Esta es una de esas preguntas que al principio parecen fáciles. —¿Cuánto le puedo contar de mi mujer? Mi primera respuesta fue bastante tibia. —Y... lo necesario. Pero después me quedé pensando. ¿Qué mierda significa “lo necesario”? Porque si el objetivo del Juego de Caballeros es ayudar al otro marido a acercarse a tu esposa, seducirla y, con suerte, algún día verla disfrutando con él, entonces la información no es un detalle secundario. Es una de las fichas más importantes del juego. Con el tiempo mi respuesta cambió. Hoy diría: —Todo lo que realmente le permita conocerla. No estoy hablando de entregarle una planilla Excel con la vida de tu mujer ni de convertir al otro tipo en un investigador privado. Hablo de algo mucho más íntimo y, para mí, muchísimo más excitante: contarle cómo es ella cuando nadie la está mirando. Porque cualquiera puede saber qué música escucha una mujer mirando su Spotify, qué profesión tiene o dónde estuvo de vacaciones viendo su Instagram. Pero vos sabés otras cosas. Vos sabés qué canción pone cuando está de buen humor, qué tipo de elogio la hace sonreír y cuál le parece una pelotudez, si le gusta que le digan que está linda o si le pega mucho más fuerte que le digan que está increíblemente sexy. Sabés si se pone nerviosa cuando un hombre la mira fijo, si baja la mirada, si se ríe, si cambia de tema y si después, cuando llega a casa, te cuenta: —Hoy un tipo no paraba de mirarme. Y vos conocés esa manera particular en que te lo cuenta, como queriendo aparentar indiferencia, pero no tan indiferente.
Esas son las cosas que otro marido no puede descubrir en Google. Y ahí empiezan los verdaderos celos. Porque una cosa es decirle: —A mi mujer le gusta tal banda. Otra cosa muy distinta es escribirle: —Cuando un hombre le dice algo lindo y después no insiste, se queda pensando. Le gusta sentir que la desean, pero no soporta al pesado. Eso ya duele un poquito más, porque estás entregando una llave. Una que descubriste durante años. Y la estás poniendo en manos de otro hombre. La primera vez que hice algo así me quedé mirando el mensaje antes de mandarlo. Habíamos estado hablando de cómo acercarse a nuestras mujeres y mi compañero me preguntó: —¿Qué tipo de chamuyo le gusta? Me causó gracia, porque conocía perfectamente la respuesta. Mi mujer detesta el chamuyo. Si un tipo aparece haciéndose el ganador, lo liquida en treinta segundos. Pero si habla con ella normalmente, la hace reír, después desaparece un poco y otro día le tira una frase inesperada... ahí es diferente. Entonces se lo expliqué. Y mientras escribía pensé: qué hijo de puta, le estoy explicando cómo seducir a mi propia mujer. Sentí celos, obviamente. Pero inmediatamente después apareció el morbo, porque ése era exactamente el objetivo. No quería darle información inútil para después decirme a mí mismo que había cumplido. Quería que le sirviera. Quería que algún día él me escribiera: —Funcionó. Y que yo sintiera ese pequeño golpe en el estómago.
Con el tiempo las conversaciones se volvieron más profundas. Ya no hablábamos solamente de gustos. Hablábamos de personalidad. —Cuando está insegura, no la presiones. —Si está cómoda, habla muchísimo. —Le encanta que la hagan reír. —Tiene debilidad por los hombres seguros, pero no por los agrandados. —Si la elogiás demasiado rápido probablemente desconfíe. —Le gusta sentirse mirada. —Le calienta más insinuar que mostrar. —Puede hacerse la distraída incluso cuando algo le encanta. Hasta terminamos hablando de cosas que para otro serían pavadas pero que, cuando llevás tantos años al lado de una persona, forman parte de la manera en que la entendés. Mi mujer, por ejemplo, es Sol y Ascendente en Piscis, Luna en Aries y Serpiente de Fuego Yang. ¿Eso significa que existe una fórmula astrológica para seducirla? Obviamente que no. Pero sí forma parte del relato que ella misma construye sobre quién es. Yo sé qué cosas de ese retrato reconoce en ella, qué contradicciones le divierten, qué partes siente propias. Esa mezcla entre una sensibilidad enorme y una veta impulsiva, ese contraste entre lo suave que puede parecer y el carácter que aparece de golpe cuando algo la enciende o la enoja. No porque un signo explique a una mujer, sino porque hasta esas pequeñas creencias, esas formas de describirse a sí misma, son información que después de veinte años vos conocés y otro hombre no.
