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Tributo virtual

Habia recibidos raros tributos fotográficos o cinematográficos pero eso fue el primer escrito.

Si pasas por ahí gracias gordito.

TESTIGO COMPLICE

Para Saraoutou, infinita fuente de inspiración y fantasías.

Mis 125 kg se sentían más pesados que nunca mientras caminaba por el pasillo alfombrado hacia el salón donde me esperaban. Me habían invitado bajo una premisa que me hacía sudar antes de cruzar el umbral: yo no sería un participante, sino un testigo. Un voyeur destinado a ocupar espacio con mi volumen y mis ojos verdes bien abiertos.
Él, un tipo de 1.80, robusto y de hombros anchos, me recibió con una inclinación de cabeza. Ella, a su lado, era un contraste eléctrico: 1.60 de altura, piel blanca y unos pechos firmes y jugosos que desafiaban la gravedad bajo su bata de seda abierta.
—Sentate ahí, Fernando",— ordenó Ella, señalando un sillón de cuero en la esquina. —"No te muevas. Solo observa y obedece cuando te hable".—
La pareja comenzó sobre la alfombra central. Fue un sexo convencional, rítmico, cargado de una fuerza animal. Él la tomaba con la potencia de sus brazos robustos mientras yo, desde las sombras del sillón, sentía cómo el calor empezaba a subir por mi pecho velludo.
—"Mira, Fernando",— jadeó Ella, girando la cabeza hacia mí sin detener el movimiento de sus caderas. —"Mira como me toma. Desabróchate la camisa. Ahora".—
Mis dedos torpes obedecieron, dejando al descubierto mi torso ancho y sudado. Mientras tanto, la dinámica cambió. Ella se apartó y, con una calma que me heló la sangre, sacó un consolador de silicona negra.
Él se puso en cuatro patas, su espalda robusta brillando bajo la luz tenue. Ella comenzó a trabajar su ano, dilatándolo con paciencia y una sonrisa depredadora.
—"¿Mira esto, oso?",— me dijo Ella, fijando sus ojos en los míos. —"Le estoy abriendo el camino. Sacate los pantalones. Quiero ver tus piernas blancas y ese vello que te cubre".—
Me quedé en mi traje de baño negro, con la verga ya golpeando contra la tela. Ella se colocó un arnés con movimientos expertos. Se posicionó detrás de su hombre y, con un empuje decidido, lo penetró. El gemido de Él fue algo que nunca olvidaré: una mezcla de sorpresa y rendición absoluta.
—"Estoy dentro de él, Fernando. Lo estoy tomando como él me toma a mi",— susurraba Ella mientras el ritmo del impacto de su pelvis contra el culo de Él llenaba la habitación. —"Tocate, Fernando. Pero no acabes. No tenes permiso aún".—
La visión de aquella mujer de 1.60 dominando a un hombre robusto mientras me daba órdenes paso a paso me llevó al límite de mi cordura. Él acabó primero, un espasmo violento que lo dejó colapsando sobre sus propios brazos, aún bajo el ritmo implacable de Ella.
Ella se detuvo, pero no se quitó el arnés. Se acercó a mí, el sudor haciendo que su piel blanca resplandeciera. Miró mi verga, dura y tensa, que ya asomaba por fuera del elástico.
—"Mira cómo quedó",— dijo señalando a Él, que seguía jadeando en el suelo. —"Ahora, termina tu trabajo. Quiero tu leche sobre nosotros".—
Me ordenó masturbarme frente a ellos. Con mis manos grandes rodeando mi miembro, el ritmo de mi respiración se volvió un fuelle. Bajo su mirada de mando, la presión acumulada explotó.
Acabé con una fuerza que me hizo temblar, dirigiendo el chorro espeso primero sobre la espalda ancha de Él, marcando su piel robusta con mi esencia, y luego sobre los pechos firmes de Ella, que los ofreció hacia adelante con orgullo. El contraste del líquido blanco sobre su piel y el sudor de la batalla fue mi cierre poético.
Me quedé allí, desnudo y exhausto, siendo un gigante que acababa de entender que el verdadero poder no reside en el tamaño, sino en quién sostiene las riendas del deseo.
Me quedé allí, de rodillas, una masa de piel blanca y vello espeso, procesando el peso del silencio que siguió a la tormenta.
Ella se puso de pie con una parsimonia que me erizó la piel. Su figura proyectaba una sombra que, desde mi posición sumisa, me pareció inmensa. Él seguía en el suelo, con la espalda ancha y robusta aún marcada por mi rastro, rindiéndose al agotamiento de haber sido poseído. Ella se acercó a mí, su mirada cobriza fijada en mis ojos verdes.
—"Un caballero no deja un rastro así sin hacerse cargo, Fernando",— susurró, y su voz tenía la textura del terciopelo y el acero. —"Mirate... tan grandote... y ahora vas a ser tan útil. Limpianos. Usa tu lengua y no dejes ni una sola gota. Quiero sentir cómo nos dejas impecables antes de que te permitamos vestirte".—
Me arrastré sobre la alfombra, sintiendo el roce del tejido contra mis rodillas pesados. El contraste era absoluto: mi cuerpo velludo y masivo frente a la simetría robusta de él y la delicadeza eléctrica de ella.
Comencé por su espalda. Él soltó un gruñido bajo cuando sintió el calor de mi lengua recorriendo su piel. Sabía a sal y a esfuerzo. Ella me observaba desde arriba, con una mano apoyada en la nuca de su hombre, como quien acaricia a una fiera domada.
Cuando terminé con él, ella dio un paso al frente, ofreciéndome su pecho. Me acerqué con la devoción de un náufrago. Mis labios rodearon la base de sus pechos firmes, subiendo lentamente hacia esas areolas grandes que aún palpitaban. El sabor de ella era distinto; era eléctrico, mezclado con un perfume que ahora se sentía más intenso, más dominante.
—"Eso es...",— jadeó ella, cerrando los ojos mientras mi lengua borraba la evidencia de mi clímax de su piel blanca. —"Saborea lo que has hecho. Quiero que el último recuerdo que te lleves de esta noche sea el gusto de nuestra piel mezclado con la tuya".—
Me perdí en la tarea, mi lengua recorriendo cada poro, sintiendo cómo sus pezones volvían a endurecerse ante mi contacto. Era una limpieza que se sentía como una comunión. Yo, el oso de 41 años, estaba borrando mi propia marca para que solo quedara el recuerdo sensorial de lo que habíamos compartido.
Cuando finalmente me detuve, ella me tomó de la barbilla, obligándome a sostenerle la mirada.
—"Buen chico, Fernando",— sentenció con una sonrisa críptica que me hizo sentir más desnudo que la falta de ropa. —"Ahora podes irte. Camina con ese peso tuyo por la ciudad y recuerda: hay pieles que, una vez que las pruebas, te persiguen para siempre".—
Me puse de pie, sintiéndome extrañamente ligero a pesar de mi tamaño. Salí a la noche con el sabor de ambos aún en los labios, sabiendo que mi geografía personal había sido redibujada para siempre en aquel salón.
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