La noche que cambió mi matrimonio fue una conferencia de negocios. La empresa organizó un evento de fin de semana en un hotel de cinco estrellas del centro. Durante el día fui a varias reuniones mientras Ceci disfrutaba del spa del hotel. A la noche, en la fiesta que cerraba el evento, Ceci y yo estábamos sentados al lado de la mesa de los directores de la empresa. La música sonaba a todo volumen y había un montón de gente bailando en la pista. Comida y alcohol a full. Conversamos con las parejas que se sentaban con nosotros. No pude evitar notar que uno de nuestros directores, Gastón, estaba fichando a Ceci desde la mesa cercana.
Gastón era unos años mayor que yo, alto, corpulento, con algunas canas en su pelo oscuro. Nos habíamos cruzado con él varias veces en otros eventos similares pero nunca había tenido una conversación con el tipo.
La verdad es que no podía culparlo por mirarla fijamente, y creo que no era el único tipo en el salón que la miraba. A los 50, culona, tetona, incluso con algo de pancita y alguna arruga, Ceci es más atractiva que linda. Se había puesto sandalias de 12 cm, maquillaje oscuro, un vestido negro medio suelto, del que sus pechos naturales de mamá siempre parecían estar a punto de salirse. No le di importancia a las miradas, al menos al principio.
Al rato Ceci y yo nos habíamos convertido en una de las últimas parejas que seguían sentadas. Ella se apoyaba en mí, tomando otro spritz, mientras veíamos a los demás bailar.
—¿Estás como para bailar? —preguntó dulcemente, sabiendo que yo estaba “lesionado” por el fútbol. Me costaba caminar y ni hablar de bailar. Además, para ser sincero, o de bailar incluso cuando estoy sano.
—No sé, estoy bastante duro ahora mismo.
Ella suspiró y sonrió con complicidad: —Está bien. Ya sé.
Nos quedamos sentados un momento, mirando la pista, cuando oímos una voz gruesa detrás de nosotros.
—Disculpá, sos Fer, ¿no?
Giramos y vimos a Gastón parado detrás de nosotros.
—Sí. ¿Cómo te va? —Le di la mano. La mano era grande y su agarre excesivamente firme.
—De diez, Fer. Perdonáme, se me fue el nombre de tu esposa. —Le tendió la mano a ella, suavemente.
—Ceci —sonrió mi esposa mientras le ofrecía la mano.
—
¿Puedo preguntar por qué una pareja tan atractiva no está en la pista?—.
Tenía unos ojos oscuros y penetrantes y una presencia terrible.
Hice un gesto de dolor: —Y... me lastimé el pie.
Gastón se enderezó: —¿Fútbol, eh? —. La devoraba a Ceci con la mirada:
—Qué pena. ¿Supongo que no hay drama si le ofrezco a tu esposa bailar un poco? Parece que tiene muchas ganas.
Una oleada de celos me recorrió rápidamente, pero me dije a mí mismo que no pasaba nada. Había un montón de gente ahí fuera y no quería privarla de divertirse. Miré a Ceci como preguntándole: “¿Querés bailar?”.
Pude ver inmediatamente la excitación en sus ojos: —Me encantaría —dijo radiante, y se levantó.
Me aparté para permitir que se pusiera de pie, con su culo bamboleándose apretado mientras su vestido se acomodaba en su lugar. Gastón sonrió y agarró a Ceci de la mano, llevándola a la pista de baile. No pude evitar sentir una mezcla de excitación y vergüenza al ver a este tipo tan grande alejando a mi esposa de mí.
Al principio se mantuvieron separados, bailando al ritmo de un tema rápido. Inmediatamente me di cuenta de lo buen bailarín que era Gastón, siguiéndole el ritmo a Ceci, que nunca dejaba de lucirse en una pista de baile. Yo no recordaba haber visto a un tipo de su edad que fuera tan hábil bailando. Al principio parecía que medían el ritmo y la técnica del otro, manteniendo la distancia. Sin embargo, con el tiempo sus cuerpos se unieron, Gastón le rodeó la espalda con el brazo y luego la cintura. Empezaron a reírse y a hablar mientras se movían; yo estaba demasiado lejos para oír de qué.
En un momento dado, Ceci se dio la vuelta. Observé con sorpresa cómo Gastón estiraba el brazo y le agarraba la panza. La atrajo hacia él, casi pegando el culo de ella a su entrepierna. La sujetó con fuerza y balancearon las caderas al unísono. Ceci me miró, con la cara roja, y apartó la mirada sonriendo. Era una mirada picante, que no estaba acostumbrado a ver en ella. Resultó, además, sorprendentemente excitante. Continuaron así durante un par de temas. Pronto me di cuenta de que las manos de él le rozaban los pechos mientras se movían, al límite de lo aceptable.
Largué un suspiro de alivio cuando terminó esa canción, volviendo la cabeza hacia mi mesa y mi celular en cuanto me di cuenta de que regresaban. Era un intento de parecer tranquilo. Venían riéndose mientras se acercaban. Gastón habló:
—Fer, esta mujer es dinamita. Tengo que atender una llamada rápida pero voy a volver para el segundo round.
Ceci sonrió al sentarse, con la cara todavía un poco roja, el pelo algo desordenado y agitada: —Che, ¡no esperaba eso! La verdad que sabe bailar —fue todo lo que dijo. Me di cuenta de que su vestido estaba algo desacomodado, con su escote aún más expuesto que al principio de la noche. Pero estaba radiante.
—Se notaba que la estabas pasando bien—comenté con calma.
Ella se sonrojó en respuesta: —Hacía un montón que no bailaba así. Mi mente se llenó de pensamientos raros.
Me tragué el orgullo y tomé más de mi vaso: —Me alegro de que te estés divirtiendo. La verdad es que me gustó verte. Me sonrió, inclinándose para darme un beso, y se lo devolví.
—Gastón parecía contentísimo. Me estuvo piropeando mal—. Su tono era exagerado y juguetón. Eso definitivamente me llamó la atención:
—¿Ah, sí? ¿Qué te decía?
—Dijo que era una bomba y que se acordaba de mí de la conferencia del año pasado —se sonrojó, haciendo una pausa.
—¿En serio?
Ella asintió, todavía colorada. Se recompuso, dándose cuenta de repente de que por ahí me había molestado:
—Eh... ¿Tanto te cuesta creer que a otro tipo le pueda parecer atractiva?
— Estaba molesta, como si hubiera recordado que yo no venía siendo muy demostrativo últimamente. Tenía razón, y me sentí como un pelotudo.
—¡Claro que no, amor! Sos la mujer más hermosa de acá. Solo me sorprende que sea tan mandado como para decir eso. Es director de la empresa… capaz se tomó un par de más.
Se volvió a sonrojar, tal vez dándose cuenta de que ella también era culpable de eso: —Creo que todos tomamos de más. Le voy a decir que estoy cansada si me pide bailar de nuevo.
Por alguna razón, ese comentario me causó una extraña sensación de decepción, y me oí decir: —No tenés por qué hacer eso, bebé. Yo no puedo bailar y quiero que la pases bien…
Justo ahí Gastón volvió. Se puso atrás mío agarrándome los hombros, hablándole a Ceci: —¿Lista para el segundo round?
Mi esposa, todavía agitada de su primer baile, me miró a mí y luego a Gastón, respondiendo con una sonrisa: —Supongo que esta noche voy a entrenar.
Gastón se rió entre dientes: —Recién empezamos, Ceci. —Se corrió de atrás mío y la levantó de su asiento, mientras sus manos enormes la sujetaban por la cintura.
—Ya vuelvo —me dijo Ceci, con una sonrisa. Observé con partes iguales de excitación y arrepentimiento cómo caminaban de vuelta a la pista. Gastón era tan naturalmente dominante con mi esposa…
La segunda ronda fue más picante pero la neblina del alcohol, el humo y el cansancio atenuaba todo. Pero no pude evitar ver que había una química tremenda entre los dos. Se movían como si se conocieran de toda la vida; Ceci parecía sentirse muy cómoda en sus brazos. La idea de eso me molestaba más de lo que esperaba, pero inexplicablemente me quedé sentado en un extraño estado de excitación, viendo a mi esposa bailar con otro tipo.
Empezaron a refregarse sus cuerpos; esta vez estaban menos preocupados por el qué dirán y más por pasarla bien. Vi, o creí ver, cómo Gastón le agarraba de golpe el culo a mi esposa durante una parte más rápida del tema. ¡No lo podía creer! Sus manos enormes descansaban ahora cómodamente en su cola. Sentí que mi pija empezaba a ponerse dura en el pantalón. ¿Qué carajo estaba pasando? Continuaron así un buen rato, explorándose. Mi esposa con las manos en los hombros de él, en su espalda, apoyadas contra su pecho. Sus caras pegadas, susurrándose cosas. Habría matado por saber qué se estaban diciendo.
