien en el fondo le encantaba que la domine así:

—Sí —fue lo único que dijo.

Se me cayeron las botellas de agua al piso. Los plásticos rebotaron en la madera y rodaron por el living. Escuché cómo Gastón se tiraba a la cama con ella; siguieron los besos y las caricias. Esta vez la pasión se escuchaba más fuerte. Se oía el ruido húmedo de los besos y la piel contra piel de los dos cuerpos refregándose.

—Jugá con esto, nena. Así, tal cual —retumbó la voz de Gastón entre beso y beso.

—Es tan grande, Gas —respondió ella, agitada—. No puedo creer lo que pesa. —De golpe, una risita—. Ni me entra en la mano.

Gastón se rió con ella:

—Me encanta cuando me decís que la tengo más grande que tu marido.
Ella hablaba como poseída, totalmente ida:

—Dios, Gastón. La tenés muchísimo más grande. Ni se puede comparar— Su voz me destruyó. Se estaba entregando al cien por cien. Y no podía creer lo terriblemente excitante que me resultaba escucharlo. No me dio el cuero para asomarme. Me quedé ahí parado, congelado entre el cagazo y la calentura.

Escuché otro nalgazo fuerte, pero este sonó distinto. Mi esposa pegó un grito. “¡Ay!”. El ruido volvió a resonar: no entendía bien qué era, y otra vez, y otra vez. Me di cuenta, con horror, de que Gastón le estaba pegando con la carne de la pija en la concha empapada de Ceci. “¡Dios miiiiiío!”, gritaba Ceci.

Ella estaba sin aire: —No puedo creer esto… —Estaba entregadísima.
Un silencio pesado llenó el aire por un segundo, pero enseguida lo rompió el chillido de mi esposa.

—¡Diosssss! ¡Ah! ¡Despacio, Gastón, desp…! ¡ah, ah! ¡La tenés... muy grand…!

—Relajáte, nena —gruñó él—. Culpa tuya por ser tan sexy— y ella lo cortó con otro gemido tremendo, seguro metiéndose más miembro adentro.

Los gritos de ella eran terribles, me retumbaban en la cabeza con una fuerza que casi me hace caer de rodillas. “¡Ay Dios, Gastón! ¡Me estás llenando tooooodaaa!”. El ruido húmedo de la penetración me taladraba los oídos mientras mi esposa gemía de lujuria. Mi pija estaba a punto de reventar. Al toque, el ritmo lento empezó a acelerar y en segundos estaban chocando cuerpo a cuerpo como locos. El ruido retumbaba en toda la habitación. Era ensordecedor.

Nunca en la vida la había escuchado gritar así, tan llena de sexo. Sus gemidos eran mil veces más fuertes que todo lo que le escuché en veinte años de casados. Las cosas que decía, borracha de deseo, como si todas sus fantasías reprimidas hubieran saltado por el aire de golpe.

—¡Síiiiiiiiiiiiiii! ¡Cogéme, papito! ¡Cogeme como un toro con esa pija enorme! —El ruido de los cuerpos chocando me abrumaba.

Era más de lo que podía aguantar y literalmente caí de rodillas, con la pija a presión adentro del pantalón. La toqué por arriba de la tela, pero me levanté al toque por miedo a tener un orgasmo de pajero pervertido.
No pasó mucho tiempo antes de que ella acabar por primera vez. Gritaba agitada, ronca, sin poder terminar palabras. No era algo humano: era un aullido de perra, animal, instintiva, salvaje; como si nunca hubiera acabado antes.

—¿Te gusta mi pija, puta?

—¡M-Me encaaaaanta Gastón!

—Te cojo mejor que tu marido, ¿no?

Otro gemido profundo le salió de adentro:

—¡Ay, diosss! ¡¡¡Sí, siiiííí!!!

La apuró:

—Dale, nena. Quiero que esa concha de mamá casada me moje toda la pija.

—¡¡¡Diossssssssssssssssssssssss!!!

Fue una acabada potente, profunda, diferente a todo lo que yo le había dado jamás. Ella gruñía y gritaba. Me pareció que hasta lloraba. No me animé a mirar, pero podía oírla sacudirse en la cama mientras su cuerpo perdía el control. Esa pija enorme le había sacado el orgasmo más potente de su vida.

Hubo un momento de silencio, y después otro. Me exigió hasta el último gramo de concentración no acabar en los pantalones. Pasaron unos momentos más y después los oí a los dos reírse.

—Dios —jadeó Ceci—. Sos increíble.

—Hay mucho más de donde vino eso, linda. —Y escuché cómo los dos se besaban con todo.

—Quiero darte por atrás. Quiero ver cómo rebota ese culo hermoso.

—Dale. —La voz de mi esposa sonó de golpe inocente y entusiasmada. Eso, tal vez, dolió aún más que los momentos previos llenos de calentura.
Oí más movimiento en la cama y decidí ponerme de pie, dándome cuenta de lo patético que me veía de rodillas, escuchando cómo dominaban a mi mujer.

