Nunca fue mi intención contárselo. No esa noche. Pero a veces el silencio, la confianza, el alcohol… se combinan para abrir compuertas que uno creía bien cerradas.
Estábamos en su casa. Mi tío César, hermano de mi madre, me había invitado a cenar. Hacía tiempo que no nos veíamos. Siempre me cayó bien. Un tipo culto, serio, de esos que escuchan más de lo que hablan. Viudo hacía años, sin hijos. Tenía una biblioteca impresionante y una manera de mirar que a veces incomodaba, como si leyera más de lo que uno decía.
Después de la cena, nos sentamos en el living con un whisky cada uno. La charla empezó con temas comunes: laburo, política, la inflación. Recuerdo que me preguntó por Ana.
—¿Y cómo está la señora? —dijo con una media sonrisa.
—Bien —respondí—. Siempre con mil cosas. El trabajo, el ingles, las clases de yoga…
Él asintió. Se quedó mirando el fuego en la chimenea apagada. Hizo un silencio largo, de esos que me hacían sentir observado. Después, sin mirarme, comentó:
—Siempre me llamó la atención Ana. Tiene una forma de estar… no sé cómo decirlo. Es de esas mujeres que uno no puede dejar de mirar, aunque no quiera.
No supe qué contestar. Me reí apenas, pero sentí un nudo en el pecho. No por celos, sino por otra cosa. Por lo que yo sabía. Por lo que callaba.
Entonces, sin pensarlo mucho, dije:
—Sí… yo sé lo que genera. Me doy cuenta.
Él giró la cabeza y me miró fijo. No habló, pero levantó levemente las cejas. Como si me estuviera dando permiso para seguir.
Pero me arrepentí. Me quedé callado. Tomé un trago largo y cambié de tema. Le pregunté por su rodilla, por una operación que se había hecho.
—¿Y vos, Jorge? —me dijo después de unos minutos, retomando su tono pausado—. ¿Estás bien?
—Sí… —dudé—. Sí, bien.
—¿Seguro?
Tragué saliva. Algo se me revolvía adentro. Quise volver a callarme, pero la voz me salió sola:
—No sé. Estoy… raro. Con Ana, digo.
Él no dijo nada. Esperó. Lo miré.
—Hace tiempo que no tenemos relaciones. Casi nada. No sé si es normal o no… pero me pasa algo.
Me miró con atención. No había juicio en su cara. Solo curiosidad.
—¿Qué te pasa?
Apoyé el vaso. Sentí calor en la cara. Me daba vergüenza. Pero no podía seguir guardándomelo.
—Que… —hice una pausa, bajé la voz— que me excita verla con otros.
El silencio fue absoluto. Ni el hielo en los vasos se movía. Me animé a seguir:
—No fue algo que busqué. Pasó. La primera vez que me lo insinuó… pensé que estaba jugando. Pero no. Después de algunas charlas, de algunos encuentros... terminé dándome cuenta de que me excitaba más eso que tener sexo yo con ella.
Él seguía sin hablar. Pero no se veía incómodo. Solo… atento. Me observaba con una intensidad que me dejaba expuesto.
—¿La viste con otros? —preguntó, al fin.
Asentí. Tenía las manos húmedas. Me sentía un enfermo al contarlo. Pero algo en su mirada me empujaba.
—Sí. Varias veces. Con distintos hombres. No es algo que pase todo el tiempo. Pero pasa. Y yo… a veces estoy, otras no. A veces me lo cuenta después. Otras me manda… cosas.
—¿Cosas?
—Fotos. Videos.
Vi cómo cambiaba su gesto. Se reclinó un poco hacia adelante.
—¿Te los manda ella?
—Sí. O los saco yo. No siempre. A veces solo quedan los recuerdos. Pero cuando hay algo grabado… —me encogí de hombros— me vuelvo loco.
El tío César bajó el vaso. Ahora me miraba distinto. Más serio. Más… crudo.
—¿Y los tenés ahí?
Tardé en responder. Dudé. Pero lo hice. Saqué el celular. Busqué la carpeta. Se la mostré.
Lo vi tomarlo. No dijo nada al principio. Deslizó el dedo despacio por las imágenes. La primera era Ana en un baño, con el vestido levantado y un hombre detrás, con el cinturón abierto. Otra, más borrosa, en una cocina: ella de espaldas, completamente desnuda, con la piel enrojecida.
—La concha de la lora… —susurró.
Nunca lo había escuchado hablar así. Su voz era más baja, más rasposa. Se pasó una mano por la barba.
—Esa cola… —murmuró—. Siempre me calentó la cola de tu mujer.
Me quedé helado. No me ofendí. Me excitó. Porque lo decía con verdad. Con hambre.
—¿Desde cuándo? —pregunté, sorprendido por mí mismo.
—Desde la primera vez. Ese día que vino al cumple de tu vieja con ese short blanco… ¿te acordás?
