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Juego de Caballeros

Desde que empezamos a chatear, él fue muy sincero conmigo. Me comentó que su fantasía era que su mujer tuviera un amante pero que estaba muy lejos de lograrlo. No obstante, estaba muy dispuesto a pasarme datos de su esposa si yo me animaba a acercarme a ella y seducirla. Me pareció muy interesante la idea, pero el principal escollo era que ella no debía enterarse que yo me acercaba con la ayuda de su marido. Y así charlamos varios días, fuimos entrando en confianza, nos pasamos los whatsapp y algunas fotos, pero sobre todo, hablábamos mucho sobre nuestras esposas. Ambos nos contábamos cómo eran ellas, qué hacían en el día a día, a qué se dedicaban, cómo era su carácter, etc. Hasta que un día se me ocurrió una idea. Le propuse que jugáramos a un juego de caballeros. Ya teníamos suficiente confianza como para animarnos. Claro, ayudó bastante que vivimos en la misma ciudad y que tenemos círculos de amigos casi cercanos. Si bien no somos amigos de las mismas personas, ambos conocemos al circulo de cada uno. Pero lo principal que nos unía, era que ambos deseábamos que otro tipo se coja a nuestras esposas. Así que le conté que yo me animaba a acercarme a su mujer, seducirla y encararla; si él se animaba a hacer lo mismo con mi esposa. El juego era simple, pero juntos nos pusimos a delinear las reglas muy caseras. Por ejemplo, ambos nos teníamos que ayudar y pasarnos toda la información relevante para que el otro pudiera acercarse de la manera más "natural" o sigilosa posible. Pero también, nuestro código de caballeros era contarnos todo el avance que cada uno iba teniendo con la esposa del otro. La realidad es que a mi me re gusta su mujer, pero también me da mucha seguridad que él se encare a mi esposa. Así estamos en equilibrio. Y no solamente es motivante encararte a la mujer de otro, sino que es aún más placentero que otro se esté encarando a tu esposa con tu complicidad. La verdad es que encontramos un juego que nos tiene hace varios meses muy entretenidos. A tal punto que nos avisamos cuándo nuestras esposas tienen planeadas salidas con amigas, cuándo y a dónde viajan, cuándo les vino la regla así el otro aprovecha ese gap de ovulación donde nuestras esposas andas más calientes y receptivas de una seducción. Ambos sabemos la patente, modelo y color del vehículo en que circulan nuestras mujeres, en qué colegio y horario buscan a nuestros hijos, dónde y en qué horario trabajan, de qué signo son y hasta qué lencería usan, qué deseos sexuales tienen, con qué se pajean, qué tipo de frases las seducen, etc, etc, etc. Un día, después de ya haber entrado disimuladamente en contacto con ella, le mandé un mensaje diciéndole "que fuerte que estás 🔥", y al día siguiente ella le contó todo a él. Le contó literal el mensaje que yo le había enviado. Y en lugar de recibir una escena de celos, recibió un elogio de su marido y una motivación para que siguiera. Él estuvo tan astuto que logró grabar un audio de ella en la habitación mientras cogían y ella le hablaba de mi. Decía que mi mensaje la había hecho sentir muy deseada y que eso la calentaba un montón. Ella aún no se anima a jugar, pero él le insiste en que me de alguna señal y no se aleje. Mi mujer todavía no me contó nada, pero se que él ya se acercó y está intentando llegar a decirle algo picante. No sé hasta dónde llegaremos con este juego, pero la realidad es que nos tiene a los dos muy calientes y no tenemos ningún apuro. Nos escribimos todos los días, hablamos sobre nuestras esposas y nos pasamos tácticas para ayudarnos a acercarnos cada día más. El fantasea con que yo entre por el patio de su casa y los mire por la ventana coger sin que ella se entere. Y yo fantaseo con que un día mi mujer me diga que lo tiene a él de compañero nuevo en el gimnasio. Estamos re manija los dos. Yo me despierto a la mañana pensando en qué dato pasarle de mi esposa que le permita acercarse y él se despierta calculando qué día es el mejor para que yo mande un mensaje y ella lo reciba mejor. Me animo a recomendarle este juego a cualquier esposo morboso. Solo tenés que encontrar un marido compinche que se anime a jugar con vos y vas a ver que te cambiará el ánimo y la motivación que te ilumina el día a día.
Nunca supe exactamente en qué momento dejó de ser una simple fantasía para convertirse en un juego. Recuerdo que una noche, después de hablar durante horas sobre deseos, límites y esas cosas que casi nadie se anima a decir en voz alta, pensé que lo verdaderamente excitante no era imaginar a mi mujer con otro hombre. Lo que me desvelaba era todo lo que ocurría antes. La espera. El acercamiento. Las miradas. La posibilidad de que alguien descubriera cómo conquistarla.

Así nació, casi sin querer, lo que terminé llamando el Juego de Caballeros. No era un desafío de velocidad ni una competencia entre hombres. Era un pacto silencioso entre dos maridos que compartían la misma fantasía. Cada uno apostaba lo más valioso que tenía: a su propia esposa. No había premios, ni vencedores, ni vencidos. Sólo una alianza secreta.

El acuerdo era sencillo. Yo ayudaría al otro a conocer a mi mujer como yo la conocía. Sus gustos, sus costumbres, las cosas que la hacían reír, los lugares donde se sentía cómoda, aquello que despertaba su curiosidad. Él haría exactamente lo mismo conmigo.

Después, cada uno tendría que arreglárselas solo. Nada de presentaciones forzadas. Nada de situaciones armadas. El verdadero placer consistía en ver cómo el otro encontraba su propio camino para acercarse. Cómo aparecía una conversación casual. Cómo nacía una complicidad inesperada. Cómo una simple coincidencia podía convertirse, lentamente, en una historia.