El tema cambió una vez más, y Gastón volvió a girar a mi esposa. En un momento me pareció ver un bulto enorme en su pantalón, pero pasó cuando volvió a pegar el culo de mi esposa contra él. Ella clavó la cola de nuevo en su entrepierna, con los ojos vidriosos y el pelo desprolijo. Gastón miró para mi lado, dándose cuenta de que lo miraba. Me quedé helado, incapaz de desviar los ojos de la escena. No podía creer que mi esposa estuviera frotando su culo contra él. Todo había pasado tan rápido que no sabía cómo reaccionar.
De repente, Gastón me sonrió. Me hizo seña de pulgar para arriba. Por instinto asentí con la cabeza. Todo era surrealista, y rápidamente miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie más se estuviera dando cuenta de lo que pasaba. Gastón le estaba susurrando algo al oído a Ceci, y ella tenía los ojos cerrados, escuchando.
Justo cuando pensaba que la cosa no podía subir más de tono, vi con asombro que Gastón empezaba a rozar los pechos de Ceci. No de forma descarada, pero estaba claro que le pasaba la mano por el costado cada pocos segundos. Ella mantuvo los ojos cerrados mientras él exploraba sus curvas. Sus manos bajaron de sus tetas hacia su panza, y volvieron a subir para apretárselas desde abajo. De repente, la canción terminó, y también su abrazo. Ceci estaba totalmente roja mientras volvía a la mesa. Gastón agarró su celular para atender una llamada y se alejó entre la gente.
Mi esposa se volvió a sentar, respirando agitada, con la cara prendida fuego. Al principio ninguno dijo nada, pero después de unos momentos, habló: —Creo que tomé demasiado. —Me miró, asustada, pidiendo perdón.
Era raro. Quería calentarme. Quería levantarme y armar un quilombo. Sin embargo, no lo hice. Estaba confundido, avergonzado, pero sobre todo excitado. Contra todo pronóstico, pese a cualquier ataque de celos, había disfrutado viendo a este tipo toquetear a mi esposa.
—¿La pasaste bien? —conseguí decir, medio sobrador—. Parecía que se conocen hace años.
Ceci me miró helada y re contra avergonzada: —Ya sé, perdón. Seguro estás re caliente.
—Si la pasaste bien, no estoy enojado. —Volví a sonreír—. ¿Te divertiste?
Se puso más roja todavía: —Yo... S-Sí. Estuvo lindo bailar. —No sabía qué decir.
—Vi que hablaban un montón. ¿De qué hablaban? —pregunté haciéndome el pícaro.
La vergüenza pasó a ser total. Se tapó la cara con las manos: —¡No sé! —respondió.
—¡Cómo que no sabés! Dale. Decime. De verdad no me enojo. —Hice una pausa para darle confianza—. Me gustó verte ahí.
Me miró, con el alcohol, la excitación y la culpa mezclados en los ojos: —Él, eh... É-Él... me preguntó... si me gustaba cómo se sentía.
—¿Cómo se sentía qué cosa? ¿El baile? —respondí, haciéndome el boludo.
—No. —Se sonrojó de nuevo, esta vez esquivándome la mirada.
—¿Qué cosa entonces? —Estaba genuinamente confundido.
Su frustración saltó en ese momento, soltándolo de una: —¡Su pija, Fer!
Casi me desmayo. Demasiado fuerte, demasiado zarpado. Me hizo un cortocircuito en la cabeza.
—¡Qué sé yo! Estaba disfrutando el baile, y lo sentí. ¡Se sentía re grande, re duro! ¡Me re confundió!
—¿Y por eso seguiste refregándole el culo?
Ceci se puso mansita. Habló con una voz tan bajita que casi no la oía por la música:
—No sé qué me pasó, gordo. Perd...
—No te disculpes. Solo lo estoy procesando. —No podía creer cómo tenía la cabeza dándome vuelta. Estaba re alzado por verla así. Pero a la vez mareado y confundido.
—No sé. De verdad no sé. Pero para serte sincero, me pareces re sexy en este momento.
Se le iluminaron los ojos y sentí de nuevo las manos gigantes de Gastón agarrándome los hombros.
—¿Listos para el tercer round? —retumbó, pasándose por las bolas lo que yo pudiera pensar. Capaz de verdad estaba mamado.
Sentí que Ceci tenía miedo de cómo iba a reaccionar: —No sé, Gastón. Me parece que paso en esta. —Hizo una pausa y agregó—: ¡Igual bailás tremendo!
Gastón la miró fijo: —Te lucís demasiado como para cortar. ¡Dale, un tema más!
Ceci me miró desorientada. No sé por qué la empujé, pero el morbo y la calentura me estaban jugando a favor. Miró a Gastón y después me miró a mí. Sonrió con una cara de entusiasmo que no le veía nunca: —Bueno, dale.
Gastón la agarró para levantarla por segunda vez y tiró una frase que nos dejó mudos:
—Joya. Necesito volver a ponerle las manos encima a ese culazo.
Lo miré helado. Gastón me volvió a hacer el pulgar arriba mientras se llevaba a mi esposa, que estaba roja, con los ojos abiertos como platos. Le puso la mano enorme en el culo apenas encararon para la pista. Ella me miró de reojo, casi asustada.
Pero vi la calentura en sus ojos cuando le volvió a clavar el culo encima. Parecía que tenía un imán en la entrepierna del tipo, y yo sabía que a ella la calentaba sentir el bulto contra el cuerpo. De golpe sentí la boca seca y no podía despegar los ojos de cómo se movían. Hablaban mucho más que antes y Gastón estaba más toquetón que nunca. De a ratos los perdía entre la gente y cada vez que pasaba me entraba una desesperación rara.
Pasó un minuto y vi que Ceci me miraba con los ojos prendidos fuego. Gastón le decía cosas al oído desde atrás mientras bailaban. Le vi mover los labios a ella también, pero no entendía qué decía. Miré cómo las manos de Gastón subían de nuevo a sus pechos, rozándoselos, tocándolos medio queriendo y medio sin querer. Ella no me sacaba la mirada de encima mientras él lo hacía, y fue tremendamente erótico. Se quedaron así un rato, hamacándose. Vi cómo tiraba la cabeza para atrás y cerraba los ojos, disfrutando. Él le dijo algo más al oído y vi cómo la giraba despacio, dejándola de espaldas a mí. Al principio ella le puso las manos en los hombros, porque arrancó un tema más lento. Él le agarró las manos despacio y se las fue bajando, primero a la cintura, y después las perdí de vista.
Por el ángulo en el que estaba, la veía perfecto mientras le pasaba las manos en la entrepierna. Al principio puso cara de sorprendida, pero al toque se le dibujó una sonrisa enorme y se rió como no pudiendo creer el tamaño. Era como estar en una pesadilla zarpada de la que no me podía despertar.
Casi me hace caer de la silla. Tenía el corazón a mil y la cabeza quemada, pero no podía dejar de mirar. Mi esposa de casi veinte años, la madre de mis hijos, le estaba toqueteando el bulto a otro. Lo único que separaba su mano de él era la tela del pantalón. Cuando sentía que me iba a explotar la cabeza, la canción terminó y el DJ dijo que metía un descanso de diez minutos.
Gastón le pasó el brazo por la cintura a Ceci y me la trajo de vuelta. Tenía una carpa bárbara en el pantalón. Pero estaba todo bastante oscuro y lleno de gente como para que alguien se diera cuenta.
Ceci venía radiante, con una cara de perra infernal. Me di cuenta de lo gigante que era Gastón al lado de ella. Le sacaba una cabeza. Cuando vi que no se iban a sentar, me paré por instinto. Gastón la seguía agarrando de la cintura.
Entonces me miró fijo, y en mi vida me voy a olvidar de sus palabras:
—Fer. Me voy a llevar a Ceci a mi habitación. —Paró un segundo y la miró a ella, que estaba roja de vergüenza. Parecía hipnotizada, totalmente ida—. Tu mujer me dijo que te gustaba vernos bailar. Me parece que te va a encantar vernos en la cama.
Fue una locura total. Algo irreal. Lo decía con una soltura, con una impunidad... como si fuera lo más normal del mundo. Hace veinte años le metía una piña en la cara sin dudarlo, pero me quedé parado ahí, contra todo pronóstico, como un boludo.
No me salían las palabras. La miré a Ceci. No parecía ella. Era como si un clon idéntico a mi esposa hubiera tomado su lugar. Y en ese segundo me di cuenta de que necesitaba saber hasta dónde quería llegar. Tenía cagazo, estaba confundido, tenía celos, tenía vergüenza. Pero por encima de todo, estaba re caliente. Me moría por ver a mi esposa como nunca la había visto: regalada al sexo sin culpa. Este fulano la había dejado boluda pasándole la verga por el culo. Se la encaró enfrente.
—Mi amor... ¿querés subir con Gastón…? —pregunté.
Ceci se frenó, sonrojada, moviéndose nerviosa: —No sé, gordo… solo si vos querés —respondió con voz dulce, con una mezcla divina de nervios, ansiedad y calentura que me calentó de una manera tremenda. La miré a ella y después a él:
—Bueno, Gastón, dale, vamos.
Yo mismo no podía creer que lo estuviera diciendo.