Asentí. Me ardía el cuerpo. Él siguió:
—No sabés lo que me costó no quedarme mirándola. Iba y venía con esos cachetes rebotando… como si lo hiciera a propósito. Pero claro… vos no sabías esto de mí.
—Yo tampoco sabía esto de mí —dije, sincero.
Nos miramos. Era otro tipo de complicidad. Algo más oscuro. Más íntimo.
—¿Y con cuántos tipos, Jorge? —me preguntó tío César, sin despegar la vista del celular, repasando cada foto como si necesitara grabárselas en la memoria.
Sentí que se me secaba la boca.
—Muchos —respondí apenas, tratando de sonar casual, pero la voz me salió rota.
César levantó la mirada, como incrédulo.
—No te creo. ¿Muchos cuántos?
Tragué saliva.
—Más de los que puedo contar sin pensar demasiado. Algunos… demasiados.
Se hizo un silencio espeso. Él apoyó el celular sobre su muslo, pero dejó una foto abierta: Ana, en cuatro, con un hombre detrás sujetándola fuerte de las caderas.
—Decime edades —dijo él, casi en un susurro ronco—. ¿Quiénes son?
No sé por qué, pero le contesté.
—Vecinos… uno de sesenta y pico, abogado. Otro, unos cincuenta, pelado… muy atrevido. También hubo pibes de treinta, dos médicos… Ellos vinieron a casa por un malestar que tuve. Nada grave, pero… —cerré los ojos un instante— terminaron revisándola a ella demasiado a fondo.
Él asintió, como si estuviera imaginándose cada escena.
—¿Y quién más…? —insistió.
—Mi jefe —confesé, sintiendo que la vergüenza me quemaba la cara—. Tiene setenta. Muy correcto… hasta que se quedó a solas con ella en la oficina.
César abrió un poco la boca, realmente sorprendido.
—¿Tu jefe? La puta madre…
—Y… —bajé todavía más la voz— los de la mudanza. No al mismo tiempo… pero… sí. Tres de ellos. La levantaron como si fuera una muñeca… y yo… yo no hice nada. Solo miré.
Mi tío se quedó completamente callado. No parecía repugnado. Ni siquiera confundido.
Estaba excitado.
Me lo decía la forma en que respiraba, más pesada, más lenta.
—Jorge… —dijo, usando mi nombre como si fuera otra cosa—. ¿Qué es lo que más te calienta? ¿Qué es lo que no podés sacar de la cabeza?
No sabía si contestar. Pero ya no podía mentir:
—Cuando… cuando le cogen la cola.
El tío parpadeó. Once. Lento.
—¿El culo? —repitió, disfrutando la palabra.
Asentí. Me ardían los oídos.
—Ella… ella tiene algo con eso. Se pone como loca. Cuando la agarran fuerte, cuando la abren… cuando la penetran ahí… es como si se transformara. Se entrega más. Gime distinto. Se le va todo pudor.
Él tenía la mirada clavada en mí, pero una mano seguía sobre el celular, apretando el borde como si necesitara contenerse.
—¿En serio me decis sobrino? —me preguntó con un tono ya abiertamente caliente, casi jadeante.
Me quedé quieto. Sentí la erección marcada contra el pantalón solo de recordarla, de verla en mi cabeza.
—Si, se desespera —dije—. Le encanta. A veces es ella la que lo pide… o lo provoca. Se pone adelante de ellos… y solo espera que la agarren por atrás. Cuando siente que la llenan… se muerde los labios, se arquea… y acaba muy fuerte. A veces… más de una vez.
César se pasó una mano por la cara. No podía disimular lo que estaba sintiendo. Y yo… yo tampoco.
Él volvió a mirar la foto. Ana, ofrecida, abierta, tomada con fuerza. Y murmuró:
—Tenés una mujer hecha para ser cojida… y vos sos el único que entiende eso.
Lo dijo como si fuera una bendición. O una condena.
Y en ese instante, supe que él ya no estaba pensando en mí.
Estaba pensando en ella.
En su culo.
En lo que había descubierto esa noche.
Él se recostó, pero sin apartar la vista del celular.
—¿Lo hace por vos? —preguntó—. ¿O porque realmente lo necesita?
No tuve que pensarlo.
—Por las dos cosas —respondí—. Empezó por mí, pero ahora… a veces siento que se despierta ya caliente. Que sale a la calle buscando ojos, manos… algo que la empuje a entregarse.
César sonrió apenas, como si esa idea lo enloqueciera un poco.
—Mierda, Jorge… —dijo, exhalando lento—. Y vos dejás que eso pase.
—Lo necesito —admití—. Es lo único que me hace acabar fuerte ahora. No puedo volver atrás. Yo… no puedo darle lo que ellos le dan.
El tío apoyó el vaso en la mesa con un pequeño golpe. Su tono se volvió más íntimo, más grave:
—Decime algo… cuando ella vuelve… después de que la cojen… ¿vos…?