Y, sobre todo, había una única regla inquebrantable: Ellas jamás debían saber que existía ese pacto.

Porque, si mi mujer descubría que yo estaba ayudando a otro hombre a seducirla, el juego terminaba en ese mismo instante. Y si la suya descubría que él hacía lo mismo conmigo, también. El secreto era parte del deseo. Sin ese secreto, todo perdía sentido.

Con el tiempo empezaron a escribirnos muchas personas interesadas. La primera pregunta casi siempre era la misma.

—¿Puedo jugar con ustedes siendo hombre sólo?

Y mi respuesta siempre fue no. Porque el corazón del Juego de Caballeros es la reciprocidad. No alcanza con querer seducir a la mujer de otro. Hay que estar dispuesto a ofrecer la propia. Sólo cuando ambos arriesgan exactamente lo mismo aparece esa extraña sensación de igualdad y confianza que sostiene todo el juego.

Después llegó otra pregunta, todavía más frecuente.

—¿Tu mujer sabe del juego?

Sonrío cada vez que la leo. Si lo supiera, ya no existiría el juego.

Y finalmente aparece la consulta más difícil de responder.

—¿Pero cómo la encaro?

Ahí es donde empieza de verdad el Juego de Caballeros. Yo puedo contarte quién es ella. Qué le gusta. Qué libros lee. Qué música escucha. Qué lugares frecuenta. Qué cosas la aburren y cuáles despiertan esa chispa que sólo conocemos quienes compartimos la vida con ellas. Pero seducirla... Eso te corresponde a vos. Como alguna vez hiciste con tu propia mujer.

Porque el Juego de Caballeros no busca atajos. No está pensado para impacientes. No se trata de sumar conquistas, sino de volver a disfrutar el arte del cortejo, la tensión de la incertidumbre y el placer de construir una conexión auténtica.

Tal vez uno avance más rápido que el otro. Tal vez ninguno llegue nunca hasta el final. Y, curiosamente, eso casi nunca importa. Porque descubrí que muchas veces la fantasía no vive en el desenlace. Vive en el camino. En esos mensajes donde dos maridos intercambian observaciones como si fueran viejos conspiradores. En la satisfacción de ver que una charla casual salió mejor de lo esperado. En la complicidad silenciosa de saber que ambos persiguen el mismo sueño sin competir entre sí.

Quizás algún día alguien escriba las reglas definitivas del Juego de Caballeros. Yo todavía no puedo. Sigo aprendiendo mientras lo juego.
Al principio yo pensaba que el Juego de Caballeros tenía que avanzar más o menos parejo. No sé por qué. Quizás porque uno viene acostumbrado a pensar los intercambios como una especie de balanza: vos avanzás con mi mujer, yo avanzo con la tuya; vos conseguís un mensaje, yo consigo otro; vos das un paso, yo doy otro. Como si estuviéramos jugando al truco y hubiera que ir empatando las manos.

Hasta que un día entendí que no tenía absolutamente nada que ver con eso. Mi compañero empezó a avanzar con mi mujer mucho más rápido de lo que yo avanzaba con la suya. Primero fueron pequeñas cosas. Una conversación que duró más de lo esperado. Después algún mensaje. Después me contó que ella había empezado a responderle con otra onda. Ya no era solamente cordialidad. Había algo ahí. Y finalmente llegó el mensaje que me movió el piso.

—Tu mujer me escribió sola.

Me acuerdo de quedarme mirando el teléfono unos segundos. Qué pelotudez, ¿no? Durante meses había fantaseado exactamente con eso. Le había contado cómo era ella. Qué cosas le gustaban. Qué tipo de hombre podía llamarle la atención. Habíamos hablado horas sobre nuestras mujeres. Yo mismo había aceptado jugar.

Pero cuando vi que mi esposa había tomado la iniciativa de escribirle, apareció una puntada rara en el estómago. Celos. Obviamente que celos. ¿Quién dijo que ser cornudo significa no sentir celos? Para mí es exactamente al revés. Si no sintiera absolutamente nada, probablemente tampoco existiría gran parte del morbo. La gracia está justamente en esa contradicción absurda de desear que otro hombre avance con tu mujer y, cuando efectivamente empieza a conseguirlo, sentir cómo algo adentro tuyo se retuerce.

Entonces hice algo que con el tiempo entendí que es fundamental en este juego. En lugar de pelear contra los celos, los miré. Mi mujer le había escrito sola. No porque yo se lo hubiera pedido. No porque estuviéramos haciendo una escena armada. Le había nacido a ella. Y ahí los celos empezaron lentamente a cambiar de forma.

Porque mientras yo seguía bastante estancado con la mujer de mi compañero, él estaba consiguiendo algo que era justamente parte de mi fantasía: que mi esposa empezara a mirar a otro hombre de otra manera. Entonces pensé: ¿De qué mierda me estoy quejando? ¡El tipo está haciendo bien su trabajo! Se lo escribí.

—Hijo de puta, vas demasiado rápido 😂

Se cagó de risa.

—¿Querés que frene?

Y esa pregunta me hizo entender otra regla del Juego de Caballeros. No quería que frenara. Quería aprender a soportar que avanzara. Me calentaba muchísimo pensar que mi mujer empezaba a tener una historia que no giraba alrededor mío. Que empezaba a descubrir que podía gustarle a otro tipo. Que podía coquetear. Que podía animarse un poquito más cada día. Dicho brutalmente: yo quería verla volverse cada día un poquito más puta.

Pero no porque alguien la obligara a hacer algo. Justamente lo excitante era lo contrario: verla descubrir por sí misma una versión más atrevida de ella. Y eso no tenía absolutamente ninguna relación con que yo estuviera avanzando o no con la esposa de él.