El viaje en ascensor fue una locura. Nunca la realidad se sintió tan lejana. Ceci me miraba con una mezcla de sensaciones. Había sexo, miedo y ganas bailándole en los ojos verdes. Se me había colgado del brazo, agarrándose con fuerza buscando seguridad, aprobación. De la nada, Gastón le empezó a meter mano. Y no hice nada para pararlo.
Vi cómo la mano le bajaba por la espalda y le agarraba el culo. Me miró y me dijo:
—Fer, tu mujer tiene un culo tremendo.
Le dio un nalgazo juguetón y vi que a ella se le escapó una sonrisa. Temblaba de la calentura, agarrada a mi brazo. Su sonrisa me excitó y se me empezó a armar un nudo re pesado adentro.
Siguieron metiéndose mano mientras Gastón abría la puerta de su suite. Apenas entramos, la agarró de la mano:
—Fer, hacéme el favor y traéte un par de botellas de agua del minibar del pasillo. Me voy a llevar a tu mujer a la cama.
En cada movimiento marcaba cancha y tomaba el control. Le hice caso sin chistar, cegado por una calentura perversa.
Mientras iba para el bar, me di vuelta para ver el culazo de mi esposa moviéndose de lado a lado mientras seguía a ese tipo al dormitorio. No podía creerlo.
Abrí la heladerita desesperado, buscando el agua. Se me cayeron las botellitas de los nervios. Me sentó un pelotudo. Apenas agarré las botellas, encaré para la pieza. De golpe escuché una risita que me congeló. Me corrió un frío por la espalda. Mi esposa gemía y se reía bajito. Empecé a respirar agitado y el corazón me iba a mil, pero me quedé duro, escuchando.
De repente, por la puerta entreabierta, vi volar la tanga de encaje negro por el dormitorio. Antes de reaccionar, voló otro trapo negro: el vestido. Las voces se escuchaban clarísimas, como si estuviera ahí al lado.
—Sos hermosa, Ceci, y ni que hablar en bolas.
No podía procesarlo. De golpe, escuché el ruido del cinto al desabrocharse y la pija se me puso de piedra. Él siguió, riéndose bajito:
—Te morís por verla, ¿no?
Mi esposa habló por primera vez, con una mezcla de calentura y susto en la voz:
—La verdad que sí.
De repente, se hizo un silencio total. El silencio duró una eternidad, hasta que Ceci volvió a hablar. Tenía la voz re agrietada, de pura calentura:
—Dios, Gastón. Tenés una pija gigante.
Él se rió entre dientes:
—Soy re macho, nena. De la cabeza a los pies.
Entonces la escuché gemir y el ruido tremendo de sus bocas pegándose, y después Gastón habló de nuevo:
—En la pista me dijiste que era más grande que la de tu marido. ¿Pensaste que era TAAAANTO más grande?
—¡No sabía que existía algo tan grande, boludo!—respondió. La voz le chorreaba calentura, y me imaginaba que la concha también. Se volvieron a comer las bocas, esta vez en un beso re húmedo y largo.
—Hablando de eso, ¿dónde quedó tu marido? —tiró Gastón. No me moví.
—Qué sé yo —respondió Ceci, ninguneándome mal. Estaba totalmente ida. Era doloroso, increíblemente doloroso, y al mismo tiempo me calentaba de una manera enferma. Escuché cómo se volvían a besar, y a Ceci se le escapaban unos gemidos.
De golpe escuché un nalgazo seco. Temblé. Él habló más fuerte, como sabiendo que yo estaba afuera escuchando, conmocionado:
—Andá a la cama. Esté donde esté, sabe que le voy a coger a la mujer. —
Oí el ruido de las sábanas y el colchón cediendo por el peso.
Él siguió: —¿Qué decís, Ceci? ¿Le voy a coger a la mujer? El tiempo se congeló.
Ella usó una voz re perra, re sensual, y me di cuenta de que bien en el fondo le encantaba que la domine así:
—Sí —fue lo único que dijo.
Se me cayeron las botellas de agua al piso. Los plásticos rebotaron en la madera y rodaron por el living. Escuché cómo Gastón se tiraba a la cama con ella; siguieron los besos y las caricias. Esta vez la pasión se escuchaba más fuerte. Se oía el ruido húmedo de los besos y la piel contra piel de los dos cuerpos refregándose.
—Jugá con esto, nena. Así, tal cual —retumbó la voz de Gastón entre beso y beso.
—Es tan grande, Gas —respondió ella, agitada—. No puedo creer lo que pesa. —De golpe, una risita—. Ni me entra en la mano.
Gastón se rió con ella:
—Me encanta cuando me decís que la tengo más grande que tu marido.
Ella hablaba como poseída, totalmente ida:
—Dios, Gastón. La tenés muchísimo más grande. Ni se puede comparar— Su voz me destruyó. Se estaba entregando al cien por cien. Y no podía creer lo terriblemente excitante que me resultaba escucharlo. No me dio el cuero para asomarme. Me quedé ahí parado, congelado entre el cagazo y la calentura.
Escuché otro nalgazo fuerte, pero este sonó distinto. Mi esposa pegó un grito. “¡Ay!”. El ruido volvió a resonar: no entendía bien qué era, y otra vez, y otra vez. Me di cuenta, con horror, de que Gastón le estaba pegando con la carne de la pija en la concha empapada de Ceci. “¡Dios miiiiiío!”, gritaba Ceci.
Ella estaba sin aire: —No puedo creer esto… —Estaba entregadísima.
Un silencio pesado llenó el aire por un segundo, pero enseguida lo rompió el chillido de mi esposa.
—¡Diosssss! ¡Ah! ¡Despacio, Gastón, desp…! ¡ah, ah! ¡La tenés... muy grand…!
—Relajáte, nena —gruñó él—. Culpa tuya por ser tan sexy— y ella lo cortó con otro gemido tremendo, seguro metiéndose más miembro adentro.
Los gritos de ella eran terribles, me retumbaban en la cabeza con una fuerza que casi me hace caer de rodillas. “¡Ay Dios, Gastón! ¡Me estás llenando tooooodaaa!”. El ruido húmedo de la penetración me taladraba los oídos mientras mi esposa gemía de lujuria. Mi pija estaba a punto de reventar. Al toque, el ritmo lento empezó a acelerar y en segundos estaban chocando cuerpo a cuerpo como locos. El ruido retumbaba en toda la habitación. Era ensordecedor.
Nunca en la vida la había escuchado gritar así, tan llena de sexo. Sus gemidos eran mil veces más fuertes que todo lo que le escuché en veinte años de casados. Las cosas que decía, borracha de deseo, como si todas sus fantasías reprimidas hubieran saltado por el aire de golpe.
—¡Síiiiiiiiiiiiiii! ¡Cogéme, papito! ¡Cogeme como un toro con esa pija enorme! —El ruido de los cuerpos chocando me abrumaba.
Era más de lo que podía aguantar y literalmente caí de rodillas, con la pija a presión adentro del pantalón. La toqué por arriba de la tela, pero me levanté al toque por miedo a tener un orgasmo de pajero pervertido.
No pasó mucho tiempo antes de que ella acabar por primera vez. Gritaba agitada, ronca, sin poder terminar palabras. No era algo humano: era un aullido de perra, animal, instintiva, salvaje; como si nunca hubiera acabado antes.
—¿Te gusta mi pija, puta?
—¡M-Me encaaaaanta Gastón!
—Te cojo mejor que tu marido, ¿no?
Otro gemido profundo le salió de adentro:
—¡Ay, diosss! ¡¡¡Sí, siiiííí!!!
La apuró:
—Dale, nena. Quiero que esa concha de mamá casada me moje toda la pija.
—¡¡¡Diossssssssssssssssssssssss!!!
Fue una acabada potente, profunda, diferente a todo lo que yo le había dado jamás. Ella gruñía y gritaba. Me pareció que hasta lloraba. No me animé a mirar, pero podía oírla sacudirse en la cama mientras su cuerpo perdía el control. Esa pija enorme le había sacado el orgasmo más potente de su vida.
Hubo un momento de silencio, y después otro. Me exigió hasta el último gramo de concentración no acabar en los pantalones. Pasaron unos momentos más y después los oí a los dos reírse.
—Dios —jadeó Ceci—. Sos increíble.
—Hay mucho más de donde vino eso, linda. —Y escuché cómo los dos se besaban con todo.
—Quiero darte por atrás. Quiero ver cómo rebota ese culo hermoso.
—Dale. —La voz de mi esposa sonó de golpe inocente y entusiasmada. Eso, tal vez, dolió aún más que los momentos previos llenos de calentura.
Oí más movimiento en la cama y decidí ponerme de pie, dándome cuenta de lo patético que me veía de rodillas, escuchando cómo dominaban a mi mujer.
Ceci se rió entre dientes:
—Fer nunca me coge en cuatro...
—Seguro no es lo suficientemente grande para manejar este culo perfecto —respondió Gastón. Oí un nalgazo fuerte, y después otro. Ceci aulló. Estaba en celo.
De repente, otro gemido gutural se le escapó y supe que la estaba tomando una vez más. No pasó mucho tiempo antes de que sus cuerpos volvieran a chocar al unísono.