—Me masturbo —dije sin poder sostenerle la mirada—. Ella me cuenta todo… y yo… termino temblando.
Vi cómo su pecho subía y bajaba más rápido.
—Quiero entender —continuó—. ¿Ella… te dice detalles?
Asentí.
—Sí. Los tamaños. Cómo la sujetan. Cuánto la llenan. Cuánto tarda en poder caminar normal otra vez.
César cerró los ojos un momento, como si la imagen le golpeara directo la entrepierna.
—¿Y… la cola? —volvió al tema, con la voz casi rota—. ¿le acaban ahí?
Mi respiración también estaba cambiando.
—Muchas veces sí. Le gusta quedarse con… con eso adentro. Dice que se siente… usada. Y que eso la hace sentir viva.
El tío pasó la lengua por sus labios, muy despacio.
—Tu mujer… —dijo— es una fantasía hecha carne.
Dudé un momento. Pero la vergüenza ya se había transformado en otra cosa.
—Ana… —murmuré— sabe que la desean así. Y le gusta. Le encanta que otros hombres la miren como vos la estás mirando ahora en esas fotos.
El tío abrió los ojos. Me sostuvo la mirada sin parpadear.
Después de ese silencio cargado, no sabía qué más decir. Pensé que César iba a seguir por ese camino… que iba a pedirme más detalles, más fotos, que quizás incluso…
Pero entonces, él se enderezó. Respiró hondo y tomó un tono completamente distinto. Más contenido. Más reflexivo.
—Jorge —dijo, ahora mirándome con una seriedad diferente—. ¿Sabés qué pienso?
Negué, todavía con el cuerpo agitado.
—Que todo esto que me contás… más allá del morbo y de la excitación… puede estar tapando algo. Un desajuste. Algo que no se resolvió entre ustedes.
Me sorprendió. No era la respuesta que esperaba. Ni el tono.
—¿A qué te referís?
—A que hay algo que los llevó ahí. No me malinterpretes —agregó enseguida—. No te estoy juzgando. Pero me parece que lo que estás viviendo, lo que están permitiendo con Ana, puede ser una forma de compensar… o de escapar. Y eso, Jorge, con el tiempo… pasa factura.
Lo escuché en silencio. Algo en mí se desordenó. Me empecé a sentir otra vez incómodo. No por lo que decía, sino porque lo decía con claridad, con afecto… como si realmente quisiera ayudarme.
—Tengo un amigo que es psicólogo clínico. Se especializa en terapias de pareja. Pero además, se formó muchos años en sexualidad. En todo tipo de conductas… y desvíos. Y cuando digo "desvíos" no me refiero a moral, eh. Me refiero a cosas que pueden parecer placenteras, pero que encubren un vacío más profundo.
No dije nada. Me sentía observado de nuevo, pero esta vez desde otro lugar.
—Podés llevar a Ana —siguió—. No hace falta que ella sepa todo. Se puede plantear como una consulta por falta de deseo, por distancia, por rutina. Que sea él quien empiece a indagar. A mirar el cuadro completo. A entender lo que hay debajo.
Lo miré, confundido. No era lo que había pensado. Yo creí…
—César —le dije—. Pensé… no sé, que te habías calentado con ella. Con lo que te conté.
Él sonrió, pero no fue una sonrisa de burla. Fue una sonrisa cálida.
—Jorge… claro que tu mujer es atractiva. Claro que verla en esas fotos no me dejó indiferente. Sería un hipócrita si te dijera otra cosa. Pero no se trata de eso. No estoy pensando con la bragueta. Estoy pensando en vos. Y en ella.
Me quedé en silencio. Sentí un golpe de realidad. Algo en mí se aflojó.
—Gracias —dije, bajando la mirada.
En serio. No sé qué esperaba al contarle todo esto. Pero no era esto.
Él apoyó una mano en mi hombro. Firme, paternal.
—Cuando decidan ir, me avisás. Si querés, los acompaño. Él es discreto. Es bueno. Y capaz les da una nueva forma de ver todo esto.
Asentí, sin saber qué más decir.
—Te aviso —le prometí—. Y gracias, de verdad. Pensé que esto… que lo que me pasaba no tenía arreglo.
—Todo tiene arreglo —dijo—. Pero hay que saber mirarlo con otros ojos.
Esa noche me fui de su casa más liviano. No porque se hubiera resuelto nada… pero sí porque alguien, por primera vez, había escuchado todo sin escandalizarse.
Y me había tendido una mano.
La sala de espera era silenciosa y austera. Iluminación cálida, revistas bien apiladas, dos sillones de cuero oscuro y una planta artificial que intentaba darle vida al ambiente. Ana estaba sentada al lado mío, con las piernas cruzadas, jugando con las uñas. Tenía esa expresión que usaba cuando se sentía fuera de lugar: una mezcla de fastidio y desconfianza.