Ahí entendí que había confundido reciprocidad con resultados. La reciprocidad del Juego de Caballeros sucede mucho antes. Sucede cuando dos maridos se miran metafóricamente a los ojos y dicen:

—Yo estoy dispuesto a que vos seduzcas a mi mujer si vos estás dispuesto a que yo seduzca a la tuya.

Ese es el equilibrio. Después la vida hace lo que quiere. Quizás mi mujer tenga mucha más química con él que su mujer conmigo. Quizás ella sea más lanzada. Quizás yo no sea el tipo de la otra. Quizás uno llegue muchísimo más lejos que el otro. Incluso puede pasar que solamente uno termine acostándose con la esposa del otro. ¿Y entonces qué? ¿El que no consiguió acostarse con la otra mujer perdió? Para mí, no entendió el juego. Porque supongamos que mi compañero termina acostándose con mi esposa y yo jamás logro hacerlo con la suya.

Él ganó como Bull. Pero yo también gané como cornudo. Y lo maravilloso del Juego de Caballeros es que ninguno de esos papeles es permanente. Los dos somos potencialmente Bulls. Los dos somos potencialmente cornudos.

A veces, incluso, uno puede estar viviendo intensamente un rol mientras el otro apenas empieza a descubrir el suyo. Por eso cuando mi compañero me cuenta un avance con mi mujer trato de festejarlo. No siempre es fácil. Sería mentira escribir que recibo cada novedad saltando de alegría. Hay mensajes que me dejan pensando. Hay situaciones que me generan una pequeña inseguridad. Hay momentos donde aparece esa vocecita primitiva que pregunta:

—¿Y si a ella le gusta demasiado?

Pero justamente ahí empieza otra parte del juego. Transformar ese miedo. Agarrar los celos y darles vuelta la cara hasta encontrarles el morbo. Porque atrás de ese miedo hay una imagen que me vuelve loco: mi mujer deseando a otro hombre.

Y resulta que ese otro hombre no es un enemigo. Es mi compañero de juego. Eso cambia todo. Creo que por eso es tan importante elegir bien con quién jugar. No necesitás solamente un tipo que quiera cogerse a tu esposa. Tipos que quieran hacer eso seguramente sobren. Necesitás encontrar un marido que pueda alegrarse cuando vos avances con la suya y que entienda que, cuando él avanza con la tuya, no te está ganando. Te está ayudando.

Yo quiero que le vaya bien. Quiero que mi mujer lo mire. Quiero que se ponga nerviosa cuando lo cruza. Quiero que algún día me mencione su nombre intentando parecer indiferente. Quiero descubrir que se arregló un poquito más sabiendo que podía encontrárselo. Y seguramente, cuando alguna de esas cosas pase, vuelva a sentir celos. Bienvenidos sean.

Será señal de que el juego dejó de existir solamente en nuestra imaginación. Hoy ya no me preocupa quién va más adelante. Nosotros no corremos una carrera. No existe un marcador que diga 3 a 1 porque él consiguió tres avances y yo uno.

Hay dos maridos intentando cumplir una fantasía compartida desde lados opuestos del tablero. A veces me toca avanzar. A veces me toca mirar cómo avanza él. Y quizás esa sea una de las reglas más difíciles de explicar hasta que empezás a jugar: en el Juego de Caballeros, cuando tu compañero avanza con tu esposa, no te está sacando ventaja. Te está acercando a tu fantasía.
Esta es una de esas preguntas que al principio parecen fáciles. —¿Cuánto le puedo contar de mi mujer? Mi primera respuesta fue bastante tibia. —Y... lo necesario. Pero después me quedé pensando. ¿Qué mierda significa “lo necesario”? Porque si el objetivo del Juego de Caballeros es ayudar al otro marido a acercarse a tu esposa, seducirla y, con suerte, algún día verla disfrutando con él, entonces la información no es un detalle secundario. Es una de las fichas más importantes del juego. Con el tiempo mi respuesta cambió. Hoy diría: —Todo lo que realmente le permita conocerla. No estoy hablando de entregarle una planilla Excel con la vida de tu mujer ni de convertir al otro tipo en un investigador privado. Hablo de algo mucho más íntimo y, para mí, muchísimo más excitante: contarle cómo es ella cuando nadie la está mirando. Porque cualquiera puede saber qué música escucha una mujer mirando su Spotify, qué profesión tiene o dónde estuvo de vacaciones viendo su Instagram. Pero vos sabés otras cosas. Vos sabés qué canción pone cuando está de buen humor, qué tipo de elogio la hace sonreír y cuál le parece una pelotudez, si le gusta que le digan que está linda o si le pega mucho más fuerte que le digan que está increíblemente sexy. Sabés si se pone nerviosa cuando un hombre la mira fijo, si baja la mirada, si se ríe, si cambia de tema y si después, cuando llega a casa, te cuenta: —Hoy un tipo no paraba de mirarme. Y vos conocés esa manera particular en que te lo cuenta, como queriendo aparentar indiferencia, pero no tan indiferente.

Esas son las cosas que otro marido no puede descubrir en Google. Y ahí empiezan los verdaderos celos. Porque una cosa es decirle: —A mi mujer le gusta tal banda. Otra cosa muy distinta es escribirle: —Cuando un hombre le dice algo lindo y después no insiste, se queda pensando. Le gusta sentir que la desean, pero no soporta al pesado. Eso ya duele un poquito más, porque estás entregando una llave. Una que descubriste durante años. Y la estás poniendo en manos de otro hombre. La primera vez que hice algo así me quedé mirando el mensaje antes de mandarlo. Habíamos estado hablando de cómo acercarse a nuestras mujeres y mi compañero me preguntó: —¿Qué tipo de chamuyo le gusta? Me causó gracia, porque conocía perfectamente la respuesta. Mi mujer detesta el chamuyo. Si un tipo aparece haciéndose el ganador, lo liquida en treinta segundos. Pero si habla con ella normalmente, la hace reír, después desaparece un poco y otro día le tira una frase inesperada... ahí es diferente. Entonces se lo expliqué. Y mientras escribía pensé: qué hijo de puta, le estoy explicando cómo seducir a mi propia mujer. Sentí celos, obviamente. Pero inmediatamente después apareció el morbo, porque ése era exactamente el objetivo. No quería darle información inútil para después decirme a mí mismo que había cumplido. Quería que le sirviera. Quería que algún día él me escribiera: —Funcionó. Y que yo sintiera ese pequeño golpe en el estómago.

