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Me viene a la mente un viejo recuerdo.

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Corría el año 1991; por aquel entonces, Vietnam empezaba a abrirse al turismo para personas que no procedían de los «países hermanos». Era un país que siempre me había fascinado: aunque era demasiado joven para haber vivido la guerra francesa, mi infancia estuvo marcada por la guerra de Vietnam, las ofensivas del Tet y la ruta Ho Chi Minh y la derota final de los yankis.

Cuando mi madre me propuso acompañarla, acepté de inmediato, dejando atrás a mi esposa embarazada y a mi hijo de tres años.

No hace falta decir que aquel viaje estuvo lleno de peripecias: el vuelo de ida pasó por la Unión Soviética de Gorbachov y el de regreso se produjo tras la revolución de Yeltsin.
La comunicación con los habitantes resultaba especialmente difícil; los jóvenes rara vez hablaban algo de ruso yo nada!) y apenas inglés, mientras que los mayores habían olvidado el francés. Sin embargo, había una palabra que lograba desatar —si no las lenguas— al menos las sonrisas: cuando alguien se dirigía a ti por ser blanco, decía «lien so» (soviético), y si respondías «phap» (francés), todo fluía mejor.
Un día fuimos de excursión a Vung Tau, una antigua ciudad balneario de la época colonial donde aún quedaban grandes hoteles que, en tiempos pasados, alojaban a los ricos de Saigón durante la temporada de calor; eran esos hoteles enormes, similares a los que se puede encuentrar en Mar del Plata por ejemplo.

El grupo iba acompañado por una guía llamada «Nube», que hablaba francés correctamente, y por un conductor de autobús con quien, a pesar de la imposibilidad de comunicarnos —salvo por unas pocas palabras en inglés—, había entablado amistad.

Pasamos una noche en Vung Tau, en el hotel más elegante de la época; después de la cena, mientras tomaba el té con mi mamá, el conductor me hizo una seña para que lo siguiera. Fingí que tenía que ir al baño para poder acompañarlo; él me llevó a un rincón apartado de la enorme terraza y me señaló a una joven encantadora vestida con *ao dai*, el traje tradicional...

No solo era guapa y muy sonriente, sino que me hizo señas para que la siguiera y me condujo hacia una habitación que, más tarde, supe que era la del conductor del autobús.
Treinta y cinco años después, guardo un recuerdo lleno de emoción de las dos duchas (ella me limpio el interior del ano) que tomamos antes y después y de una excelente relación sexual También me hizo descubrir posturas que yo no había practicado —y que, en algunos casos, ni siquiera había imaginado.
A la hora de pagar por el servicio, no tenía idea de cuál sería una cantidad adecuada y ella en queria pedir tampoco y le ofrecí veinte dólares, que ella aceptó con un placer visiblemente enorme.

Después fui a reunirme con mi madre, que estaba muy preocupada por mi desaparición. Jajaja
¡Los días siguientes, el chófer me guiñaba un ojo y me sonreía!
Fue la mejor experiencia de toda mi vida por una aventura sin manana.

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