César estaba en el sillón de enfrente, tranquilo, con las manos apoyadas sobre las rodillas, como si llevara años en ese consultorio. En cambio, yo no sabía dónde apoyar la mirada.
Ana rompió el silencio con su tono más seco.
—¿Me explicás otra vez por qué estoy acá?
Tragué saliva. Habíamos hablado mil veces, pero ahora que estábamos ahí, sentía que no tenía argumentos.
—Porque creo que nos puede hacer bien —le dije, bajando la voz—. Hablar con alguien que entienda… que vea las cosas desde afuera.
Ella frunció los labios. Miró a César con cierto recelo.
—¿Y vos también estás en esta, porque...?
Él sonrió apenas, sin ofenderse.
—Estoy porque Jorge me confió algo importante. Y porque creo que esto puede ayudarlos a los dos. El Dr. Fortunato es un profesional de primer nivel. Especialista en parejas, sexualidad, vínculos… tiene más de cuarenta años de experiencia. Da conferencias, enseña, atiende discretamente a gente muy… influyente.
Ana alzó una ceja, como si no terminara de creérselo.
—¿Y qué se supone que va a hacer? ¿Curarnos?
—No se trata de “curar” —respondió César—. Se trata de mirar lo que está pasando sin juicio. De entender qué buscan, qué necesitan… y si eso los hace bien o los va a romper en mil pedazos.
Ella volvió a mirar hacia la puerta del consultorio, todavía insegura. Pero no dijo más.
Pasaron unos minutos en silencio hasta que se abrió la puerta interior. Y ahí lo vimos.
El Dr. Fortunato.
Entró caminando despacio, con una presencia que llenaba el espacio sin necesidad de hablar. Tendría entre 65 y 70 años, pero se movía con la firmeza de alguien que se cuidaba. Era corpulento, de espalda ancha, con el pelo corto y gris, la barba prolija como tallada, y una piel tostada por el sol que le daba un aire vital, casi mundano. Llevaba una camisa azul con los primeros dos botones abiertos y un perfume profundo, cálido y elegante que se sentía incluso desde el otro extremo de la sala.
Sonrió apenas al ver a César y se acercó con paso seguro.
—César —dijo con voz grave y pausada—. Qué gusto verte.
Se abrazaron con naturalidad. Un gesto firme, afectuoso, viril.
—Gracias por recibirnos —dijo mi tío, y enseguida hizo las presentaciones—. Jorge… Ana… les presento al Dr. Fortunato.
Nos saludó a ambos con la mano. Su apretón era firme, pero medido. Nos sostuvo la mirada a cada uno por igual. Sin apuro.
—Pasen, por favor —dijo—. No hay nada que temer acá adentro.
Entramos al consultorio. Un espacio amplio, de paredes cálidas, sin diplomas a la vista, pero con cientos de libros. Un sillón grande, dos butacas enfrentadas, una lámpara de pie y un leve aroma a cuero, incienso y su perfume que aún flotaba en el aire.
Pero antes de que pudiéramos acomodarnos, el doctor se dirigió a César con tono cordial:
—¿Nos das un momento, César? Quiero empezar solo con ellos.
Ana asintió enseguida, como esperando que eso pasara. Pero yo me adelanté.
—Preferiría que se quede —dije—. Él ya sabe todo. Fue la primera persona con la que hablé de esto. Me ayudó a estar acá.
El doctor me miró, evaluando. Luego miró a Ana. Ella giró lentamente la cabeza hacia mí, sorprendida. No dijo nada. Solo me observó, como si tratara de procesar qué era eso que “ya sabía” César.
Finalmente, el doctor asintió.
—Está bien. Si ambos están de acuerdo… César puede quedarse.
Nos sentamos frente al Dr. Fortunato.
Ana a mi lado, algo rígida.
César algo más atrás, pero no lo suficiente como para quedar fuera de la escena.
El doctor cruzó una pierna y tomó una libreta pequeña que apoyó sobre su rodilla. No escribió nada. Solo la sostuvo entre sus dedos, como quien quiere que el gesto genere confianza.
—Quiero que me cuenten —dijo con calma— qué sienten que los trae hoy acá.
Me quedé mirando mis manos. No sabía por dónde empezar. Ana me miró de reojo: Habla vos, parecía decir.
—Perdimos intimidad —empecé—. No sé si es rutina, cansancio, estrés… pero dejamos de estar conectados como antes.
El doctor asintió lentamente.
—¿Y cómo se llevan afectivamente?
Ahí Ana reaccionó antes que yo.
—Bien —respondió con sinceridad—. Nos queremos. Eso nunca faltó.
—Entonces hay amor —dijo Fortunato, con una media sonrisa—. Eso reduce el mapa de posibles problemas.
Sus ojos se volvieron hacia mí, sin apuro. Lo sentí observándome… viendo más de lo que decía.