Con el tiempo las conversaciones se volvieron más profundas. Ya no hablábamos solamente de gustos. Hablábamos de personalidad. —Cuando está insegura, no la presiones. —Si está cómoda, habla muchísimo. —Le encanta que la hagan reír. —Tiene debilidad por los hombres seguros, pero no por los agrandados. —Si la elogiás demasiado rápido probablemente desconfíe. —Le gusta sentirse mirada. —Le calienta más insinuar que mostrar. —Puede hacerse la distraída incluso cuando algo le encanta. Hasta terminamos hablando de cosas que para otro serían pavadas pero que, cuando llevás tantos años al lado de una persona, forman parte de la manera en que la entendés. Mi mujer, por ejemplo, es Sol y Ascendente en Piscis, Luna en Aries y Serpiente de Fuego Yang. ¿Eso significa que existe una fórmula astrológica para seducirla? Obviamente que no. Pero sí forma parte del relato que ella misma construye sobre quién es. Yo sé qué cosas de ese retrato reconoce en ella, qué contradicciones le divierten, qué partes siente propias. Esa mezcla entre una sensibilidad enorme y una veta impulsiva, ese contraste entre lo suave que puede parecer y el carácter que aparece de golpe cuando algo la enciende o la enoja. No porque un signo explique a una mujer, sino porque hasta esas pequeñas creencias, esas formas de describirse a sí misma, son información que después de veinte años vos conocés y otro hombre no.

Ahí empezás a darte cuenta de que llevás décadas acumulando información sobre una mujer. Pequeñísimas observaciones. Gestos. Palabras. Reacciones. Cosas que aprendiste sin proponértelo porque dormís al lado de ella, porque la viste enamorarse, porque la viste enojarse, porque la viste sentirse hermosa, porque conocés la diferencia entre su sonrisa educada y esa otra sonrisa. La peligrosa. La que aparece cuando algo realmente le gusta. Y compartir eso con otro marido produce una sensación rarísima. Es como entregarle lentamente el manual de instrucciones de algo que amás. Ahí aparece otra pregunta. —¿Y las cosas sexuales? Para mí, ahí es donde verdaderamente se pone interesante. Porque hablar de sexo ya no es decir: —Le gusta coger. Eso no significa nada. Todos somos mucho más específicos que eso. Podés contarle qué cosas hacen que se sienta deseada, qué tipo de clima le gusta, si necesita confianza antes de soltarse, si la excita más una insinuación inteligente que una frase explícita, si le gusta sentir que controla la situación o si a veces disfruta justamente lo contrario, qué fantasías ha elegido compartir, qué cosas alguna vez dijo que le daban curiosidad, qué palabras la hacen reír y cuáles le cambian la cara. Incluso podés contar algo aparentemente insignificante: —Cuando está realmente caliente empieza a hablar distinto. Eso puede darme celos sólo de escribirlo, porque yo sé cómo habla. Y ahora otro hombre sabe que debe prestar atención.

Pero ése es precisamente el punto donde el Juego de Caballeros empieza a meterse dentro de tu cabeza. Hay información que uno siente como propia. No porque realmente te pertenezca, sino porque durante años fuiste el único hombre que la conocía. Y cuando la compartís aparece una pérdida simbólica de exclusividad. Eso genera celos. Pero esos celos pueden convertirse en otra cosa. Pensalo. Durante años fuiste vos quien supo qué la hacía sentir sexy. Ahora hay otro hombre intentando aprenderlo. Y vos lo estás ayudando. Para alguien con fantasía cuckold, pocas cosas me parecen más fuertes que eso. Por supuesto, existe una frontera que para mí debería ser bastante sencilla: conocer a una mujer no significa vulnerarla. Una cosa es contar aquello que ella te ha mostrado de sí misma, sus gustos, su personalidad, sus fantasías compartidas, la manera en que vive el deseo. Otra es utilizar información privada para colocarla deliberadamente en situaciones donde no pueda decidir con libertad. Eso no me excita. La gracia del juego para mí es exactamente la contraria. Yo quiero darle al otro hombre mejores cartas, pero después quiero ver qué hace ella. Quiero que sea mi mujer la que decida si le sigue una conversación, que sea ella la que se quede pensando, que tenga curiosidad, que responda, que se arregle, que fantasee, que descubra algo. Porque si eliminás esa decisión de ella, eliminás justamente la parte que más me calienta.