Ahí empezás a darte cuenta de que llevás décadas acumulando información sobre una mujer. Pequeñísimas observaciones. Gestos. Palabras. Reacciones. Cosas que aprendiste sin proponértelo porque dormís al lado de ella, porque la viste enamorarse, porque la viste enojarse, porque la viste sentirse hermosa, porque conocés la diferencia entre su sonrisa educada y esa otra sonrisa. La peligrosa. La que aparece cuando algo realmente le gusta. Y compartir eso con otro marido produce una sensación rarísima. Es como entregarle lentamente el manual de instrucciones de algo que amás. Ahí aparece otra pregunta. —¿Y las cosas sexuales? Para mí, ahí es donde verdaderamente se pone interesante. Porque hablar de sexo ya no es decir: —Le gusta coger. Eso no significa nada. Todos somos mucho más específicos que eso. Podés contarle qué cosas hacen que se sienta deseada, qué tipo de clima le gusta, si necesita confianza antes de soltarse, si la excita más una insinuación inteligente que una frase explícita, si le gusta sentir que controla la situación o si a veces disfruta justamente lo contrario, qué fantasías ha elegido compartir, qué cosas alguna vez dijo que le daban curiosidad, qué palabras la hacen reír y cuáles le cambian la cara. Incluso podés contar algo aparentemente insignificante: —Cuando está realmente caliente empieza a hablar distinto. Eso puede darme celos sólo de escribirlo, porque yo sé cómo habla. Y ahora otro hombre sabe que debe prestar atención.
Pero ése es precisamente el punto donde el Juego de Caballeros empieza a meterse dentro de tu cabeza. Hay información que uno siente como propia. No porque realmente te pertenezca, sino porque durante años fuiste el único hombre que la conocía. Y cuando la compartís aparece una pérdida simbólica de exclusividad. Eso genera celos. Pero esos celos pueden convertirse en otra cosa. Pensalo. Durante años fuiste vos quien supo qué la hacía sentir sexy. Ahora hay otro hombre intentando aprenderlo. Y vos lo estás ayudando. Para alguien con fantasía cuckold, pocas cosas me parecen más fuertes que eso. Por supuesto, existe una frontera que para mí debería ser bastante sencilla: conocer a una mujer no significa vulnerarla. Una cosa es contar aquello que ella te ha mostrado de sí misma, sus gustos, su personalidad, sus fantasías compartidas, la manera en que vive el deseo. Otra es utilizar información privada para colocarla deliberadamente en situaciones donde no pueda decidir con libertad. Eso no me excita. La gracia del juego para mí es exactamente la contraria. Yo quiero darle al otro hombre mejores cartas, pero después quiero ver qué hace ella. Quiero que sea mi mujer la que decida si le sigue una conversación, que sea ella la que se quede pensando, que tenga curiosidad, que responda, que se arregle, que fantasee, que descubra algo. Porque si eliminás esa decisión de ella, eliminás justamente la parte que más me calienta.
Yo no quiero fabricar artificialmente que mi mujer desee a otro. Quiero descubrir que puede desearlo. Y ahí aparece una diferencia enorme. Mi compañero puede saber que a ella le gusta determinado tipo de humor, puede saber que ciertos elogios le llegan más que otros, puede conocer aquellas fantasías que ella alguna vez eligió contarme, puede saber incluso que mi mujer tiene una parte mucho más atrevida de la que muestra normalmente. Pero después tiene que ganársela él. Tiene que gustarle. Tiene que generar algo. Tiene que conseguir que ella quiera dar el siguiente paso. Yo sólo puedo ayudarlo a entender mejor el terreno. Y cada vez que le paso una información verdaderamente íntima sucede algo curioso. Primero siento una pequeña resistencia, una vocecita que dice: —Eso no se lo cuentes. Entonces me pregunto por qué. Y muchas veces descubro que no hay ninguna razón profunda. Son celos. Es esa parte monógama y territorial que todavía quiere conservar determinados secretos como prueba de que ella sigue siendo solamente mía. Ahí aparece nuevamente el Juego de Caballeros. Porque yo no necesito destruir esos celos. Los observo, los siento y después recuerdo cuál es mi fantasía. Yo quiero verla deseada. Quiero verla descubriendo otra versión de su sexualidad. Quiero sentir alguna vez que otro hombre sabe provocar en ella algo que hasta entonces sólo conocía yo. Qué contradicción maravillosa. Porque cuanto más útil es la información que le paso, más posibilidades tiene él de conseguirlo. Y cuanto más posibilidades tiene él de conseguirlo, más cerca estoy yo de aquello que deseo.
Por eso terminé cambiando mi primera respuesta. Ya no digo: —Pasale lo necesario. Diría algo bastante diferente: contale quién es tu mujer. No la caricatura. No una lista de datos. Contale qué la emociona, qué la hace reír, qué la hace sentirse hermosa, qué cosas despiertan su curiosidad, qué fantasías decidió alguna vez confiarte, qué clase de hombre puede llamar su atención, qué señales da cuando alguien le interesa, qué cosas jamás debería hacer si quiere conservar su interés. Ayudalo a verla como vos la ves. Y después corréte. Porque ahí empieza la parte más difícil y más morbosa del Juego de Caballeros: esperar. Esperar a que algún día tu compañero te escriba dos palabras: —Está funcionando. Y sentir al mismo tiempo celos, orgullo, miedo y una calentura terrible. Tal vez ésa sea otra de las reglas que fui aprendiendo mientras jugaba: la información que realmente cuesta compartir suele ser justamente la que demuestra cuánto estás dispuesto a soltar el control. Pero el objetivo nunca debería ser controlar mejor a tu esposa. El objetivo es muchísimo más difícil: darle al otro hombre la posibilidad de conocerla... y después dejar que sea ella quien decida hasta dónde quiere llegar.