—Cuando decís “intimidad”, Jorge… —apoyó la palabra como si la saboreara— ¿hablás de cercanía emocional… o sexual?
La pregunta cayó como una ficha que todos estábamos evitando ver.
—Sexual —admití—. O… algo parecido.
Ana bajó la mirada. El doctor notó el cambio.
—Ana —la llamó suavemente—. ¿Vos también sentís esa distancia?
Ella dudó unos segundos.
—Sí. Pero no sé por qué estamos tan mal. O qué se supone que hay que arreglar.
Él se inclinó apenas hacia adelante, sin invadir, pero haciendo sentir su presencia.
—No están mal —corrigió—. Están buscando algo. Y cuando uno busca… suele perderse un poco.
Sus palabras flotaron en el aire. Había una intimidad que crecía, un calor leve, imperceptible, pero presente.
—A veces —continuó él— el deseo toma formas inesperadas. El deseo nunca es incorrecto. Lo incorrecto es callarlo hasta que se vuelva un enemigo.
Lo dijo mirando directamente a Ana.
Ella se estremeció, mínima, casi invisible… pero yo lo noté.
César también.
Fortunato entonces apoyó la libreta sobre la mesa baja. Vacía. Como si ya supiera que lo importante no iba a escribirse.
—Hay una energía acá —dijo despacio— que está pidiendo hablar. Y me gustaría que Ana tenga la primera oportunidad de decir lo que siente.
Ana abrió los labios. Tardó en hablar.
—Me gusta… sentirme deseada —confesó al fin—. Mucho.
Mi corazón se aceleró. César tensó los hombros.
Fortunato no se sorprendió.
—Es natural —respondió—. Es humano querer ser visto. Querido. Admirado.
Y después, giró la mirada hacia mí con intención:
—¿Qué sentís cuando otros… la admiran?
Sentí que la habitación se comprimía. Respondí casi sin aire:
—Depende. A veces miedo. A veces orgullo.
El doctor sonrió como quien acaba de encontrar una pieza importante del rompecabezas.
—Orgullo —repitió—. Porque sabés que ellos ven… lo que vos sabés que es hermoso.
Miró a Ana otra vez. Esta vez, un poco más abajo de los ojos. Como si analizara su postura, su respiración… algo más que sus palabras.
—Ana —dijo con una voz más profunda—. ¿Qué pasa en tu cuerpo cuando sentís esa admiración?
Ella tragó saliva. Su cuello se tensó. No sabía si responder. O quizás sí lo sabía, pero le daba pudor.
—Me… enciendo —susurró.
El Dr. Fortunato apoyó los codos en sus rodillas y se acercó un poco más.
—Y cuando Jorge lo sabe… cuando él es consciente de que hay otros ojos sobre vos… ¿qué sentís?
Ana lo miró fijamente. No a mí. A él.
—Más —dijo. Solo esa palabra.
El doctor sostuvo la mirada un segundo más.
Luego apoyó su espalda en el sillón, satisfecho con lo que había provocado sin tener que levantar la voz.
—Bien —dijo—. Acá tenemos un punto de partida.
Nadie respiró por unos segundos.
Y fue ahí que entendí que esa sesión… iba a cambiar todo.
Fortunato no necesitó más que ese último gesto de Ana —ese asentir sin palabras— para saber que tenía permiso. No de forma explícita. Pero el cuerpo de ella, su respiración, el brillo húmedo en sus ojos… todo le decía que el umbral ya había sido cruzado.
Se inclinó hacia adelante, despacio, sin apuro, hasta que su voz volvió a llenar el aire:
—Ana… quiero que cierres los ojos por un momento.
Ella lo hizo. Confiada. Lenta.
—Imaginá que estás sola. Que caminás por una habitación con paredes altas, con espejos. Que sabés que hay hombres mirándote, pero no los ves… solo sentís sus ojos. Sentís cómo te recorren. Cómo se detienen… ahí.
Hizo una pausa. Luego bajó el tono:
—En tu cola.
Ana tembló apenas. No abrió los ojos. Pero sus labios se entreabrieron como si le faltara el aire.
—Esa cola perfecta que sabes que todos miran —continuó—. Porque no pueden no hacerlo. Porque está hecha para eso: para obsesionar. Para enloquecer.
Yo la vi mover apenas las piernas. César también. Nadie dijo nada.
—Sentís cómo se les agita la respiración… cómo se acomodan en la silla para mirarte mejor… cómo alguno se muerde los labios… o se aprieta los pantalones. Porque no soportan tenerte tan cerca. Porque fantasean con abrirte, con tomarte por detrás… con penetrarte la cola hasta que no puedas más.
Ana respiraba con dificultad.
Y entonces el doctor bajó más el tono. Su voz era apenas un hilo grave que se colaba directo en su vientre:
—¿Te gusta, Ana? —preguntó—. ¿Saber que podrías dejarte caer de a poco, apoyar las manos en una mesa… levantar la cola… y que ellos se abalancen sin pedir permiso?