Yo no quiero fabricar artificialmente que mi mujer desee a otro. Quiero descubrir que puede desearlo. Y ahí aparece una diferencia enorme. Mi compañero puede saber que a ella le gusta determinado tipo de humor, puede saber que ciertos elogios le llegan más que otros, puede conocer aquellas fantasías que ella alguna vez eligió contarme, puede saber incluso que mi mujer tiene una parte mucho más atrevida de la que muestra normalmente. Pero después tiene que ganársela él. Tiene que gustarle. Tiene que generar algo. Tiene que conseguir que ella quiera dar el siguiente paso. Yo sólo puedo ayudarlo a entender mejor el terreno. Y cada vez que le paso una información verdaderamente íntima sucede algo curioso. Primero siento una pequeña resistencia, una vocecita que dice: —Eso no se lo cuentes. Entonces me pregunto por qué. Y muchas veces descubro que no hay ninguna razón profunda. Son celos. Es esa parte monógama y territorial que todavía quiere conservar determinados secretos como prueba de que ella sigue siendo solamente mía. Ahí aparece nuevamente el Juego de Caballeros. Porque yo no necesito destruir esos celos. Los observo, los siento y después recuerdo cuál es mi fantasía. Yo quiero verla deseada. Quiero verla descubriendo otra versión de su sexualidad. Quiero sentir alguna vez que otro hombre sabe provocar en ella algo que hasta entonces sólo conocía yo. Qué contradicción maravillosa. Porque cuanto más útil es la información que le paso, más posibilidades tiene él de conseguirlo. Y cuanto más posibilidades tiene él de conseguirlo, más cerca estoy yo de aquello que deseo.

Por eso terminé cambiando mi primera respuesta. Ya no digo: —Pasale lo necesario. Diría algo bastante diferente: contale quién es tu mujer. No la caricatura. No una lista de datos. Contale qué la emociona, qué la hace reír, qué la hace sentirse hermosa, qué cosas despiertan su curiosidad, qué fantasías decidió alguna vez confiarte, qué clase de hombre puede llamar su atención, qué señales da cuando alguien le interesa, qué cosas jamás debería hacer si quiere conservar su interés. Ayudalo a verla como vos la ves. Y después corréte. Porque ahí empieza la parte más difícil y más morbosa del Juego de Caballeros: esperar. Esperar a que algún día tu compañero te escriba dos palabras: —Está funcionando. Y sentir al mismo tiempo celos, orgullo, miedo y una calentura terrible. Tal vez ésa sea otra de las reglas que fui aprendiendo mientras jugaba: la información que realmente cuesta compartir suele ser justamente la que demuestra cuánto estás dispuesto a soltar el control. Pero el objetivo nunca debería ser controlar mejor a tu esposa. El objetivo es muchísimo más difícil: darle al otro hombre la posibilidad de conocerla... y después dejar que sea ella quien decida hasta dónde quiere llegar.
Hay una pregunta que tarde o temprano aparece entre dos maridos que juegan de verdad: —¿Qué cosas tengo que contarte? Al principio parece una pavada. Uno pensaría que solamente hay que avisar cuando pasa algo importante, un mensaje picante, una invitación, una confesión, un beso, algún avance concreto. Pero con el tiempo entendí que no funciona así, porque en el Juego de Caballeros no existen solamente los grandes avances, también importan las pequeñas señales. Una mirada que duró un segundo más, una conversación que ella podría haber terminado y sin embargo siguió, un mensaje que respondió enseguida, una pregunta personal que hizo sin necesidad, una sonrisa distinta, una referencia al otro hombre cuando llega a casa, incluso algo tan simple como que diga su nombre espontáneamente. Todo eso puede ser información valiosísima, no necesariamente porque permita avanzar más rápido, sino porque el otro marido puede disfrutarlo, fantasearlo, jugar con eso en su cabeza y, sobre todo, llevarlo después a su propia pareja. Creo que ahí está una de las cosas más interesantes del Juego de Caballeros: el tercero parece el protagonista, pero muchas veces no lo es. Puede ser simplemente el estímulo que empieza a mover cosas dentro de una pareja que llevaba años funcionando siempre de la misma manera.

Por eso cuando mi compañero me cuenta algo sobre mi mujer no necesito que sea espectacular. A veces alcanza con un mensaje. —Hoy hablamos bastante. Y yo inmediatamente quiero saber más. —¿Quién empezó? —Ella. Listo. Con esas dos palabras ya tengo para fantasear toda la noche. Porque mi cabeza no se queda solamente en la conversación que ellos tuvieron. Empieza a imaginar qué pensó ella antes de escribirle, si dudó, si escribió y borró, si sonrió cuando recibió la respuesta, si después se quedó pensando en él. Y ahí el Juego de Caballeros deja de ser algo que sucede entre dos hombres y empieza a meterse dentro del matrimonio. Eso es, para mí, uno de sus grandes objetivos: activar la pareja. El tercero no deja de ser, en muchos casos, un instrumento para que dentro de ese matrimonio vuelvan a circular cosas que quizás estaban dormidas. Deseo, conversación, celos, fantasía, inseguridad, curiosidad. Todo eso que una pareja muchas veces deja de sentir con intensidad después de tantos años juntos puede volver a aparecer porque hay alguien afuera generando una pequeña interferencia.

Un día mi mujer me contó, casi como quien no quiere la cosa, que un hombre estaba bastante insistente con ella. No me dijo exactamente que le gustaba. Tampoco dijo que le molestaba demasiado. Me lo contó con esa ambigüedad maravillosa que tienen algunas conversaciones de pareja. Yo podría haber reaccionado como reaccionaría cualquier marido celoso. —¿Quién es? —¿Qué quiere? —No le des bola. —Bloquealo. Pero yo estaba jugando otro juego, así que hice exactamente lo contrario. —¿Y a vos qué te pasa con eso? Se quedó pensando. —Nada. La conozco hace demasiados años. Ese “nada” no era nada. Entonces seguí. —¿Te gusta que te encare? Se rió. —Sos un boludo. Y cambió de tema. Para mí eso ya era una fiesta, porque mientras ella quizás creía que me estaba contando una anécdota cualquiera, yo estaba descubriendo que algo de esa atención le producía efecto. Y ahí aparece una de las tareas más delicadas del marido cuckold: no empujar, no decidir por ella, pero tampoco apagar el fuego apenas aparece. Si mi mujer me cuenta que alguien la está encarando, yo quiero que sienta que conmigo puede hablarlo, que no va a encontrar una escena de celos, que no va a ser castigada por sentirse deseada, que incluso puede reconocer que algo le gusta. Yo quiero abrirle espacio, porque si cada vez que ella me cuenta que otro hombre la mira yo reacciono con enojo, ¿qué voy a conseguir? Que deje de contármelo. Y para mí eso sería perder una de las partes más excitantes del juego.