Ceci se rió entre dientes:

—Fer nunca me coge en cuatro...

—Seguro no es lo suficientemente grande para manejar este culo perfecto —respondió Gastón. Oí un nalgazo fuerte, y después otro. Ceci aulló. Estaba en celo.

De repente, otro gemido gutural se le escapó y supe que la estaba tomando una vez más. No pasó mucho tiempo antes de que sus cuerpos volvieran a chocar al unísono.

No sé qué se activó adentro mío, pero de golpe decidí que tenía que afrontarlo. Me estaban poniendo los cuernos, y necesitaba presenciarlo y aceptarlo. Respiré hondo y entré al dormitorio.

Nunca me voy a olvidar de la escena que me recibió. Nunca.

Lo primero que noté, absurdamente, fueron los pies de Ceci. Sus plantas delicadas y sus dedos encogidos de placer. Noté la espalda grande de Gastón, su culo y sus piernas peludas, dominando el cuerpo encorvado de mi esposa. Fue entonces cuando vi su choque sexual. Él tenía unos huevos enormes que se balanceaban pesadamente mientras chocaban contra la parte inferior del clítoris de mi mujer. Su concha estaba inflamada, rosa, mojada, sus labios empapados y mi amor, mi compañera, la madre de mis hijos, completamente abierta por la penetración de un tipo que había conocido hace una hora. Él embestía con furia; el ruido era zarpado. Sus gemidos eran más altos y desgarradores ahora que me encontraba físicamente adentro de la pieza. Miré por debajo de sus piernas entrelazadas y vi las tetas grandes de Ceci rebotando, chocando entre sí en una perversión transpirada mientras este tipo la poseía por completo. No podía creer lo grande que era su pija y con qué facilidad ella lo recibía; me tocó bien adentro como hombre. Me destruyó.

La voz de Gastón me sacó del trance:

—Qué delicadeza unirte a nosotros, Fer. —Miré para arriba y me di cuenta de que había un espejo grande en el respaldo de la cama. Él me miraba a través de su reflejo mientras le daba pija a mi esposa, que se arqueaba de placer y se retorcía pidiendo más mientras él la bombeaba. De repente, los ojos de Ceci también se cruzaron con los míos a través del reflejo, y hubo un erotismo aterrador en ese instante. Fue al mismo tiempo el momento más humillante y excitante de toda mi vida. Había tanta emoción en sus ojos nublados por el sexo. Era de culpa, de cariño, de desafío. “Te quiero. Pero él es mejor que vos, y yo necesito esto”, parecían decir. Y con cada empalada gritaba.

—¿Dónde está el agua, Fer? —se rió Gastón. Antes de que pudiera responder, siguió—: Es joda, Ceci y yo estamos un poco ocupados en este momento igual.

Su burla le provocó un gemido a ella. Se calentaba la guacha. Yo no sabía qué hacer conmigo mismo, más allá de mirar fascinado.

—No te quedes ahí parado, cornudo. Sentáte y mirá cómo me cojo a tu mujer. —Casi sonaba molesto por mi presencia.

—¡Ahhhhh! ¡La puta madre! —gritó Ceci entre dientes. Hundió la cara en la sábana con una excitación imparable, aparentemente estimulada por el control de Gastón. Observé cómo sus tetas se aplastaban contra las sábanas mientras Gastón continuaba bombeándola de atrás. Le dio un nalgazo en el culo con ganas mientras la reclamaba, ahora directamente ante mis ojos. Lo que sería para él. Su ego gigante al cogerse a mi esposa mientras yo miraba fascinado, sabiendo que era más grande que yo, más fuerte, más potente, sabiendo que se estaba cogiendo a mi esposa mejor de lo que yo lo había hecho jamás.

No sé si pasó media hora o un año. Me quedé ahí sentado, en la silla del escritorio a pocos metros de donde hacían el amor. Mi pija siguió parada adentro de mis pantalones y la realidad es como si se desvaneciera. Miré en todo como en cámara lenta. Parecían haber olvidado incluso que yo estaba en la habitación.

La rompió toda a mi mujer.

Luego de un rato, de que ella acabara no sé cuántas veces, se habían puesto en misionero. Ceci se retorcía abajo de él mientras la cogía a un ritmo frenético. Me di cuenta de que estaba a punto de acabar.

—Fer, ¿Ceci toma pastillas?

Tenía la garganta seca, ya que no había hablado en lo que parecía una eternidad. Pero me las arreglé para responder:

—Sí.

—Bien, porque le voy a acabar adentro.

Ceci gritó; fue el grito más instintivo que había oído en mi vida. Era un grito ensordecedor, ronco, salvaje.

—¡¡¡Dios miiiiío!!! ¡¡¡Acabáme adentroo!!! ¡¡¡Llenámeee, papi!!! ¡¡¡Llenámeee!!!