Ella no contestó.
Pero su mano se movió.
Primero apenas sobre la pierna. Luego subiendo, rozando la parte interna del muslo.
Fortunato la miró sin pestañear.
—¿Querés que alguien te abra… que te tome por atrás… mientras Jorge mira y se masturba? —preguntó, ya sin rodeos, con una voz tan lenta como indecente—. ¿Querés sentir un miembro duro entrando en tu cola mientras otra mano te sujeta la nuca y te mantiene abierta?
Ana soltó un gemido. Suave. Doloroso. Casi de alivio.
Y su mano ya estaba entre las piernas.
Moviéndose.
El doctor no dijo nada por un momento. Solo la miró. Con hambre. Con devoción.
—Eso es lo que sos, Ana —susurró—. Una mujer que necesita sentirse poseída. Mirada. Rota. Amada. Todo al mismo tiempo. Una mujer que sabe que su cola es una ofrenda… y que no hay nada más hermoso que verla ofrecida.
Ana temblaba. No se tocaba con vergüenza. Lo hacía como quien finalmente se libera. Como si las palabras del doctor fueran dedos. Como si el consultorio entero se hubiera desvanecido.
Y Fortunato, sin dejar de mirarla, dijo en un susurro casi paternal:
—Seguí, Ana. No te detengas. Mostranos… cómo se enciende una mujer de verdad.
César apretaba los puños. Yo no podía ni respirar.
Y ella… ella ya no era la misma.
Era deseo puro.
Yo ya no existía en ese consultorio.
No como hombre. No como marido. No como algo más que un espectador.
Cuando él le pidió que no abriera los ojos y que siguiera tocándose, sentí cómo mi respiración se detenía.
La vi llevar la mano debajo de su pollera, sin miedo, sin pudor. Vi cómo la tanga negra se corría apenas, y cómo sus dedos se hundían en su sexo. No para provocar, sino para liberarse. Para entregarse por completo a eso que estaba sintiendo.
Yo no podía hablar. Tenía la garganta cerrada y el corazón golpeándome el pecho como un tambor. Sentía que si abría la boca, no iba a poder articular una sola palabra.
A mi derecha, mi tío César respiraba con fuerza. No lo miré… pero lo escuchaba. Lo sentía. Su cuerpo tenso, inmóvil, tragando saliva, como si estuviera intentando contener algo que ya lo había superado.
Y entonces, el doctor hizo lo que me dejó sin aliento.
Sin apartar sus ojos de mí, sin perder ni por un segundo esa mirada densa, grave, varonil, llevó las manos a su cinturón. El chasquido fue suave pero demoledor. Como si marcara un antes y un después. Bajó el cierre, despacio, con una solemnidad que me heló. Y luego, sin ningún apuro, sacó su miembro erecto, grueso, oscuro, palpitante. Como si lo hiciera para mí, como si me estuviera diciendo: “Esto es real. Esto va a pasar.”
Y yo… no hice nada.
No pude.
Solo lo miré.
Como si me estuviera probando. Como si me desafiara a decir algo. A impedirlo. A reaccionar.
Pero yo ya no era el mismo Jorge que entró a ese consultorio.
Yo ya estaba entregado. A Ana. A ese deseo.
César también lo entendió. O quizás ya lo había entendido antes. Porque sin decir nada, se bajó el cierre del pantalón y dejó salir su erección. Era grotesca, hinchada de una excitación que lo atravesaba sin disimulo. No se tocaba. No hablaba. Solo miraba a Ana, con la misma devoción con la que otros miran una obra de arte.
Y Ana… mi mujer… seguía con los dedos hundidos en sí misma. Su respiración se había vuelto jadeo. Sus caderas se movían con un ritmo lento pero desesperado. Estaba caliente. Estaba en trance.
Yo quería tocarme, pero no podía moverme. Quería intervenir, pero no tenía derecho. Porque esto… esto era lo que yo había provocado. Lo que había deseado. Lo que había confesado en voz baja una noche de whisky con César y que ahora se me venía encima como una marea.
El doctor se inclinó apenas. Su pija dura expuesta, su voz profunda como una orden silenciosa.
—Seguí, Ana… —murmuró—. No te detengas.
Y yo… yo apreté los dientes.
Porque ya no podía distinguir entre el morbo, la humillación o el amor.
Solo sabía que estaba empalmado como nunca. Y que esa imagen —Ana masturbándose con los ojos cerrados mientras dos hombres maduros, uno de ellos mi tio, la miraban con las pijas afuera— iba a quedarme grabada para siempre.
Y yo no sabía si eso era el cielo… o el infierno.
Yo sabía cómo era ese sonido.