Por eso los avances hay que contarlos. Todos aquellos que puedan hacer que el otro marido vea cómo la historia empieza a cobrar vida. No sólo los sexuales. A veces los mejores son los anteriores. —Hoy me preguntó si estaba casado. —Me contó algo personal. —Se quedó hablando conmigo cuando sus amigas ya se habían ido. —Me dijo que había visto mi mensaje pero que no sabía qué responder. —Se acordó de algo que le había contado la semana pasada. Esas cosas parecen pequeñas, pero para un marido que está fantaseando con que su esposa pueda empezar a interesarse en otro hombre, son enormes. Además, contar los avances tiene otra función: permite que el marido acompañe lo que está ocurriendo dentro de su propia casa. Supongamos que mi compañero me cuenta: —Hoy tu mujer me dijo que le caigo bien. Yo ya sé algo que ella quizás todavía no me contó. No necesito usarlo para interrogarla ni ponerla contra la pared. Al contrario, puedo simplemente estar atento. Quizás esa noche ella mencione algo, quizás diga: —Hoy me crucé con fulano. Y ahí aparece mi oportunidad. No para llevarla hacia una decisión que ella no quiera, sino para mostrarle que conmigo puede jugar. —¿Ah sí? ¿Y qué onda? Ella decidirá cuánto contar. Y yo intentaré no esconder que me resulta divertido verla así.

Porque en el fondo el Bull puede estar haciendo su parte afuera, pero el cornudo también tiene trabajo adentro. Tiene que aprender a escuchar, a tolerar, a no convertir cada señal en una amenaza, a distinguir esos celos que aparecen inevitablemente de la reacción automática de cerrar todo. Quizás el verdadero aprendizaje no sea solamente aceptar que otro hombre se acerque a tu esposa. Quizás sea aprender a crear dentro de tu matrimonio un lugar donde ella pueda contar que otro hombre le gusta sin sentir que acaba de cometer un crimen. Eso cambia muchísimo una pareja. Por eso también quiero saber qué sintió mi compañero, no solamente qué hizo. —¿La viste nerviosa? —¿Te sostuvo la mirada? —¿Sentiste que te estaba tanteando? —¿Te habló distinto cuando quedaron solos? Porque esas observaciones después alimentan mi propia fantasía. Y nuevamente aparecen los celos. Algunas cosas son fáciles de escuchar. Otras no tanto. Quizás un día mi compañero me escriba: —Me parece que tu mujer ya se dio cuenta de que me gusta. Y ese mensaje seguramente me produzca un nudo en la panza. Pero sería exactamente el nudo que salí a buscar cuando acepté jugar.

Ese es uno de los grandes descubrimientos que hice. Los celos no siempre significan “detenete”. A veces significan simplemente: “Esto ya empezó a hacerse real”. Y ahí hay que aprender a escucharlos sin obedecerlos automáticamente. Transformarlos. Usarlos. Dejar que convivan con el morbo. Porque puedo sentir celos de imaginar que mi mujer está esperando un mensaje suyo y, al mismo tiempo, excitarme muchísimo con exactamente la misma imagen. Las dos cosas pueden existir juntas. Por eso para mí el código entre caballeros debería ser bastante simple: si pensás que algo que pasó con mi mujer puede hacerme fantasear, contámelo. Si notaste una señal, contámela. Si ella hizo algo inesperado, contámelo. Si sentiste que avanzaste, contámelo. Incluso si no sabés bien qué significa. Después lo analizamos juntos, nos reímos, nos calentamos, nos hacemos películas. Y quizás esa noche yo termine hablando con mi mujer de una manera diferente gracias a algo que vos me contaste.

Ahí está la verdadera circulación del juego. Vos generás algo afuera. Yo lo recibo. Eso modifica mi manera de mirar a mi esposa. Ella siente esa mirada diferente. Y algo empieza a pasar entre nosotros. Entonces entendés que el tercero nunca fue realmente un intruso. Es una pieza que puede activar una dinámica nueva dentro de la pareja. Puede despertar conversación. Puede despertar fantasías. Puede despertar celos. Puede hacer que volvamos a preguntarnos cosas que hacía años no nos preguntábamos. —¿Te gusta que te miren? —¿Alguna vez fantaseaste con otro? —¿Qué te pasa cuando alguien te encara? —¿Te calienta contármelo? Ahí es donde el Juego de Caballeros empieza a tener sentido para mí. Pero hay una condición: el avance tiene que seguir siendo de ella también. Yo puedo recibir información, puedo fantasear, puedo dejarle claro a mi mujer que no me asusta que otro hombre la desee, puedo incluso decirle que me gusta verla deseada. Pero ella sigue siendo quien decide qué hace con eso. Y quizás ahí esté la diferencia entre acompañar el deseo y fabricar una situación. Yo quiero lo primero.

