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Una fantasía con un toque de realidad

Somos Fernando y Cecilia, matrimonio argentino en los cincuentas. Ambos somos profesionales, con hijos y una vida sexual que me animaría a juzgar como más que aceptable, y que incluso mejoró con los años de estar juntos. Ceci es morocha, de altura media tirando a alta; tiene piernas largas, una cierta pancita que a veces la acompleja un poco y unos pechos enormes que en la calle suelen atraer la mirada de los extraños. Dominante y activa en la vida cotidiana, le excita mucho ser sumisa en el sexo. La atraen ocasionalmente las mujeres y tiene un fetiche con los hombres mayores iniciando jovencitas. Como desde hace un tiempo tengo la recurrente fantasía de ser cornudo, veníamos mirando juntos videos de DP, cuckold, gangbang y todas esas cosas. Cuando podía, sacaba indirectamente el tema, pero ella sólo lo aceptaba como fantasía compartida y decía que ni loca quería pasar a los hechos.

Sin embargo, poco a poco fui notando que el asunto la atraía cada vez más.

Hace unos días, un familiar nos dijo que cuidaría a los nenes. Por fin podíamos disfrutar una noche libre. Le anuncié que quería salir a un club swinger (solo a mirar, por supuesto) y también pasar la noche en un hotel. Pensé que iba a tirarme algo por la cabeza, pero aceptó. Tuvimos dos veces sexo en el hotel y llegó la hora de prepararnos para salir. Se encerró en el baño y luego de un rato salió. Jamás la había visto tan sexy: una blusa negra, suelta (es muy tetona y se le escapaba todo), minifalda negra de cuero, el pelo recogido en una colita, las uñas de manos y pies pintadas de negro y sandalias de taco bien alto, que realzaban notoriamente su cola. Debajo, me mostró, la tanga estilo tipo hilo dental que le había regalado esa misma tarde.

En el club, luego de entregar los celus, nos sentamos cerca de la barra y tomamos un par de tragos mientras iba llegando la gente y mirábamos y comentábamos divertidos los personajes que aparecían: las parejas, algunas mucho más atractivas de lo que nos habíamos imaginado, los personajes bizarros y también los “depredadores” que acechaban solos, algunos un poco sórdidos y otros mucho más atractivos. Al principio ella estaba súper pudorosa: no se animaba siquiera a levantar la vista y me miraba sólo a mí. Poco a poco, con la atmósfera, los tragos y el show erótico de los strippers, se fue relajando y aclimatando: todavía evitaba la mirada de los hombres y las parejas que pasaban, y decía que si alguien venía a hablarnos se moriría de vergüenza. Me confesó entre risas que, mientras yo había ido al baño, una mujer se le había acercado a charlar y ella la había espantado. Nos besamos y noté que no le molestaba que la tomara abiertamente del culo en medio de tanta gente. Buena señal.

Luego del show comenzó la música. Compramos unos tragos más y salimos a la pista. A mí no me gusta bailar (menos los ritmos latinos), pero a ella sí. Sobre todo, le fascina el regaetton. Yo me movía como podía, sintiéndome un robot, un ser de melamina, mientras ella se soltaba cada vez más. No conocíamos los “códigos” del lugar pero era evidente que algo pasaba con las miradas, con la gente que de vez en cuando pasaba demasiado cerca o se ponía a bailar al lado. De a ratos Ceci me decía que alguien la rozaba. Le daba mucha vergüenza pero seguía bailando, soltándose de a poco, dejándose llevar por la música. Yo me fui cansando de bailar y me quedaba parado en mi lugar, moviendo apenas los brazos, mientras ella ella bailaba. Me gusta tanto mirarla...