Ese gemido entrecortado, ese suspiro contenido que le nacía cuando estaba a segundos de correrse. Lo había escuchado decenas de veces, tal vez cientos. Pero nunca como ahora.
Porque Ana no estaba sola.
Estaba frente a tres hombres que la miraban sin parpadear, con el cuerpo abierto, la respiración temblorosa, los dedos mojados entrando y saliendo de su sexo con ritmo urgente.
Mi mujer.
La que dormía cada noche a mi lado.
Y ahora gemía con los ojos cerrados, completamente expuesta, completamente deseada.
Entonces el Dr. Fortunato se inclinó.
Su voz, grave, grave como el momento mismo, rompió el aire cargado:
—Abrí los ojos, Ana.
Ella lo hizo.
Lenta, como si saliera de un trance. Sus pestañas temblaron. Su respiración se cortó por un instante.
Y entonces él alzó su mano.
La que tenía su miembro erecto, brillante, grueso, a punto de estallar. No lo agitó. No lo mostró con arrogancia. Lo sostuvo, simplemente. Como una ofrenda.
—Esta —dijo con esa calma autoritaria que nadie podía discutir— es la verdadera solución a todos tus problemas.
Ella lo miró. Fijo.
Yo sentí cómo se me encogía el estómago.
Ana no dijo nada.
Solo giró la cabeza hacia mí.
Me miró. Largo. Profundo.
Y en esa mirada había algo que ya no podía detenerse: necesidad, fuego, entrega… y también una pregunta muda que no necesitaba respuesta.
Yo no dije nada.
Porque no hacía falta.
Ella volvió la vista al doctor, se inclinó hacia adelante… y sin romper ese silencio cargado, abrió los labios.
Y lo metió en su boca.
Despacio.
Como si lo estuviera saboreando.
Como si fuera lo que había estado esperando desde mucho antes de entrar a ese consultorio.
Y yo… yo no me moví.
Solo sentí que algo en mí se rompía… o se completaba.
Nunca lo supe del todo. Solo sé que me quedé mirando.
Y que no pude dejar de hacerlo.
El glande del doctor desapareció entre sus labios como si hubiera estado hecho para eso, para esa boca hambrienta, entregada, perfecta. Cerró los ojos por un instante, como si necesitara concentrarse solo en esa carne dura, tibia, palpitante que ahora lamía con devoción.
Yo me quedé inmóvil.
No respiraba.
No parpadeaba.
El Dr. Fortunato apoyó una mano firme sobre su cabeza, pero no la empujó. La guió. Como quien acaricia una idea que se vuelve real.
Y entonces habló.
Con esa voz suya, gruesa, grave, rasposa. Como un puño acariciando desde adentro.
—Así, muy bien… —susurró—. Qué buena boca tenés, Ana… sabes usarla. Se nota. Estás hecha para esto.
Ella gimió suave, con la pija adentro. El sonido vibró en mi pecho.
El doctor me miró por un instante. Ni siquiera sonrió. Solo afirmó:
—Tenés una esposa muy puta, Jorge. Pero eso ya lo sabés, ¿no?
No pude responder.
No quería.
Porque sí, lo sabía.
Y sí, me partía.
Y sí… me excitaba como nada.
—Mirá cómo me la chupa —siguió, con el tono cada vez más oscuro—. Mirá cómo se mueve, cómo me lame la base… cómo me mira desde abajo, con esa cara de necesidad. Porque eso es lo que tiene tu mujer: necesidad.
Ana abrió los ojos, con el miembro todavía en su boca. Lo miró. Después me miró a mí.
Y volvió a hundirse más.
Casi hasta atragantarse.
El doctor gruñó. Pero no se detuvo. Le acarició la nuca con los dedos abiertos, como si le agradeciera.
—Te gusta esto, ¿no, Ana? —le murmuró sin dejar que saliera del todo—. Te gusta que tu marido te vea así, de rodillas, entregada. Que vea cómo chupás la pija de otro hombre como si fuera tuya. Como si la hubieras estado esperando toda la vida.
Ella asintió. Sin dejar de succionar.
Yo tenía la erección marcada como una piedra bajo el pantalón. El cuerpo temblando. El alma hecha pedazos.
—¿Querés que te acabe en la boca, puta hermosa? —le dijo con voz densa—. ¿Querés sentir cómo me vaciás entero mientras tu marido mira sin poder hacer nada?
Ella gimió fuerte.
Y no se detuvo.
—Decime, Jorge… —dijo entonces Fortunato, con la voz entrecortada por el placer—. ¿Querés verla tragar? ¿Querés que te mire mientras lo hace? ¿Querés ver cómo se queda quieta con la leche caliente bajándole por la garganta?
Yo no respondí.
Solo asentí.
Porque ya no era un esposo.
Lo vi tensarse. Ese cambio mínimo en la respiración, ese gemido contenido que todo hombre hace cuando ya no controla su propio cuerpo.