Quiero que algún día mi compañero me escriba: —Creo que tu mujer está empezando a jugar conmigo. Y poder contestarle: —Seguí. Pero sabiendo que ese “seguí” no significa empujarla, sino seguir siendo alguien con quien ella quiera jugar. Después dependerá de ella. Y mientras tanto, nosotros dos seguiremos haciendo lo que hacen los caballeros: contarnos todo. No porque necesitemos controlar la historia, sino porque cada pequeño avance que compartimos hace que esa historia exista un poco más. Porque a veces un mensaje de cinco palabras alcanza para que un marido se pase toda la noche imaginando qué habrá sentido su mujer, y porque en el fondo el verdadero objetivo del Juego de Caballeros no es solamente que un tercero avance con ella. Es que ese avance vuelva a encender algo entre nosotros. Que ella se sienta deseada, que yo vuelva a mirarla con otros ojos, que aparezcan celos, preguntas, morbo, conversación. Que el otro hombre, sin dejar de ser parte del juego, termine siendo también una chispa que vuelva peligrosamente viva a la pareja.
Creo que hay un momento en el Juego de Caballeros para el que ningún marido está completamente preparado. Podés pasarte meses diciéndole a tu compañero cómo es tu mujer, qué cosas le gustan, qué la hace reír, qué tipo de hombre llama su atención. Podés festejar el primer mensaje, preguntarle qué cara puso cuando lo vio, analizar juntos una respuesta durante media hora y hasta calentarte imaginando que algún día ella empiece a verlo de otra manera. Todo eso es fantástico mientras sentís que es él quien está avanzando. Él la busca. Él genera las conversaciones. Él intenta seducirla. Ella responde. Hasta que un día tu compañero te manda un mensaje completamente diferente: —Hoy me escribió ella. Y te juro que esas cuatro palabras pueden cambiar todo el Juego de Caballeros.

Porque una cosa es fantasear con que otro hombre se encare a tu mujer y otra bastante distinta es descubrir que tu mujer empezó a buscar a ese hombre. La primera todavía conserva cierta tranquilidad psicológica: él quiere algo de ella. La segunda introduce una información mucho más fuerte: quizás ella también quiere algo de él. Me imagino perfectamente mirando ese mensaje y sintiendo primero una alegría enorme y, dos segundos después, esa puntada inevitable en el estómago. —¿Ella te escribió? —Sí. —¿Por qué? —Nada. Me preguntó una boludez. Ahí empezaría mi interrogatorio de cornudo. ¿A qué hora? ¿Cómo arrancó? ¿Cuánto hablaron? ¿Quién terminó la conversación? ¿Te mandó algún emoji? ¿Te hizo alguna pregunta para seguir hablando? ¿Era realmente necesario que te escribiera o podría perfectamente no haberlo hecho? Porque cuando llevás meses jugando, aprendés que muchas veces el contenido del mensaje es lo menos importante. Lo importante es que agarró el teléfono, pensó en él, buscó su nombre y decidió abrir una conversación. Hasta ayer mi compañero intentaba entrar en la cabeza de mi mujer. Hoy descubrí que, aunque sea durante treinta segundos, ya estuvo ahí.

Y ahí aparecen los celos de verdad. Porque yo fui quien quiso que esto sucediera. Yo le expliqué cómo era ella. Yo festejé cuando consiguió llamar su atención. Yo quería que avanzara. Entonces, ¿por qué mierda me molesta descubrir que mi mujer puede estar interesándose? Creo que la respuesta es bastante sencilla: porque hasta ese momento la fantasía todavía tenía algo de control. Yo podía pensar que mi compañero estaba haciendo su trabajo mientras mi mujer simplemente reaccionaba. Pero cuando ella toma iniciativa aparece algo que ya no depende de ninguno de nosotros. Aparece su deseo. Y ésa puede ser la parte más difícil y más excitante de aceptar para un marido cuckold. Yo puedo querer que otro hombre desee a mi mujer, pero tarde o temprano tengo que enfrentarme a una pregunta mucho más incómoda: ¿quiero también que mi mujer lo desee a él?

Para mí la respuesta es sí. Y justamente por eso creo que no hay que escapar de esos celos. Hay que mirarlos, entender de dónde vienen y después intentar encontrar el morbo que tienen escondido atrás. Porque pensándolo bien, ¿qué era exactamente lo que yo quería conseguir cuando empezamos el Juego de Caballeros? ¿Que mi compañero persiguiera eternamente a una mujer que no sentía absolutamente nada por él? Eso sería aburridísimo. Yo quería otra cosa. Quería que mi mujer empezara a sentirse deseada, que descubriera que podía gustarle a otro hombre y, eventualmente, que ese hombre también pudiera gustarle a ella. Quería verla despertarse sexualmente de una manera diferente. Quería que apareciera esa versión más atrevida que quizás durante veinte años de matrimonio había quedado escondida detrás de la rutina, los hijos, el trabajo y todas esas cosas que lentamente van convirtiendo a una pareja en excelentes compañeros de vida pero que a veces hacen que se olviden de que también son dos personas sexuales. Entonces, si un día ella empieza a buscarlo, no debería interpretar automáticamente que mi compañero me está quitando algo. Podría mirar exactamente la misma escena de otra manera: el hijo de puta está consiguiendo aquello para lo que empezamos a jugar.

Supongamos que pasan unos días y vuelve a escribirme. —Otra vez arrancó ella. Ahí seguramente los celos serían mayores, porque una vez puede ser casualidad; dos ya empiezan a construir una historia. Y si después me dice: —Hoy me mandó una foto de dónde estaba, probablemente mi cabeza empiece a trabajar sola. ¿Por qué quiso compartir ese momento con él? ¿Quería que supiera dónde estaba? ¿Esperaba que le contestara algo? ¿Miró el teléfono esperando su respuesta? Y quizás esa misma noche mi mujer esté sentada conmigo en el sillón como cualquier otro día, mirando una serie, mientras yo sé que unas horas antes decidió compartir espontáneamente algo de su vida con otro hombre. Para mí ahí aparece uno de los morbos más fuertes del juego: mirarla sabiendo algo nuevo sobre ella. No algo que inventé yo. Algo que ella hizo. De repente la mujer que tengo al lado vuelve a tener un pequeño misterio. Y después de tantos años de matrimonio, recuperar aunque sea un poquito de misterio puede ser tremendamente excitante.

