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El amor de a tres

No estaba en mis planes hacer algo esa noche. Había salido a tomar un café cerquita del hotel con una amiga y, entre una charla muy entretenida sobre espiritualidad, le conté que me había escrito una pareja para hacer algo. Y mientras la acompañaba caminando hasta su casa me incentivó a que les contestara. La tarde se estaba poniendo fresca a pesar del insólito veranito que me regaló Buenos Aires en pleno invierno. Me hizo bien caminar esas cuadras recorriendo fachadas con la vista por Recoleta. Pero no tenía ganas de viajar casi 40 minutos hasta su barrio privado, aunque Juan estaba en lo cierto cuando me decía que íbamos a estar más cómodos allí que en mi hotel. Así que medite caminando hasta llegar a la cochera: “Anda a saber cuándo vuelvo a venir en la camioneta, es ahora o nunca” pensé.

Ya está. Que salga lo que Dios quiera. Le pedí a mi ángel de la guarda que me acompañara en esta travesura mientras conducía por panamericana. Asentí afirmativamente cuando el guardia de la entrada me preguntó si sabía cómo llegar, pero la verdad es que nunca había ni entrado a un country. Confiaba en el gps mientras transitaba despacito unas pintorescas calles delineadas entre un parquizado impecable. Estaba de noche pero pude observar un par de bellas casas entre los arboles hasta que llegue al lote indicado. Le mande un mensaje y salió el marido a indicarme dónde estacionar.

“¡Tanto tiempo!” exclamó Juan al recibirme. Es que hacía como un año que veníamos chateando y por diferentes motivos no se nos daba el encuentro. Pero cuando tiene que salir: Sale. Es así. Se alinean los planetas y de pronto, todo eso que parecía imposible, fluye instantáneamente. Tal fue esa charla inicial mirando futbol mientras Luna se duchaba. Ni tuvimos que hacer esfuerzo para romper el hielo. Se derritió solo. Sin darnos cuenta nos resumimos nuestra vida en lo que dura el baño de una dama.

Me di cuenta lo buen tipo que era cuando apareció Luna y él le contó rápidamente todo lo que habíamos hablado. Había transparencia entre ellos y él quería incluirla, traerla a nuestra conversación, no dejarla afuera. Era un lindo gesto de sinceridad. Sería imposible describir aquí en palabras la belleza de Luna. Pero podría decir que me deslumbró su sonrisa. Transmitía algo fuerte. Como cuando miras el mar y no sabes qué tiene pero te tira a quedarte atónito ahí mirando. Así es su sonrisa. Digna de contemplar. Con unos dientes perfectos como su cara, su pelo, sus ojos, su boca, su cuerpo, su tonadita colombiana aterciopelada. Te atrapa su sensualidad. Te lleva. Te hipnotiza como Freyja, la diosa del amor, la lujuria y la belleza.

Mientras caminamos a la cocina, la casa se fue presentando sola. Todo estaba en su lugar delicadamente decorado. Señal de que alguno de ellos tenía un gusto muy estético y refinado. Al principio intuí que podría ser creación de Luna por cómo ordenó, casi obsesivamente, algo que Juan había dejado tirado. Pero luego me confirmaron que el creativo es él. Era una prolijidad artística. Con tantos detalles como un cuadro obstinadamente pintado y repintado hasta alcanzar la perfección. Pero aunque el contexto competía por mi mirada, yo no podía sacarle la vista a su cola. Tenía un buzo de Juan que cubría por debajo de sus nalgas y la silueta de su ropa interior demarcaba esa manzanita. Cada uno de sus movimientos preparando unos tostados eran tremendamente sensuales a tal punto que entiendo a su marido: Cómo no enamorarse de semejante belleza cotidiana.