No sé qué se activó adentro mío, pero de golpe decidí que tenía que afrontarlo. Me estaban poniendo los cuernos, y necesitaba presenciarlo y aceptarlo. Respiré hondo y entré al dormitorio.
Nunca me voy a olvidar de la escena que me recibió. Nunca.
Lo primero que noté, absurdamente, fueron los pies de Ceci. Sus plantas delicadas y sus dedos encogidos de placer. Noté la espalda grande de Gastón, su culo y sus piernas peludas, dominando el cuerpo encorvado de mi esposa. Fue entonces cuando vi su choque sexual. Él tenía unos huevos enormes que se balanceaban pesadamente mientras chocaban contra la parte inferior del clítoris de mi mujer. Su concha estaba inflamada, rosa, mojada, sus labios empapados y mi amor, mi compañera, la madre de mis hijos, completamente abierta por la penetración de un tipo que había conocido hace una hora. Él embestía con furia; el ruido era zarpado. Sus gemidos eran más altos y desgarradores ahora que me encontraba físicamente adentro de la pieza. Miré por debajo de sus piernas entrelazadas y vi las tetas grandes de Ceci rebotando, chocando entre sí en una perversión transpirada mientras este tipo la poseía por completo. No podía creer lo grande que era su pija y con qué facilidad ella lo recibía; me tocó bien adentro como hombre. Me destruyó.
La voz de Gastón me sacó del trance:
—Qué delicadeza unirte a nosotros, Fer. —Miré para arriba y me di cuenta de que había un espejo grande en el respaldo de la cama. Él me miraba a través de su reflejo mientras le daba pija a mi esposa, que se arqueaba de placer y se retorcía pidiendo más mientras él la bombeaba. De repente, los ojos de Ceci también se cruzaron con los míos a través del reflejo, y hubo un erotismo aterrador en ese instante. Fue al mismo tiempo el momento más humillante y excitante de toda mi vida. Había tanta emoción en sus ojos nublados por el sexo. Era de culpa, de cariño, de desafío. “Te quiero. Pero él es mejor que vos, y yo necesito esto”, parecían decir. Y con cada empalada gritaba.
—¿Dónde está el agua, Fer? —se rió Gastón. Antes de que pudiera responder, siguió—: Es joda, Ceci y yo estamos un poco ocupados en este momento igual.
Su burla le provocó un gemido a ella. Se calentaba la guacha. Yo no sabía qué hacer conmigo mismo, más allá de mirar fascinado.
—No te quedes ahí parado, cornudo. Sentáte y mirá cómo me cojo a tu mujer. —Casi sonaba molesto por mi presencia.
—¡Ahhhhh! ¡La puta madre! —gritó Ceci entre dientes. Hundió la cara en la sábana con una excitación imparable, aparentemente estimulada por el control de Gastón. Observé cómo sus tetas se aplastaban contra las sábanas mientras Gastón continuaba bombeándola de atrás. Le dio un nalgazo en el culo con ganas mientras la reclamaba, ahora directamente ante mis ojos. Lo que sería para él. Su ego gigante al cogerse a mi esposa mientras yo miraba fascinado, sabiendo que era más grande que yo, más fuerte, más potente, sabiendo que se estaba cogiendo a mi esposa mejor de lo que yo lo había hecho jamás.
No sé si pasó media hora o un año. Me quedé ahí sentado, en la silla del escritorio a pocos metros de donde hacían el amor. Mi pija siguió parada adentro de mis pantalones y la realidad es como si se desvaneciera. Miré en todo como en cámara lenta. Parecían haber olvidado incluso que yo estaba en la habitación.
La rompió toda a mi mujer.
Luego de un rato, de que ella acabara no sé cuántas veces, se habían puesto en misionero. Ceci se retorcía abajo de él mientras la cogía a un ritmo frenético. Me di cuenta de que estaba a punto de acabar.
—Fer, ¿Ceci toma pastillas?
Tenía la garganta seca, ya que no había hablado en lo que parecía una eternidad. Pero me las arreglé para responder:
—Sí.
—Bien, porque le voy a acabar adentro.
Ceci gritó; fue el grito más instintivo que había oído en mi vida. Era un grito ensordecedor, ronco, salvaje.
—¡¡¡Dios miiiiío!!! ¡¡¡Acabáme adentroo!!! ¡¡¡Llenámeee, papi!!! ¡¡¡Llenámeee!!!
Se entregó por completo, clavando las uñas en sus brazos grandes, con los dedos de los pies encogidos mientras sus piernas se enganchaban alrededor de su espalda baja, atrayéndolo hacia sí. La pija enorme de Gastón se hizo aún más ancha al llegar su orgasmo. Miré con fascinación cómo sus huevos grandes palpitaban violentamente, con su miembro grueso completamente enterrado adentro de la concha de mi esposa. Un chorro masivo de su leche explotó en lo más profundo de su vientre. La había hecho suya de forma verdadera, total, absoluta.
Se quedaron así un momento, respirando agitados. Mi esposa temblaba cada pocos segundos, con los coletazos de su orgasmo todavía recorriéndole el cuerpo. Lentamente, Gastón se salió de ella. Observé cómo su pija gigante chorreaba y salía resbalando de su concha usada. Se quedó ahí colgando. Un charco de su leche empezó a desbordarse, chorreando por la ranura del culo de Ceci y empapando la sábana donde descansaba su trasera. Él la besó, susurrándole algo que apenas pude oír: “¿De quién es esta concha?”. La besó de nuevo. Mi esposa tembló, devolviéndole el beso y susurrando: “Es tuya, Gastón. Es tuya cuando vos quieras”.
Finalmente, Gastón se puso de pie sonriendo. Pasó a mi lado, con su pija enorme ablandándose lentamente, pero aun colgando gruesa y larga. Me dio una palmadita en el hombro:
—Espero que hayas disfrutado. ¿Ves cuánto lo necesitaba?
Antes de que tuviera tiempo de responder algo, desapareció en el baño, cerrando la puerta tras de sí.
Me puse de pie, notando por primera vez la humedad de mi propia acabada manchada adentro de mis pantalones. Ni me acordaba de cuándo había acabado. Me acerqué con nervios a la cama. Ella respiraba agitadamente, con el cuerpo brillando bajo una capa de sudor. Miré su concha por un momento; se veía tan usada, tan absolutamente dominada. Ella abrió los ojos y me vio por primera vez. Sonrió dulcemente:
—Hola, mi amor.
—Hola —respondí, acariciándole el muslo por instinto.
—¿Estás bien? —me preguntó, con genuina preocupación en su voz.
—Sí. —Hice una pausa, incapaz de creer que esto acababa de pasar, incapaz de creer lo sexy que estaba—. Estoy bien.
—¿Estás seguro de que estás bien? —Se cubrió la cara cuando la gravedad de la situación la golpeó—: Ay dios mío, las cosas que dije... y lloraba.
Inmediatamente la calmé, sacándole las manos de la cara y besándola con todo. Su aliento estaba caliente y se me hacía extrañamente ajeno. Me pregunté si le habría mamado la pija a su nuevo macho.
—Relajáte, amor. Te dejaste llevar por el momento. Una travesura.
Trataba de convencerme a mí mismo tanto como intentaba convencerla a ella.
—¿Estás completamente seguro de que estás bien? Me muero si te hice daño.
Respondí:
—Obviamente fue un poco humillante, pero verte así... uffff, dios mío. Fue lo más sexy que vi en mi vida.
Su preocupación se convirtió en sonrisa:
—Me cogió tan bien, Fer. No sabía, yo. Nunca supe que podía ser así.
Esas palabras dolieron, pero al mismo tiempo, me sentí verdaderamente feliz de que ella pudiera experimentarlo.
—Te quiero —conseguí decir.
—Dios mío, Fer, te quiero muchísimo. —Me agarró y me besó. Sentí que mi pija se movía en los pantalones enchastrados, excitado de nuevo por enésima vez en la noche. Empecé a desabrocharme el cinturón, desesperado por cogerme a mi esposa. Justo cuando estaba a punto de bajarme el cierre, sentí la conocida sensación de dos manos grandes agarrándome los hombros.
—Tranquilo ahí, campeón —se rió Gastón entre dientes—. Podés reclamarla más tarde. Pero en esta habitación de hotel operamos bajo la ley natural.
—¿La ley natural...? —pregunté abrochándome el cinturón.
—Sí, nene. El de la pija grande se coge a la chica.
Me alejó suavemente de la cama y me guió hacia la puerta del dormitorio. Miré hacia atrás una última vez mientras me acompañaba a salir. Mantuve contacto visual con mi hermosa esposa desnuda, que me miraba ensimismada. Sus ojos gritaban muchas cosas:
- “Perdón”.
- “Gracias”.
- “Te quiero”.
Vi todo eso y más en sus ojos. Pero, sobre todo, vi la atracción magnética hacia su nuevo macho, su dueño, tan dotado y dominante, y supe en lo más profundo de mi ser que mi amor no deseaba otra cosa que volver a sentir su pija adentro.
—Me gustaría algo de privacidad para el segundo round, Fer. Sos bienvenido a quedarte por acá. —La voz de Gastón sonó extrañamente amable.