Se entregó por completo, clavando las uñas en sus brazos grandes, con los dedos de los pies encogidos mientras sus piernas se enganchaban alrededor de su espalda baja, atrayéndolo hacia sí. La pija enorme de Gastón se hizo aún más ancha al llegar su orgasmo. Miré con fascinación cómo sus huevos grandes palpitaban violentamente, con su miembro grueso completamente enterrado adentro de la concha de mi esposa. Un chorro masivo de su leche explotó en lo más profundo de su vientre. La había hecho suya de forma verdadera, total, absoluta.

Se quedaron así un momento, respirando agitados. Mi esposa temblaba cada pocos segundos, con los coletazos de su orgasmo todavía recorriéndole el cuerpo. Lentamente, Gastón se salió de ella. Observé cómo su pija gigante chorreaba y salía resbalando de su concha usada. Se quedó ahí colgando. Un charco de su leche empezó a desbordarse, chorreando por la ranura del culo de Ceci y empapando la sábana donde descansaba su trasera. Él la besó, susurrándole algo que apenas pude oír: “¿De quién es esta concha?”. La besó de nuevo. Mi esposa tembló, devolviéndole el beso y susurrando: “Es tuya, Gastón. Es tuya cuando vos quieras”.

Finalmente, Gastón se puso de pie sonriendo. Pasó a mi lado, con su pija enorme ablandándose lentamente, pero aun colgando gruesa y larga. Me dio una palmadita en el hombro:

—Espero que hayas disfrutado. ¿Ves cuánto lo necesitaba?

Antes de que tuviera tiempo de responder algo, desapareció en el baño, cerrando la puerta tras de sí.

Me puse de pie, notando por primera vez la humedad de mi propia acabada manchada adentro de mis pantalones. Ni me acordaba de cuándo había acabado. Me acerqué con nervios a la cama. Ella respiraba agitadamente, con el cuerpo brillando bajo una capa de sudor. Miré su concha por un momento; se veía tan usada, tan absolutamente dominada. Ella abrió los ojos y me vio por primera vez. Sonrió dulcemente:

—Hola, mi amor.

—Hola —respondí, acariciándole el muslo por instinto.

—¿Estás bien? —me preguntó, con genuina preocupación en su voz.

—Sí. —Hice una pausa, incapaz de creer que esto acababa de pasar, incapaz de creer lo sexy que estaba—. Estoy bien.

—¿Estás seguro de que estás bien? —Se cubrió la cara cuando la gravedad de la situación la golpeó—: Ay dios mío, las cosas que dije... y lloraba.

Inmediatamente la calmé, sacándole las manos de la cara y besándola con todo. Su aliento estaba caliente y se me hacía extrañamente ajeno. Me pregunté si le habría mamado la pija a su nuevo macho.

—Relajáte, amor. Te dejaste llevar por el momento. Una travesura.

Trataba de convencerme a mí mismo tanto como intentaba convencerla a ella.

—¿Estás completamente seguro de que estás bien? Me muero si te hice daño.

Respondí:

—Obviamente fue un poco humillante, pero verte así... uffff, dios mío. Fue lo más sexy que vi en mi vida.

Su preocupación se convirtió en sonrisa:

—Me cogió tan bien, Fer. No sabía, yo. Nunca supe que podía ser así.
Esas palabras dolieron, pero al mismo tiempo, me sentí verdaderamente feliz de que ella pudiera experimentarlo.

—Te quiero —conseguí decir.

—Dios mío, Fer, te quiero muchísimo. —Me agarró y me besó. Sentí que mi pija se movía en los pantalones enchastrados, excitado de nuevo por enésima vez en la noche. Empecé a desabrocharme el cinturón, desesperado por cogerme a mi esposa. Justo cuando estaba a punto de bajarme el cierre, sentí la conocida sensación de dos manos grandes agarrándome los hombros.

—Tranquilo ahí, campeón —se rió Gastón entre dientes—. Podés reclamarla más tarde. Pero en esta habitación de hotel operamos bajo la ley natural.

—¿La ley natural...? —pregunté abrochándome el cinturón.

—Sí, nene. El de la pija grande se coge a la chica.

Me alejó suavemente de la cama y me guió hacia la puerta del dormitorio. Miré hacia atrás una última vez mientras me acompañaba a salir. Mantuve contacto visual con mi hermosa esposa desnuda, que me miraba ensimismada. Sus ojos gritaban muchas cosas:

- “Perdón”.

- “Gracias”.

- “Te quiero”.

Vi todo eso y más en sus ojos. Pero, sobre todo, vi la atracción magnética hacia su nuevo macho, su dueño, tan dotado y dominante, y supe en lo más profundo de mi ser que mi amor no deseaba otra cosa que volver a sentir su pija adentro.

—Me gustaría algo de privacidad para el segundo round, Fer. Sos bienvenido a quedarte por acá. —La voz de Gastón sonó extrañamente amable.

La puerta se cerró detrás de mí. Oí cómo pasaba el cerrojo, y nunca antes un sonido había resonado con una derrota tan humillante.
Sin embargo, me quedé en el salón durante toda la noche. Me dormía y me despertaba entre el sueño y la excitación. Mis sueños eran los sonidos de gemidos, de cuerpos chocando y de mi esposa gritando su nombre.
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