Fumamos unas flores, destapamos un vino y volvimos a acomodarnos en un gran sillón en ele frente al televisor de arriba. Los dos son futboleros, pero se ve que logré captar su atención, porque el partido pasó a un segundo plano. Hasta el sonido del parlante que musicalizaba era sofisticado. La previa estaba en marcha cuando Juan nos despidió para ducharse. Su pie derecho quedó tan cerquita de mi mano que me tentó a acariciarlo. Mis manos recorrían sus deditos, su talón y dibujaba la curvatura de su empeine con mis dedos. Nos miramos. Nos sonreímos. Y por fin nos besamos. ¡Wau! Que lindo beso. Danzaron nuestras bocas. Recorrí completamente sus labios con mi legua. Necesitaba delinearla para registrar su sonrisa en mi memoria sensorial. La acerque a mi cuerpo y la cobijé con mi brazo derecho mientras recorría su cola, su abdomen, su rostro, sus piernas y sus pechos con la zurda. No sabía por dónde arrancar a comerla. Estaba toda exquisita.

Desde el baño se escuchó una expresión de Juan que daba cuenta que habíamos arrancado sin él. Nos reímos cómplicemente y con un gesto Luna lo invito a sumarse. Ahora si. Por fin se habían encontrado nuestras tres lenguas. Nos habíamos deseado tanto tiempo, pero allí estábamos, los tres besándonos sin saber hasta dónde nos llevaría la calentura. Todos dispuestos a dejarnos llevar. Juan se arrodilló, levantó el buzo y dejó al descubierto una tanguita de encaje negro muy fina y delicada. Su abdomen era una tabla. Y aunque me quede con ganas de tocar, oler y jugar un rato más con esa tanga la conchita que apareció al bajarla era maravillosa. Por favor. Que linda concha tenía.

Tomé una copa, serví más vino y le convidé a Luna mientras nos desvestíamos. Siempre es un enredo desvestirse, pero en un chasquido ellos estaban mágicamente desnudos. Todavía tengo en mi retina esa imagen de los dos arrodillados en el sillón, acariciándose completamente desnudos. Si ahora mismo apareciera el genio de la lámpara y tuviera un sólo deseo, le pediría que se me guarden para siempre los detalles de esa noche. No quiero perder esos recuerdos. Porque todo fue mágico. Estábamos alados.

Me acerqué a ella y frote mi pene contra su vagina. Suavemente. Mientras besaba su oreja y mi glande hurgaba su entrada, su marido acariciaba mi espalda, mis nalgas, mis piernas y mis huevos. Que sensación. Fue tal el enredo de cuerpos que no puedo ordenar bien la secuencia cronológica. Recuerdo que fue muy bello penetrar su conchita jugosa. Se lo dije varias veces: “Que hermosa concha tenés”. Pero también recuerdo la chupada de verga que me pego Juan. Y también que nos besamos mucho con Luna y la pija de su marido entre nuestras bocas. Me vienen destellos de ella cabalgando maravillosamente arriba mío y sus tetas suaves en mis manos. Era todo muy frenético. Estábamos muy calientes y queríamos probar todas las posiciones. Nos hablábamos gimiendo y nos decíamos cuánto nos gustábamos. “¡Hay esa lengua! Nunca imaginé que me iba a gustar tanto que me bese un hombre” dijo Juan, y Luna asintió su comentario.

Un momento mágico fue cuando lo penetré a Juan. El estaba arriba de Luna y yo empecé a entrarle despacito. Le dolía, pero íbamos progresivamente entrando. Cada vez más adentro. Me gustaba tanto que se me iban los ojos y no podía mantenerle la mirada a su esposa. Así que ella me puso sus dedos en mi boca para no perderme. Y la mordí. La mordí muy fuerte. Pero le gustó. Lo supe por su cara y porque lo compartió con Juan mientras gemía a cada empuje de mi verga en su ano. La sacaba, me lubricaba y se la volvía a meter más adentro mientras Luna lo pajeaba. Lo teníamos en el medio. Atrapado.