Al rato me di cuenta de que un tipo bailaba bien cerca al lado suyo: maduro, medio canoso, de buen físico. Además de intuir que seguramente podía atraerle, porque sé bien el tipo de hombre que a ella le gusta, me daba envidia lo bien que bailaba. El tipo se movía haciendo mi torpeza y mi desgano todavía más evidentes. Ceci seguía bailando y él nos rondaba por momentos como una especie de tercero de la pareja, y de a ratos hasta casi interponiéndose entre nosotros. En un momento me miró y no supe qué hacer, salvo sonreír estúpidamente. Siguió acercándose y, como Ceci no lo rechazó ni yo hice nada para impedirlo, comenzaron poco a poco a bailar entre ellos más que ella conmigo. Primero se rozaban y luego se acercaban. Más y más. De espaldas, ella comenzó a hacer el “perreo” rozándolo cada vez más. Ambos subían y bajaban sincronizados, como si se conocieran de siempre, con mi mujer apoyándose de espaldas sobre su cuerpo. Yo no lo podía creer. Era claramente el tercero. El tipo me miró y, mientras Ceci se frotaba sobre él, comenzó a acariciarla mientras bailaban: primero en los hombros, luego teniéndola de la cintura, luego sutilmente al costado de las caderas; pero siempre de forma ambigua, como si fuera parte del baile. Ceci me sonrió y yo le respondí mandándole un beso por el aire en medio de la música. Ella se contoneaba y se movía cada vez más: estaba hermosa, totalmente desinhibida, y parecía haber perdido cualquier pudor. Confieso que me dio un poco de celos comprobar la sintonía perfecta entre ellos, pero a la vez no podía dejar de mirarlos. Hasta que de repente, todavía bailándole de espaldas, Ceci tiró la cabeza hacia atrás y se apoyó más sobre él mientras el tipo comenzó a acariciarla cada vez más explícitamente en la cara externa de los muslos, las caderas, los pechos y le hundía la cara en el pelo. La visión era magnética: mi esposa, habitualmente seria y medida, ahora suelta, totalmente libre, moviéndose sexy al ritmo de la música en esos tacos altísimos, complementándose a la perfección con ese fulano al que jamás habíamos visto.

Hasta que de repente él la tomó de la mano y me dijo a mí: “Vamos a dar una vuelta”. Sentí como si me diera un shock eléctrico. No me salió ni un solo gesto. Ceci me tomó a su vez de la mano, un poco nerviosa, pero los dos nos dejamos llevar. Mientras avanzábamos ella volteó y me sonrió. Estaba radiante. El tipo nos llevó por un pasillo y, sorteando un guardia, entramos a una sala con luz bien oscura. El corazón me latía a mil por hora. Era lo que había venido a ver: en la penumbra de las luces y el humo, tratando de no pisar a nadie, se veían escenas explícitas de porno mientras el tipo nos conducía con total seguridad a los sillones de una de las esquinas más alejadas.

Sin decir palabra me sentó en un sillón como si fuera un nene y la paró a Ceci, que todavía me agarraba la mano, mirando contra la pared. Creo que ella no esperaba algo tan abrupto. Comenzó a apoyarse sobre ella, frotándola, acariciándola, manoseándola, haciéndole sentir su erección mientras ella me apretaba nerviosa la mano. Estaba toda tensa. Yo no podía creer lo que veía pero igual le apretaba la mano fuerte, alentándola, dándole coraje. Con la mano izquierda él le giró la cabeza hacia atrás y la besó, y luego le metió la mano izquierda por debajo de la blusa, acariciándole los pechos, mientras que con la derecha le acariciaba el costado de las piernas y se refregaba contra ella. Ceci dijo “no, no… no”, pero apenas lo susurraba sin mucha convicción. Mientras seguía "resistiéndose" el tipo le mordió la parte de atrás del cuello y ahí ella no pudo más: supe que ya era suya. Haría con ella lo que quisiera. Mi esposa me soltó la mano y se entregó a ese tipo que la manoseaba alevosamente debajo de la falda y la acariciaba haciéndola contonearse como una loca. Le desprendió el corpiño y me lo tiró en mi cara, mientras ella se dejaba manosear como si yo no estuviera presente: de espaldas, dominada, completamente entregada, retorciéndose de placer. De repente él la dio vuelta, contra la pared, y la puso en cuclillas. Ella ya ni me miraba. El tipo sacó una pija imponente, bastante más gruesa que larga, totalmente erecta, y se la puso en la cara. Se la pasó por el rostro de forma experta, paciente, implacable, por todos lados menos por la boca, para volverla loca de ansiedad. Ceci lo miraba a los ojos, suplicante. Ahí recién el tipo me miró por primera vez y dijo en voz alta: “Mirá cómo le doy de comer a tu mujer”. Y se la metió de prepo en la boca. Ceci le acariciaba los huevos con una mano y con la otra lo empujaba cada vez más adentro, para tragarse todo. Se esmeraba por complacerlo desplegando todas las armas que conoce: pausaba el ritmo, aceleraba, le lamía la ingle, los huevos, el tronco, subiendo despacito para finalmente devorar la cabeza dándole el máximo placer. El tipo se agitaba y yo mientras tanto estaba al borde del infarto.