La puerta se cerró detrás de mí. Oí cómo pasaba el cerrojo, y nunca antes un sonido había resonado con una derrota tan humillante.
Sin embargo, me quedé en el salón durante toda la noche. Me dormía y me despertaba entre el sueño y la excitación. Mis sueños eran los sonidos de gemidos, de cuerpos chocando y de mi esposa gritando su nombre.
Gastón era unos años mayor que yo, alto, corpulento, con algunas canas en su pelo oscuro. Nos habíamos cruzado con él varias veces en otros eventos similares pero nunca había tenido una conversación con el tipo.
La verdad es que no podía culparlo por mirarla fijamente, y creo que no era el único tipo en el salón que la miraba. A los 50, culona, tetona, incluso con algo de pancita y alguna arruga, Ceci es más atractiva que linda. Se había puesto sandalias de 12 cm, maquillaje oscuro, un vestido negro medio suelto, del que sus pechos naturales de mamá siempre parecían estar a punto de salirse. No le di importancia a las miradas, al menos al principio.
Al rato Ceci y yo nos habíamos convertido en una de las últimas parejas que seguían sentadas. Ella se apoyaba en mí, tomando otro spritz, mientras veíamos a los demás bailar.
—¿Estás como para bailar? —preguntó dulcemente, sabiendo que yo estaba “lesionado” por el fútbol. Me costaba caminar y ni hablar de bailar. Además, para ser sincero, o de bailar incluso cuando estoy sano.
—No sé, estoy bastante duro ahora mismo.
Ella suspiró y sonrió con complicidad: —Está bien. Ya sé.
Nos quedamos sentados un momento, mirando la pista, cuando oímos una voz gruesa detrás de nosotros.
—Disculpá, sos Fer, ¿no?
Giramos y vimos a Gastón parado detrás de nosotros.
—Sí. ¿Cómo te va? —Le di la mano. La mano era grande y su agarre excesivamente firme.
—De diez, Fer. Perdonáme, se me fue el nombre de tu esposa. —Le tendió la mano a ella, suavemente.
—Ceci —sonrió mi esposa mientras le ofrecía la mano.
—
¿Puedo preguntar por qué una pareja tan atractiva no está en la pista?—.
Tenía unos ojos oscuros y penetrantes y una presencia terrible.
Hice un gesto de dolor: —Y... me lastimé el pie.
Gastón se enderezó: —¿Fútbol, eh? —. La devoraba a Ceci con la mirada:
—Qué pena. ¿Supongo que no hay drama si le ofrezco a tu esposa bailar un poco? Parece que tiene muchas ganas.
Una oleada de celos me recorrió rápidamente, pero me dije a mí mismo que no pasaba nada. Había un montón de gente ahí fuera y no quería privarla de divertirse. Miré a Ceci como preguntándole: “¿Querés bailar?”.
Pude ver inmediatamente la excitación en sus ojos: —Me encantaría —dijo radiante, y se levantó.
Me aparté para permitir que se pusiera de pie, con su culo bamboleándose apretado mientras su vestido se acomodaba en su lugar. Gastón sonrió y agarró a Ceci de la mano, llevándola a la pista de baile. No pude evitar sentir una mezcla de excitación y vergüenza al ver a este tipo tan grande alejando a mi esposa de mí.
Al principio se mantuvieron separados, bailando al ritmo de un tema rápido. Inmediatamente me di cuenta de lo buen bailarín que era Gastón, siguiéndole el ritmo a Ceci, que nunca dejaba de lucirse en una pista de baile. Yo no recordaba haber visto a un tipo de su edad que fuera tan hábil bailando. Al principio parecía que medían el ritmo y la técnica del otro, manteniendo la distancia. Sin embargo, con el tiempo sus cuerpos se unieron, Gastón le rodeó la espalda con el brazo y luego la cintura. Empezaron a reírse y a hablar mientras se movían; yo estaba demasiado lejos para oír de qué.
En un momento dado, Ceci se dio la vuelta. Observé con sorpresa cómo Gastón estiraba el brazo y le agarraba la panza. La atrajo hacia él, casi pegando el culo de ella a su entrepierna. La sujetó con fuerza y balancearon las caderas al unísono. Ceci me miró, con la cara roja, y apartó la mirada sonriendo. Era una mirada picante, que no estaba acostumbrado a ver en ella. Resultó, además, sorprendentemente excitante. Continuaron así durante un par de temas. Pronto me di cuenta de que las manos de él le rozaban los pechos mientras se movían, al límite de lo aceptable.
Largué un suspiro de alivio cuando terminó esa canción, volviendo la cabeza hacia mi mesa y mi celular en cuanto me di cuenta de que regresaban. Era un intento de parecer tranquilo. Venían riéndose mientras se acercaban. Gastón habló:
—Fer, esta mujer es dinamita. Tengo que atender una llamada rápida pero voy a volver para el segundo round.
Ceci sonrió al sentarse, con la cara todavía un poco roja, el pelo algo desordenado y agitada: —Che, ¡no esperaba eso! La verdad que sabe bailar —fue todo lo que dijo. Me di cuenta de que su vestido estaba algo desacomodado, con su escote aún más expuesto que al principio de la noche. Pero estaba radiante.
—Se notaba que la estabas pasando bien—comenté con calma.
Ella se sonrojó en respuesta: —Hacía un montón que no bailaba así. Mi mente se llenó de pensamientos raros.
Me tragué el orgullo y tomé más de mi vaso: —Me alegro de que te estés divirtiendo. La verdad es que me gustó verte. Me sonrió, inclinándose para darme un beso, y se lo devolví.
—Gastón parecía contentísimo. Me estuvo piropeando mal—. Su tono era exagerado y juguetón. Eso definitivamente me llamó la atención:
—¿Ah, sí? ¿Qué te decía?
—Dijo que era una bomba y que se acordaba de mí de la conferencia del año pasado —se sonrojó, haciendo una pausa.
—¿En serio?
Ella asintió, todavía colorada. Se recompuso, dándose cuenta de repente de que por ahí me había molestado:
—Eh... ¿Tanto te cuesta creer que a otro tipo le pueda parecer atractiva?
— Estaba molesta, como si hubiera recordado que yo no venía siendo muy demostrativo últimamente. Tenía razón, y me sentí como un pelotudo.
—¡Claro que no, amor! Sos la mujer más hermosa de acá. Solo me sorprende que sea tan mandado como para decir eso. Es director de la empresa… capaz se tomó un par de más.
Se volvió a sonrojar, tal vez dándose cuenta de que ella también era culpable de eso: —Creo que todos tomamos de más. Le voy a decir que estoy cansada si me pide bailar de nuevo.
Por alguna razón, ese comentario me causó una extraña sensación de decepción, y me oí decir: —No tenés por qué hacer eso, bebé. Yo no puedo bailar y quiero que la pases bien…
Justo ahí Gastón volvió. Se puso atrás mío agarrándome los hombros, hablándole a Ceci: —¿Lista para el segundo round?
Mi esposa, todavía agitada de su primer baile, me miró a mí y luego a Gastón, respondiendo con una sonrisa: —Supongo que esta noche voy a entrenar.
Gastón se rió entre dientes: —Recién empezamos, Ceci. —Se corrió de atrás mío y la levantó de su asiento, mientras sus manos enormes la sujetaban por la cintura.
—Ya vuelvo —me dijo Ceci, con una sonrisa. Observé con partes iguales de excitación y arrepentimiento cómo caminaban de vuelta a la pista. Gastón era tan naturalmente dominante con mi esposa…
La segunda ronda fue más picante pero la neblina del alcohol, el humo y el cansancio atenuaba todo. Pero no pude evitar ver que había una química tremenda entre los dos. Se movían como si se conocieran de toda la vida; Ceci parecía sentirse muy cómoda en sus brazos. La idea de eso me molestaba más de lo que esperaba, pero inexplicablemente me quedé sentado en un extraño estado de excitación, viendo a mi esposa bailar con otro tipo.
Empezaron a refregarse sus cuerpos; esta vez estaban menos preocupados por el qué dirán y más por pasarla bien. Vi, o creí ver, cómo Gastón le agarraba de golpe el culo a mi esposa durante una parte más rápida del tema. ¡No lo podía creer! Sus manos enormes descansaban ahora cómodamente en su cola. Sentí que mi pija empezaba a ponerse dura en el pantalón. ¿Qué carajo estaba pasando? Continuaron así un buen rato, explorándose. Mi esposa con las manos en los hombros de él, en su espalda, apoyadas contra su pecho. Sus caras pegadas, susurrándose cosas. Habría matado por saber qué se estaban diciendo.
El tema cambió una vez más, y Gastón volvió a girar a mi esposa. En un momento me pareció ver un bulto enorme en su pantalón, pero pasó cuando volvió a pegar el culo de mi esposa contra él. Ella clavó la cola de nuevo en su entrepierna, con los ojos vidriosos y el pelo desprolijo. Gastón miró para mi lado, dándose cuenta de que lo miraba. Me quedé helado, incapaz de desviar los ojos de la escena. No podía creer que mi esposa estuviera frotando su culo contra él. Todo había pasado tan rápido que no sabía cómo reaccionar.
