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Segundo trío o el comienzo de los cuernos

¿Qué prefieren los cornudos de verdad?

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**El segundo encuentro**

Después de aquella primera noche algo se quebró y se reordenó dentro de mí.
La adrenalina, los celos y la lujuria de ver a mi novia siendo penetrada por otro hombre formaron un cóctel imposible de describir. Era un sentimiento único, hermoso y profundamente adictivo. Durante meses nuestro sexo fue intenso, casi feroz. Cada vez que la tomaba le susurraba al oído los recuerdos de aquella madrugada: sus gritos, la forma en que se arqueaba, el sabor que ella decía recordar de la pija de mi amigo. Fantaseábamos con repetirlo, pero no queríamos forzar nada. La magia de lo espontáneo había sido demasiado perfecta. Preferimos esperar a que el azar volviera a acomodar las piezas.

Mi novia es joven, hermosa y le encanta salir a bailar con las amigas. Prefiere los boliches de cachengue, donde el cuerpo se mueve sin reservas. Yo soy de otro mundo: electrónica, casas, amigos. Cuando ella sale, casi siempre me quedo. Soy cero celoso. Le digo que disfrute, que deje el celular y que se olvide de mí un rato.

Una noche de verano ella arregló para ir a Palermo, a un boliche conocido de la zona. Me avisaría cuando quisiera volver. Yo me quedé en casa, jugando a la Play, con la ventana abierta y el aire caliente de la ciudad entrando a la habitación.

A las cuatro de la mañana vibró el celular.
Un mensaje. Una foto.

“Mirá a quién me encontré”.

Abrí la imagen y el pecho se me apretó de golpe. Ahí estaba ella, sonriendo, el vestido rojo corto pegado al cuerpo, abrazada a mi amigo. El mismo. El que meses atrás la había cogido duramente en nuestra cama mientras yo la miraba.

En segundos se agolparon los celos, la lujuria y una adrenalina casi dolorosa. Una imagen se impuso sobre todas las demás: ella con él… sin mí.

Respondí con la calma que pude reunir:

“Qué lindo que se hayan encontrado. Hacé lo que quieras. Tenés total libertad”.

Ella contestó al instante:

“Jamás haría algo sin vos, amor”.

Le propuse que esa noche se fuera con él.
Me dijo que no se animaba. Que era conmigo o nada. Que fuera a buscarlos, que ya estaba caliente y se quería ir a coger. Que mientras tanto seguiría bailando con él.

Salí. El auto a fondo por las calles casi vacías. En la cabeza solo veía sus cuerpos rozándose en la pista, el vestido rojo subiendo un poco más con cada movimiento, la mano de él en su cintura.

Cuando llegué ya estaban afuera, charlando bajo la luz de la vereda. Los saludé. Hablamos un rato. En ese momento supe que esa noche tenía que tomar el control.

—Vamos a un telo cercano —dije—. Hoy voy a ser solo espectador. Voy a ser el director.

Subieron atrás sin dudar. Tardamos diez minutos. Ellos no perdieron ni uno. Se besaron y se tocaron todo el camino. Manos debajo del vestido, lenguas profundas, respiraciones entrecortadas. La lujuria impregnaba el aire del auto.

Al entrar al telo pedimos tragos y sacamos algunas fotos. Apenas se cerró la puerta ella se abalanzó sobre él. Se comieron la boca con hambre. Desabrochó su pantalón, sacó esa pija que tanto le había gustado y empezó a masturbarlo mirándome de reojo.

—Dale —le ordené en voz baja—. Besitos en la punta.

Obedeció. Besos suaves, después la lengua, después la boca entera.

—Metésela hasta el fondo. Quiero que hagas arcadas. Quiero que sientas esa pija gorda latirle en la garganta.

Ella se atragantó. Se babó. Lágrimas le corrían por las mejillas, pero no se detuvo. Bajó a chuparle los huevos mientras lo masturbaba con la mano empapada.

Yo me senté a un costado y guardé silencio. Solo miré.

No tardó en montárselo. A pelo, como le gusta. Se lo clavó de una y empezó a saltar. El sonido de su culo golpeando contra él llenaba la habitación. Gozaba con los ojos semi cerrados, mordiéndose el labio, mirándome mientras rebotaba sobre esa verga.

Le pregunté a mi amigo, casi en un susurro:

—¿Te gusta la concha de mi novia?

Él la sujetó fuerte de la cintura y respondió con una sonrisa:

—Hoy no es tu novia. Hoy es mi puta.

Ella me miró fijo, sin dejar de montarlo, y dijo con la voz rota de placer:

—Hoy soy la puta de él.

Ese instante me atravesó por completo.

Él la dio vuelta, la puso en cuatro y la embistió con fuerza. Cada embestida más profunda. Ella se corrió de una forma brutal, mojándose toda. El sonido húmedo de su concha siendo golpeada una y otra vez todavía resuena cuando cierro los ojos.

—¿Dónde querés la leche? —jadeó él.

—Adentro —respondió ella sin dudar—. Llename.

Él la tomó todavía más duro hasta corrérsele profundo, llenándola por completo. Se quedaron unidos un momento, besándose, temblando. Después él se dejó caer rendido.

Ella se arrastró hasta mí, todavía con la leche de él escurriéndole entre las piernas. Me bajó el pantalón y empezó a chuparme muy despacio, mirándome a los ojos.

—¿Te gustó lo que viste, amor?

Asentí, sin poder hablar.

Ella sonrió con la boca llena y susurró:

—Voy a cumplir todas tus fantasías. Por más morbosas que sean.

Esa noche comprendí algo que ya no pude negar.

Quería ser cornudo.
Y quería que ella me lo demostrara una y otra vez.

Esta fue solo la segunda vez.
Todavía quedan muchas más.

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