Otro momento mágico fue cuando me tocó a mi ir al medio. La abrace fuerte a Luna. La tenía penetrada hasta el fondo y le conté al oído todo lo que hacía su marido. “Me la metió hasta el fondo… La tengo adentro hasta los huevos… Me está cogiendo muy lindo… Uy creo que acabó. Me acabó todo adentro. Tu marido me llenó el culo de leche”. Así de zarpados estábamos. Totalmente entrelazados. Cómo muy bien describió la bella colombiana: Eramos todo un mismo cuerpo.

Otro momento mágico fue cuando ellos se dispusieron a sacarle el primer squirting a Luna de parados. Los admiré encantado hasta que el frenético movimiento de Juan alcanzó el momento más jugoso. Ambos la motivábamos a ella para que largara todo su orgasmo. Era muy caliente la situación. Y cuando terminó de chorrear, Juan me acercó su concha a mi boca invitándome a probarla. Estaba riquísima. Excelente. Nunca había chupado un squirting pero les agradezco eternamente ese momento. Que rico fue. Me encantó tanto que el segundo squirting se lo saqué yo mientras ella estaba sentada arriba de Juan y yo detrás suyo con mi verga apoyada en su cola. La pajee fuerte sobre el clítoris y le pedí que lo largara todo de nuevo hasta que lo empapó completamente al marido. Que felicidad tenía Juan. Me describía todo lo mojado que estaba ahí abajo.

Pero quizás el momento más ratonero fue cuando Luna le puso un antifaz a Juan y le hablaba sensualmente al oído. Lo vi ahí sentado desnudo sobre el sillón y se me ocurrió subirme arriba de él, untarme con gel y moverme franeleando nuestras vergas mientras lo besaba. "¡Hay que lindo eso!" exclamó Luna mientras se pajeaba mirándonos a nuestro lado. Nuestras pijas se frotaban como cuando dos minas se tijeretean. Muy suave y caliente. Era intensa la noche. No parábamos.

Los cuerpos ya demostraban cansancio. Pero las vergas seguían duras y las mentes prendidas fuego. Le pedí a Luna que se sentara en mi pija y descansara. Así que la abrace fuerte mientras la tenía penetrada. Se acercó Juan y nos besamos de nuevo los tres. ¿Quién dijo que no se puede hacer el amor de a tres? O mejor dicho: Si alguien quiere saber cómo se hace el amor de a tres, debería haber visto lo sucedido. “Tenemos la fantasía de tener una trieja” me confesó él mientras la tenía abrazada a Luna. Me rompió la cabeza. Porque me sentí verdaderamente amado en ese momento. Y si el amor de a dos es profundo, puedo inferir por ese instante vivido, que el amor de a tres es infinito. Me movieron la estantería. Quería que el tiempo se detuviera en ese espacio y quedarme a dormir con ellos como me invitaron. Pero en unas seis horas debía continuar con mis responsabilidades y emprender un viaje de seiscientos kilómetros en ruta. Había que bajar a la tierra. Me hicieron tocar el cielo con el alma. Pero se ve que el cielo es un instante, solo podemos aproximarnos, apenas tocarlo y sentirlo como eterno.

Juan es el mejor compañero que podría haber imaginado. Luna es la mujer más hermosa que soñé de adolescente. Y por algunas heridas en la piel que la vida me cargó, creí que nunca iba a estar a la altura de tanta belleza. Pero ellos me demostraron que cuando las almas que se deseaban en otro plano, se encuentran en la tierra, la pasión se transmite de corazón a corazón. “Es la fuerza que te lleva, que te arrastra y que te acerca a Dios. Es un sentimiento, casi una obsesión, si la fuerza es del corazón. Es algo que te liga. Una descarga de energía que te va quitando la razón. Y te hace tropezar, te crea confusión. Seguro que es la fuerza del corazón. Es la fuerza que te lleva” como dice Alejandro Sanz.

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