De repente, Gastón me sonrió. Me hizo seña de pulgar para arriba. Por instinto asentí con la cabeza. Todo era surrealista, y rápidamente miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie más se estuviera dando cuenta de lo que pasaba. Gastón le estaba susurrando algo al oído a Ceci, y ella tenía los ojos cerrados, escuchando.
Justo cuando pensaba que la cosa no podía subir más de tono, vi con asombro que Gastón empezaba a rozar los pechos de Ceci. No de forma descarada, pero estaba claro que le pasaba la mano por el costado cada pocos segundos. Ella mantuvo los ojos cerrados mientras él exploraba sus curvas. Sus manos bajaron de sus tetas hacia su panza, y volvieron a subir para apretárselas desde abajo. De repente, la canción terminó, y también su abrazo. Ceci estaba totalmente roja mientras volvía a la mesa. Gastón agarró su celular para atender una llamada y se alejó entre la gente.
Mi esposa se volvió a sentar, respirando agitada, con la cara prendida fuego. Al principio ninguno dijo nada, pero después de unos momentos, habló: —Creo que tomé demasiado. —Me miró, asustada, pidiendo perdón.
Era raro. Quería calentarme. Quería levantarme y armar un quilombo. Sin embargo, no lo hice. Estaba confundido, avergonzado, pero sobre todo excitado. Contra todo pronóstico, pese a cualquier ataque de celos, había disfrutado viendo a este tipo toquetear a mi esposa.
—¿La pasaste bien? —conseguí decir, medio sobrador—. Parecía que se conocen hace años.
Ceci me miró helada y re contra avergonzada: —Ya sé, perdón. Seguro estás re caliente.
—Si la pasaste bien, no estoy enojado. —Volví a sonreír—. ¿Te divertiste?
Se puso más roja todavía: —Yo... S-Sí. Estuvo lindo bailar. —No sabía qué decir.
—Vi que hablaban un montón. ¿De qué hablaban? —pregunté haciéndome el pícaro.
La vergüenza pasó a ser total. Se tapó la cara con las manos: —¡No sé! —respondió.
—¡Cómo que no sabés! Dale. Decime. De verdad no me enojo. —Hice una pausa para darle confianza—. Me gustó verte ahí.
Me miró, con el alcohol, la excitación y la culpa mezclados en los ojos: —Él, eh... É-Él... me preguntó... si me gustaba cómo se sentía.
—¿Cómo se sentía qué cosa? ¿El baile? —respondí, haciéndome el boludo.
—No. —Se sonrojó de nuevo, esta vez esquivándome la mirada.
—¿Qué cosa entonces? —Estaba genuinamente confundido.
Su frustración saltó en ese momento, soltándolo de una: —¡Su pija, Fer!
Casi me desmayo. Demasiado fuerte, demasiado zarpado. Me hizo un cortocircuito en la cabeza.
—¡Qué sé yo! Estaba disfrutando el baile, y lo sentí. ¡Se sentía re grande, re duro! ¡Me re confundió!
—¿Y por eso seguiste refregándole el culo?
Ceci se puso mansita. Habló con una voz tan bajita que casi no la oía por la música:
—No sé qué me pasó, gordo. Perd...
—No te disculpes. Solo lo estoy procesando. —No podía creer cómo tenía la cabeza dándome vuelta. Estaba re alzado por verla así. Pero a la vez mareado y confundido.
—No sé. De verdad no sé. Pero para serte sincero, me pareces re sexy en este momento.
Se le iluminaron los ojos y sentí de nuevo las manos gigantes de Gastón agarrándome los hombros.
—¿Listos para el tercer round? —retumbó, pasándose por las bolas lo que yo pudiera pensar. Capaz de verdad estaba mamado.
Sentí que Ceci tenía miedo de cómo iba a reaccionar: —No sé, Gastón. Me parece que paso en esta. —Hizo una pausa y agregó—: ¡Igual bailás tremendo!
Gastón la miró fijo: —Te lucís demasiado como para cortar. ¡Dale, un tema más!
Ceci me miró desorientada. No sé por qué la empujé, pero el morbo y la calentura me estaban jugando a favor. Miró a Gastón y después me miró a mí. Sonrió con una cara de entusiasmo que no le veía nunca: —Bueno, dale.
Gastón la agarró para levantarla por segunda vez y tiró una frase que nos dejó mudos:
—Joya. Necesito volver a ponerle las manos encima a ese culazo.
Lo miré helado. Gastón me volvió a hacer el pulgar arriba mientras se llevaba a mi esposa, que estaba roja, con los ojos abiertos como platos. Le puso la mano enorme en el culo apenas encararon para la pista. Ella me miró de reojo, casi asustada.
Pero vi la calentura en sus ojos cuando le volvió a clavar el culo encima. Parecía que tenía un imán en la entrepierna del tipo, y yo sabía que a ella la calentaba sentir el bulto contra el cuerpo. De golpe sentí la boca seca y no podía despegar los ojos de cómo se movían. Hablaban mucho más que antes y Gastón estaba más toquetón que nunca. De a ratos los perdía entre la gente y cada vez que pasaba me entraba una desesperación rara.
Pasó un minuto y vi que Ceci me miraba con los ojos prendidos fuego. Gastón le decía cosas al oído desde atrás mientras bailaban. Le vi mover los labios a ella también, pero no entendía qué decía. Miré cómo las manos de Gastón subían de nuevo a sus pechos, rozándoselos, tocándolos medio queriendo y medio sin querer. Ella no me sacaba la mirada de encima mientras él lo hacía, y fue tremendamente erótico. Se quedaron así un rato, hamacándose. Vi cómo tiraba la cabeza para atrás y cerraba los ojos, disfrutando. Él le dijo algo más al oído y vi cómo la giraba despacio, dejándola de espaldas a mí. Al principio ella le puso las manos en los hombros, porque arrancó un tema más lento. Él le agarró las manos despacio y se las fue bajando, primero a la cintura, y después las perdí de vista.
Por el ángulo en el que estaba, la veía perfecto mientras le pasaba las manos en la entrepierna. Al principio puso cara de sorprendida, pero al toque se le dibujó una sonrisa enorme y se rió como no pudiendo creer el tamaño. Era como estar en una pesadilla zarpada de la que no me podía despertar.
Casi me hace caer de la silla. Tenía el corazón a mil y la cabeza quemada, pero no podía dejar de mirar. Mi esposa de casi veinte años, la madre de mis hijos, le estaba toqueteando el bulto a otro. Lo único que separaba su mano de él era la tela del pantalón. Cuando sentía que me iba a explotar la cabeza, la canción terminó y el DJ dijo que metía un descanso de diez minutos.
Gastón le pasó el brazo por la cintura a Ceci y me la trajo de vuelta. Tenía una carpa bárbara en el pantalón. Pero estaba todo bastante oscuro y lleno de gente como para que alguien se diera cuenta.
Ceci venía radiante, con una cara de perra infernal. Me di cuenta de lo gigante que era Gastón al lado de ella. Le sacaba una cabeza. Cuando vi que no se iban a sentar, me paré por instinto. Gastón la seguía agarrando de la cintura.
Entonces me miró fijo, y en mi vida me voy a olvidar de sus palabras:
—Fer. Me voy a llevar a Ceci a mi habitación. —Paró un segundo y la miró a ella, que estaba roja de vergüenza. Parecía hipnotizada, totalmente ida—. Tu mujer me dijo que te gustaba vernos bailar. Me parece que te va a encantar vernos en la cama.
Fue una locura total. Algo irreal. Lo decía con una soltura, con una impunidad... como si fuera lo más normal del mundo. Hace veinte años le metía una piña en la cara sin dudarlo, pero me quedé parado ahí, contra todo pronóstico, como un boludo.
No me salían las palabras. La miré a Ceci. No parecía ella. Era como si un clon idéntico a mi esposa hubiera tomado su lugar. Y en ese segundo me di cuenta de que necesitaba saber hasta dónde quería llegar. Tenía cagazo, estaba confundido, tenía celos, tenía vergüenza. Pero por encima de todo, estaba re caliente. Me moría por ver a mi esposa como nunca la había visto: regalada al sexo sin culpa. Este fulano la había dejado boluda pasándole la verga por el culo. Se la encaró enfrente.
—Mi amor... ¿querés subir con Gastón…? —pregunté.
Ceci se frenó, sonrojada, moviéndose nerviosa: —No sé, gordo… solo si vos querés —respondió con voz dulce, con una mezcla divina de nervios, ansiedad y calentura que me calentó de una manera tremenda. La miré a ella y después a él:
—Bueno, Gastón, dale, vamos.
Yo mismo no podía creer que lo estuviera diciendo.
El viaje en ascensor fue una locura. Nunca la realidad se sintió tan lejana. Ceci me miraba con una mezcla de sensaciones. Había sexo, miedo y ganas bailándole en los ojos verdes. Se me había colgado del brazo, agarrándose con fuerza buscando seguridad, aprobación. De la nada, Gastón le empezó a meter mano. Y no hice nada para pararlo.
Vi cómo la mano le bajaba por la espalda y le agarraba el culo. Me miró y me dijo:
—Fer, tu mujer tiene un culo tremendo.