Jamás estuve tan excitado.

La levantó de la colita del pelo y la tiró bruscamente en cuatro patas sobre el mismo sillón en que yo estaba sentado, casi encima mío. Apenas intercambiamos una mirada fugaz con mi mujer, mientras ella se agarraba con una mano del respaldo y con la otra de mi pecho y él le subía la minifalda, le corría la tanga, con una mano la tomaba del pelo tirándole la cabeza hacia atrás bruscamente y con la otra del culo. Ceci dijo “Fernand…” justo cuando la penetró. Se arqueó y gimió de dolor por la brusquedad, pero el tipo no hizo caso y comenzó a moverse lentamente. Ella decía “no, no… n…”, pero supe que estaba gozando como nunca. El tipo sabía bien lo que hacía: comenzó a bombear con calma, despacio, acelerando de a poco, mientras Ceci se dejaba llevar, olvidaba cualquier pudor y pese a la gente alrededor no lograba contener los gemidos. Me agarraba la mano cada vez más fuerte. La veía desbocada, jadeando y se le escapa el “¡sí, sí, más!”, mientras su macho la montaba y aceleraba los embates, tirándole la cabeza hacia atrás para que yo apreciara bien la cara de éxtasis de mi mujer. Era realmente una máquina. Ceci me miraba, jadeante; gemía y decía: “ay, Dios, la tiene dura… tan duuura”. Sabíamos los dos que yo jamás hubiera podido montarla así, con esa maestría, esa resistencia, esa intensidad. Ella se retorcía de placer mientras el tipo le daba cada vez más duro y ahora le pegaba en la cola. “¿Te gusta?”, me decía a mí mientras la bombeaba. Yo asentía hipnotizado: gozaba como nunca viendo a un verdadero macho satisfaciendo a mi mujer mil veces mejor de lo que yo podría hacer jamás, y haciendo aflorar la puta que tiene adentro. Él aceleraba cada vez más. Ceci se arqueaba, me miraba y decía “¡lo siento adentro, tan adentro...!”. Se oían claramente sus huevos pegando en la cola de mi mujer, hasta que él le tiró la cabeza del pelo bien atrás, casi como si frenara un caballo, e hizo que ella me mirase justo mientras gritaba, ronca, deseperada: “¡Acabame adentro!¡ Llename de leche!”, y recibía la carga gritando “¡sí, sí, así!” y él daba los últimos asaltos a ese culo ella acababa temblando con los ojos cerrados.

El tipo se levantó, con la enorme pija todavía dura, mojada, reluciente, agarró a mi esposa de la cabeza y se la metió en la boca: “Limpiá”, dijo. Y Ceci lo devoró, mamando, paladeando y tragándose hasta la última gota de leche. Luego él me lanzó una mirada un poco despectiva y se fue. Mientras Ceci me miraba arrodillada, preciosa, jadeante, lagrimeando, llena de la leche de otro hombre, pensé que jamás me había enamorado tanto de ella.

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