Obviamente mi reacción también importa. Si unos días después ella me dice: —Estuve hablando con fulano, tengo dos caminos completamente diferentes. Puedo poner cara de orto, empezar a preguntarle qué quería, por qué le escribió, qué pretende el tipo y conseguir que la próxima vez directamente no me cuente nada. O puedo hacer algo que para mí es mucho más interesante. —¿Ah sí? ¿Y qué onda con él? Quizás diga: —Nada, hablamos boludeces. Y yo puedo sonreír. —Me parece que te cae bastante bien. Tal vez se ría. Tal vez me mande a la mierda. Tal vez cambie de tema. Pero ya recibió un mensaje muchísimo más importante que cualquier consejo que yo pueda darle: puede hablar conmigo de eso. No necesito decirle “andá y hacé tal cosa”. Mucho menos empujarla hacia algo que no eligió. Lo que quiero es que descubra que sentir curiosidad por otro hombre no destruye automáticamente nuestro matrimonio. Si le gusta que él la mire, quiero que pueda decirlo. Si alguna conversación la dejó pensando, quiero que algún día pueda contármelo. Y si finalmente descubre que le gusta de verdad, quiero ser capaz de escuchar eso también.

Ahí es donde creo que el marido empieza realmente a convertirse en cuckold, por lo menos en el sentido que a mí me interesa. No cuando consigue que un tipo quiera cogerse a su mujer. Eso es relativamente fácil. Sino cuando puede aceptar que su mujer tiene un deseo propio que él no controla y consigue transformar una parte de los celos que eso genera en excitación. No hace falta que desaparezcan. Es más, creo que si desaparecieran completamente perdería parte de la gracia. Quiero sentir ese nudo en la panza cuando mi compañero me diga: —Me parece que tu mujer me está buscando. Quiero tener durante algunos segundos ese pensamiento primitivo de “la puta madre, esto se está yendo de las manos” y después descubrir que justamente eso me calienta. Porque ahí la fantasía dejó de ser un dibujo que yo manejaba desde afuera y empezó a adquirir vida propia.

También cambia mi relación con mi compañero. Hasta ese momento yo podía sentir que le estaba haciendo un favor pasándole información sobre mi mujer. Ahora la situación se invierte un poco. Si ella empieza a buscarlo, él se convierte en quien me trae información sobre una parte de mi esposa que yo no conocía. —Hoy me escribió apenas salió del trabajo. —Hoy hizo un chiste que me pareció medio picante. —Hoy me preguntó si iba a estar en tal lugar. Cada mensaje suyo puede producirme simultáneamente orgullo, inseguridad, celos y morbo. Y ésa es precisamente la razón por la que necesito confiar muchísimo en él. No quiero que me cuente solamente cuando consiguió algo espectacular. Quiero esas pequeñas señales porque son las que me permiten ver cómo se va construyendo el deseo. A veces incluso quiero que me diga: —No hice nada. Fue ella. Porque probablemente ésas sean las tres palabras que más me cueste leer y las que más me exciten.

Y entonces aparece otra paradoja hermosa del Juego de Caballeros. Durante meses yo ayudé a mi compañero a aprender cómo acercarse a mi mujer. Pero llega un momento en que tengo que dejar de ayudar. Porque si ella empieza a buscarlo, ya no necesito diseñar nada. Él tendrá que responder como él mismo y ella tendrá que decidir qué quiere hacer con eso. Quizás no pase absolutamente nada. Quizás solamente disfrute de sentirse deseada. Quizás se divierta con una pequeña tensión y nunca quiera cruzar ninguna otra frontera. O quizás un día la iniciativa que empezó con un mensaje termine llegando mucho más lejos de lo que yo imaginaba. Y si eso ocurre porque ella realmente lo desea, entonces habremos llegado a un punto que ningún dato, ninguna táctica y ninguna conspiración entre maridos podría fabricar.

Por eso hoy creo que cuando tu compañero te escribe “tu mujer empezó a buscarme” no te está avisando simplemente que subiste de nivel. Te está avisando que el tablero cambió. Hasta ayer éramos dos maridos jugando con una fantasía. Desde ese momento aparece una tercera voluntad que ninguno controla. Y paradójicamente ahí empieza la parte más auténtica del juego, porque mi mujer deja de ser solamente “mi esposa” dentro de nuestra fantasía y vuelve a convertirse en una mujer capaz de elegir, fantasear, calentarse, arrepentirse, avanzar o frenar por sí misma. Quizás descubra algo que ni siquiera yo conocía de ella. Quizás sea ella quien nos sorprenda a los dos.

Y si algún día mi compañero me escribe: —Che, creo que ya no soy yo el que la está buscando a ella, creo que ella me está buscando a mí, seguramente vuelva a sentir esa puntada de celos. Probablemente lea el mensaje dos veces. Quizás hasta piense por un instante que esto ya se volvió demasiado real. Pero después me acordaré de por qué empezamos a jugar y seguramente termine sonriendo. Porque durante meses creí que el objetivo era conseguir que otro hombre sedujera a mi esposa. Y quizás estaba equivocado. El verdadero salto ocurre cuando ya no hace falta que nadie la empuje hacia ningún lado, cuando ella descubre que también puede jugar porque quiere hacerlo. Ahí mi compañero deja de estar cumpliendo solamente su papel de Bull y yo empiezo a experimentar verdaderamente el mío. Y si logro sentir esos celos, llevarlos conmigo hasta la cama, mirar a mi mujer sabiendo que durante el día pensó en otro hombre y transformar ese vértigo en deseo hacia ella, entonces entiendo para qué servía todo esto desde el principio: no para alejarme de mi mujer, sino para volver a verla como una mujer capaz de sorprenderme después de tantos años juntos.

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