Le dio un nalgazo juguetón y vi que a ella se le escapó una sonrisa. Temblaba de la calentura, agarrada a mi brazo. Su sonrisa me excitó y se me empezó a armar un nudo re pesado adentro.
Siguieron metiéndose mano mientras Gastón abría la puerta de su suite. Apenas entramos, la agarró de la mano:
—Fer, hacéme el favor y traéte un par de botellas de agua del minibar del pasillo. Me voy a llevar a tu mujer a la cama.
En cada movimiento marcaba cancha y tomaba el control. Le hice caso sin chistar, cegado por una calentura perversa.
Mientras iba para el bar, me di vuelta para ver el culazo de mi esposa moviéndose de lado a lado mientras seguía a ese tipo al dormitorio. No podía creerlo.
Abrí la heladerita desesperado, buscando el agua. Se me cayeron las botellitas de los nervios. Me sentó un pelotudo. Apenas agarré las botellas, encaré para la pieza. De golpe escuché una risita que me congeló. Me corrió un frío por la espalda. Mi esposa gemía y se reía bajito. Empecé a respirar agitado y el corazón me iba a mil, pero me quedé duro, escuchando.
De repente, por la puerta entreabierta, vi volar la tanga de encaje negro por el dormitorio. Antes de reaccionar, voló otro trapo negro: el vestido. Las voces se escuchaban clarísimas, como si estuviera ahí al lado.
—Sos hermosa, Ceci, y ni que hablar en bolas.
No podía procesarlo. De golpe, escuché el ruido del cinto al desabrocharse y la pija se me puso de piedra. Él siguió, riéndose bajito:
—Te morís por verla, ¿no?
Mi esposa habló por primera vez, con una mezcla de calentura y susto en la voz:
—La verdad que sí.
De repente, se hizo un silencio total. El silencio duró una eternidad, hasta que Ceci volvió a hablar. Tenía la voz re agrietada, de pura calentura:
—Dios, Gastón. Tenés una pija gigante.
Él se rió entre dientes:
—Soy re macho, nena. De la cabeza a los pies.
Entonces la escuché gemir y el ruido tremendo de sus bocas pegándose, y después Gastón habló de nuevo:
—En la pista me dijiste que era más grande que la de tu marido. ¿Pensaste que era TAAAANTO más grande?
—¡No sabía que existía algo tan grande, boludo!—respondió. La voz le chorreaba calentura, y me imaginaba que la concha también. Se volvieron a comer las bocas, esta vez en un beso re húmedo y largo.
—Hablando de eso, ¿dónde quedó tu marido? —tiró Gastón. No me moví.
—Qué sé yo —respondió Ceci, ninguneándome mal. Estaba totalmente ida. Era doloroso, increíblemente doloroso, y al mismo tiempo me calentaba de una manera enferma. Escuché cómo se volvían a besar, y a Ceci se le escapaban unos gemidos.
De golpe escuché un nalgazo seco. Temblé. Él habló más fuerte, como sabiendo que yo estaba afuera escuchando, conmocionado:
—Andá a la cama. Esté donde esté, sabe que le voy a coger a la mujer. —
Oí el ruido de las sábanas y el colchón cediendo por el peso.
Él siguió: —¿Qué decís, Ceci? ¿Le voy a coger a la mujer? El tiempo se congeló.
Ella usó una voz re perra, re sensual, y me di cuenta de que bien en el fondo le encantaba que la domine así:
—Sí —fue lo único que dijo.
Se me cayeron las botellas de agua al piso. Los plásticos rebotaron en la madera y rodaron por el living. Escuché cómo Gastón se tiraba a la cama con ella; siguieron los besos y las caricias. Esta vez la pasión se escuchaba más fuerte. Se oía el ruido húmedo de los besos y la piel contra piel de los dos cuerpos refregándose.
—Jugá con esto, nena. Así, tal cual —retumbó la voz de Gastón entre beso y beso.
—Es tan grande, Gas —respondió ella, agitada—. No puedo creer lo que pesa. —De golpe, una risita—. Ni me entra en la mano.
Gastón se rió con ella:
—Me encanta cuando me decís que la tengo más grande que tu marido.
Ella hablaba como poseída, totalmente ida:
—Dios, Gastón. La tenés muchísimo más grande. Ni se puede comparar— Su voz me destruyó. Se estaba entregando al cien por cien. Y no podía creer lo terriblemente excitante que me resultaba escucharlo. No me dio el cuero para asomarme. Me quedé ahí parado, congelado entre el cagazo y la calentura.
Escuché otro nalgazo fuerte, pero este sonó distinto. Mi esposa pegó un grito. “¡Ay!”. El ruido volvió a resonar: no entendía bien qué era, y otra vez, y otra vez. Me di cuenta, con horror, de que Gastón le estaba pegando con la carne de la pija en la concha empapada de Ceci. “¡Dios miiiiiío!”, gritaba Ceci.
Ella estaba sin aire: —No puedo creer esto… —Estaba entregadísima.
Un silencio pesado llenó el aire por un segundo, pero enseguida lo rompió el chillido de mi esposa.
—¡Diosssss! ¡Ah! ¡Despacio, Gastón, desp…! ¡ah, ah! ¡La tenés... muy grand…!
—Relajáte, nena —gruñó él—. Culpa tuya por ser tan sexy— y ella lo cortó con otro gemido tremendo, seguro metiéndose más miembro adentro.
Los gritos de ella eran terribles, me retumbaban en la cabeza con una fuerza que casi me hace caer de rodillas. “¡Ay Dios, Gastón! ¡Me estás llenando tooooodaaa!”. El ruido húmedo de la penetración me taladraba los oídos mientras mi esposa gemía de lujuria. Mi pija estaba a punto de reventar. Al toque, el ritmo lento empezó a acelerar y en segundos estaban chocando cuerpo a cuerpo como locos. El ruido retumbaba en toda la habitación. Era ensordecedor.
Nunca en la vida la había escuchado gritar así, tan llena de sexo. Sus gemidos eran mil veces más fuertes que todo lo que le escuché en veinte años de casados. Las cosas que decía, borracha de deseo, como si todas sus fantasías reprimidas hubieran saltado por el aire de golpe.
—¡Síiiiiiiiiiiiiii! ¡Cogéme, papito! ¡Cogeme como un toro con esa pija enorme! —El ruido de los cuerpos chocando me abrumaba.
Era más de lo que podía aguantar y literalmente caí de rodillas, con la pija a presión adentro del pantalón. La toqué por arriba de la tela, pero me levanté al toque por miedo a tener un orgasmo de pajero pervertido.
No pasó mucho tiempo antes de que ella acabar por primera vez. Gritaba agitada, ronca, sin poder terminar palabras. No era algo humano: era un aullido de perra, animal, instintiva, salvaje; como si nunca hubiera acabado antes.
—¿Te gusta mi pija, puta?
—¡M-Me encaaaaanta Gastón!
—Te cojo mejor que tu marido, ¿no?
Otro gemido profundo le salió de adentro:
—¡Ay, diosss! ¡¡¡Sí, siiiííí!!!
La apuró:
—Dale, nena. Quiero que esa concha de mamá casada me moje toda la pija.
—¡¡¡Diossssssssssssssssssssssss!!!
Fue una acabada potente, profunda, diferente a todo lo que yo le había dado jamás. Ella gruñía y gritaba. Me pareció que hasta lloraba. No me animé a mirar, pero podía oírla sacudirse en la cama mientras su cuerpo perdía el control. Esa pija enorme le había sacado el orgasmo más potente de su vida.
Hubo un momento de silencio, y después otro. Me exigió hasta el último gramo de concentración no acabar en los pantalones. Pasaron unos momentos más y después los oí a los dos reírse.
—Dios —jadeó Ceci—. Sos increíble.
—Hay mucho más de donde vino eso, linda. —Y escuché cómo los dos se besaban con todo.
—Quiero darte por atrás. Quiero ver cómo rebota ese culo hermoso.
—Dale. —La voz de mi esposa sonó de golpe inocente y entusiasmada. Eso, tal vez, dolió aún más que los momentos previos llenos de calentura.
Oí más movimiento en la cama y decidí ponerme de pie, dándome cuenta de lo patético que me veía de rodillas, escuchando cómo dominaban a mi mujer.
Ceci se rió entre dientes:
—Fer nunca me coge en cuatro...
—Seguro no es lo suficientemente grande para manejar este culo perfecto —respondió Gastón. Oí un nalgazo fuerte, y después otro. Ceci aulló. Estaba en celo.
De repente, otro gemido gutural se le escapó y supe que la estaba tomando una vez más. No pasó mucho tiempo antes de que sus cuerpos volvieran a chocar al unísono.
No sé qué se activó adentro mío, pero de golpe decidí que tenía que afrontarlo. Me estaban poniendo los cuernos, y necesitaba presenciarlo y aceptarlo. Respiré hondo y entré al dormitorio.
Nunca me voy a olvidar de la escena que me recibió. Nunca.
Lo primero que noté, absurdamente, fueron los pies de Ceci. Sus plantas delicadas y sus dedos encogidos de placer. Noté la espalda grande de Gastón, su culo y sus piernas peludas, dominando el cuerpo encorvado de mi esposa. Fue entonces cuando vi su choque sexual. Él tenía unos huevos enormes que se balanceaban pesadamente mientras chocaban contra la parte inferior del clítoris de mi mujer. Su concha estaba inflamada, rosa, mojada, sus labios empapados y mi amor, mi compañera, la madre de mis hijos, completamente abierta por la penetración de un tipo que había conocido hace una hora. Él embestía con furia; el ruido era zarpado. Sus gemidos eran más altos y desgarradores ahora que me encontraba físicamente adentro de la pieza. Miré por debajo de sus piernas entrelazadas y vi las tetas grandes de Ceci rebotando, chocando entre sí en una perversión transpirada mientras este tipo la poseía por completo. No podía creer lo grande que era su pija y con qué facilidad ella lo recibía; me tocó bien adentro como hombre. Me destruyó.
La voz de Gastón me sacó del trance:
—Qué delicadeza unirte a nosotros, Fer. —Miré para arriba y me di cuenta de que había un espejo grande en el respaldo de la cama. Él me miraba a través de su reflejo mientras le daba pija a mi esposa, que se arqueaba de placer y se retorcía pidiendo más mientras él la bombeaba. De repente, los ojos de Ceci también se cruzaron con los míos a través del reflejo, y hubo un erotismo aterrador en ese instante. Fue al mismo tiempo el momento más humillante y excitante de toda mi vida. Había tanta emoción en sus ojos nublados por el sexo. Era de culpa, de cariño, de desafío. “Te quiero. Pero él es mejor que vos, y yo necesito esto”, parecían decir. Y con cada empalada gritaba.
—¿Dónde está el agua, Fer? —se rió Gastón. Antes de que pudiera responder, siguió—: Es joda, Ceci y yo estamos un poco ocupados en este momento igual.
Su burla le provocó un gemido a ella. Se calentaba la guacha. Yo no sabía qué hacer conmigo mismo, más allá de mirar fascinado.
—No te quedes ahí parado, cornudo. Sentáte y mirá cómo me cojo a tu mujer. —Casi sonaba molesto por mi presencia.
—¡Ahhhhh! ¡La puta madre! —gritó Ceci entre dientes. Hundió la cara en la sábana con una excitación imparable, aparentemente estimulada por el control de Gastón. Observé cómo sus tetas se aplastaban contra las sábanas mientras Gastón continuaba bombeándola de atrás. Le dio un nalgazo en el culo con ganas mientras la reclamaba, ahora directamente ante mis ojos. Lo que sería para él. Su ego gigante al cogerse a mi esposa mientras yo miraba fascinado, sabiendo que era más grande que yo, más fuerte, más potente, sabiendo que se estaba cogiendo a mi esposa mejor de lo que yo lo había hecho jamás.
No sé si pasó media hora o un año. Me quedé ahí sentado, en la silla del escritorio a pocos metros de donde hacían el amor. Mi pija siguió parada adentro de mis pantalones y la realidad es como si se desvaneciera. Miré en todo como en cámara lenta. Parecían haber olvidado incluso que yo estaba en la habitación.
La rompió toda a mi mujer.
Luego de un rato, de que ella acabara no sé cuántas veces, se habían puesto en misionero. Ceci se retorcía abajo de él mientras la cogía a un ritmo frenético. Me di cuenta de que estaba a punto de acabar.
—Fer, ¿Ceci toma pastillas?
Tenía la garganta seca, ya que no había hablado en lo que parecía una eternidad. Pero me las arreglé para responder:
—Sí.
—Bien, porque le voy a acabar adentro.
Ceci gritó; fue el grito más instintivo que había oído en mi vida. Era un grito ensordecedor, ronco, salvaje.
—¡¡¡Dios miiiiío!!! ¡¡¡Acabáme adentroo!!! ¡¡¡Llenámeee, papi!!! ¡¡¡Llenámeee!!!
Se entregó por completo, clavando las uñas en sus brazos grandes, con los dedos de los pies encogidos mientras sus piernas se enganchaban alrededor de su espalda baja, atrayéndolo hacia sí. La pija enorme de Gastón se hizo aún más ancha al llegar su orgasmo. Miré con fascinación cómo sus huevos grandes palpitaban violentamente, con su miembro grueso completamente enterrado adentro de la concha de mi esposa. Un chorro masivo de su leche explotó en lo más profundo de su vientre. La había hecho suya de forma verdadera, total, absoluta.
Se quedaron así un momento, respirando agitados. Mi esposa temblaba cada pocos segundos, con los coletazos de su orgasmo todavía recorriéndole el cuerpo. Lentamente, Gastón se salió de ella. Observé cómo su pija gigante chorreaba y salía resbalando de su concha usada. Se quedó ahí colgando. Un charco de su leche empezó a desbordarse, chorreando por la ranura del culo de Ceci y empapando la sábana donde descansaba su trasera. Él la besó, susurrándole algo que apenas pude oír: “¿De quién es esta concha?”. La besó de nuevo. Mi esposa tembló, devolviéndole el beso y susurrando: “Es tuya, Gastón. Es tuya cuando vos quieras”.
Finalmente, Gastón se puso de pie sonriendo. Pasó a mi lado, con su pija enorme ablandándose lentamente, pero aun colgando gruesa y larga. Me dio una palmadita en el hombro:
—Espero que hayas disfrutado. ¿Ves cuánto lo necesitaba?
Antes de que tuviera tiempo de responder algo, desapareció en el baño, cerrando la puerta tras de sí.
Me puse de pie, notando por primera vez la humedad de mi propia acabada manchada adentro de mis pantalones. Ni me acordaba de cuándo había acabado. Me acerqué con nervios a la cama. Ella respiraba agitadamente, con el cuerpo brillando bajo una capa de sudor. Miré su concha por un momento; se veía tan usada, tan absolutamente dominada. Ella abrió los ojos y me vio por primera vez. Sonrió dulcemente:
—Hola, mi amor.
—Hola —respondí, acariciándole el muslo por instinto.
—¿Estás bien? —me preguntó, con genuina preocupación en su voz.
—Sí. —Hice una pausa, incapaz de creer que esto acababa de pasar, incapaz de creer lo sexy que estaba—. Estoy bien.
—¿Estás seguro de que estás bien? —Se cubrió la cara cuando la gravedad de la situación la golpeó—: Ay dios mío, las cosas que dije... y lloraba.
Inmediatamente la calmé, sacándole las manos de la cara y besándola con todo. Su aliento estaba caliente y se me hacía extrañamente ajeno. Me pregunté si le habría mamado la pija a su nuevo macho.
—Relajáte, amor. Te dejaste llevar por el momento. Una travesura.
Trataba de convencerme a mí mismo tanto como intentaba convencerla a ella.
—¿Estás completamente seguro de que estás bien? Me muero si te hice daño.
Respondí:
—Obviamente fue un poco humillante, pero verte así... uffff, dios mío. Fue lo más sexy que vi en mi vida.
Su preocupación se convirtió en sonrisa:
—Me cogió tan bien, Fer. No sabía, yo. Nunca supe que podía ser así.
Esas palabras dolieron, pero al mismo tiempo, me sentí verdaderamente feliz de que ella pudiera experimentarlo.
—Te quiero —conseguí decir.
—Dios mío, Fer, te quiero muchísimo. —Me agarró y me besó. Sentí que mi pija se movía en los pantalones enchastrados, excitado de nuevo por enésima vez en la noche. Empecé a desabrocharme el cinturón, desesperado por cogerme a mi esposa. Justo cuando estaba a punto de bajarme el cierre, sentí la conocida sensación de dos manos grandes agarrándome los hombros.
—Tranquilo ahí, campeón —se rió Gastón entre dientes—. Podés reclamarla más tarde. Pero en esta habitación de hotel operamos bajo la ley natural.
—¿La ley natural...? —pregunté abrochándome el cinturón.
—Sí, nene. El de la pija grande se coge a la chica.
Me alejó suavemente de la cama y me guió hacia la puerta del dormitorio. Miré hacia atrás una última vez mientras me acompañaba a salir. Mantuve contacto visual con mi hermosa esposa desnuda, que me miraba ensimismada. Sus ojos gritaban muchas cosas:
- “Perdón”.
- “Gracias”.
- “Te quiero”.
Vi todo eso y más en sus ojos. Pero, sobre todo, vi la atracción magnética hacia su nuevo macho, su dueño, tan dotado y dominante, y supe en lo más profundo de mi ser que mi amor no deseaba otra cosa que volver a sentir su pija adentro.
—Me gustaría algo de privacidad para el segundo round, Fer. Sos bienvenido a quedarte por acá. —La voz de Gastón sonó extrañamente amable.
La puerta se cerró detrás de mí. Oí cómo pasaba el cerrojo, y nunca antes un sonido había resonado con una derrota tan humillante.
Sin embargo, me quedé en el salón durante toda la noche. Me dormía y me despertaba entre el sueño y la excitación. Mis sueños eran los sonidos de gemidos, de cuerpos chocando y de mi esposa gritando su nombre.