Yo lo conocía. Lo había visto en otros. Y sabía que Ana también lo reconocía, porque abrió un poco más la boca, más profunda, más entregada, como si estuviera recibiendo un sacramento.
El doctor Fortunato apoyó las dos manos en su cabeza, firme, dueño de la escena, y murmuró algo apenas audible, un gruñido grave que le salió desde el pecho.
Ana lo sostuvo así.
Quietita.
Sumisa.
Perfecta.
Y entonces él se corrió dentro de su boca.
No necesitó empujarla. Fue como si su cuerpo, esos espasmos breves, calientes, inevitables, marcaran el ritmo. Ana no se apartó. No tosió. No vaciló.
Lo recibió entero.
Yo la vi tragar.
La garganta moviéndose suave, dócil, como si ya hubiera aprendido a hacerlo para otros hombres antes de este.
Como si esa boca hubiera sido hecha para sostener y aceptar, sin resistencia, el final de cualquier hombre que la poseyera.
Fortunato tembló apenas, aún con los dedos en su nuca.
Ana lo miró desde abajo mientras seguía succionándolo suave, lenta, limpiándole todo, dejándolo impecable como si fuera su obligación… o su regalo.
No lo hacía para él.
Lo hacía para mí.
Porque cada vez que lo lamía, cada vez que pasaba la lengua por el borde, me miraba directo, sostenido, incendiándose en mis ojos.
Ese gesto…
Esa forma de mirar mientras tenía la boca ocupada…
Eso ya me había roto muchas veces antes.
—Tu mujer es extraordinaria… —dijo Fortunato sin recuperar del todo el aliento, aún sosteniéndola—. Mirala, Jorge. Mirá cómo me deja limpio. Así debe atenderse a un hombre.
Ana no se detuvo.
Se metió todo lo que quedaba, lo lamió desde la base y volvió a su boca una y otra vez, pequeña, obsesiva, rendida.
Cuando terminó, Fortunato le levantó suavemente la cara. Ella lo miró, pero enseguida buscó mis ojos otra vez.
Yo entendí todo en ese instante.
Quería más.
Fortunato también lo vio.
Y sonrió con un gesto lento, seguro, casi clínico.
—Jorge —dijo—. Levantale la pollera.
Mi respiración se cortó.
Ana se quedó quieta, pero sus muslos temblaron apenas.
—Hacelo —repitió él, sin elevar la voz—. Tu mujer necesita otra cosa ahora. Está pidiendo más sin decirlo.
Me acerqué.
Mis dedos subieron la tela despacio, sintiendo el calor que ya le ardía en la piel.
La pollera se plegó a la altura de su cintura.
Su tanga negra, mínima, mojada, marcada contra su cuerpo, quedó a la vista.
—Sacásela —añadió Fortunato, mirándome fijo—. Quiero verla como corresponde. Quiero ver lo que vos ofrecés.
La agarré del elástico.
Ana levantó apenas las caderas, ofreciéndose sin pronunciar palabra.
La tanga bajó suave por sus muslos y cayó al piso.
Su culo quedó expuesto.
Redondo, perfecto, tenso… un arma, un altar, un lugar donde tantos hombres se habían perdido antes.
Mi tio se inclinó hacia adelante sin poder evitarlo.
No dijo nada.
Solo respiraba fuerte.
El doctor lo notó.
—César… —dijo con tono casi cordial, como si estuviera invitándolo a probar un vino—. Vení. Tocala.
El se acercó despacio, como si se aproximara a una escultura que siempre deseó ver de cerca.
Extendió la mano.
La apoyó sobre una nalga primero, suave.
Después la tomó entera, llenándose la palma de ella.
Ana gemió.
Un sonido corto, urgente, totalmente sincero.
Yo miraba esa mano sobre la piel de mi mujer y sentía una mezcla imposible entre orgullo, celos y una excitación violenta que no sabía cómo sostener.
Fortunato se levantó del sillón, ya recuperado, poderoso otra vez.
—Esto… —dijo señalando su cuerpo, la posición de Ana, la mano de César— es lo que vos deseas, Jorge. No lo niegues. Siempre lo supiste. Ella está hecha para esto: para ser mirada, tocada, abierta por otros hombres.
Ana seguía gimiendo, más fuerte cuando César le apretó la otra nalga.
—Y mirala… —continuó Fortunato mientras se acercaba a mí—. No puede esperar. Te das cuenta, ¿no? Míralo en sus caderas, en cómo respira. Tu mujer necesita que alguien la tome ahora. No después. Ahora.
Ana, sin despegar la vista de mí, llevó su mano hacia adelante y acarició los huevos del doctor.
Despacio.
Con devoción.
Como si ya fueran de ella.
Fortunato soltó un hilo de aire caliente por la boca.
Y entonces me habló a mí. Directo. Sin rodeos.
—Jorge —dijo, sin moverse—. Entregásela. Dale la cola de tu esposa a tu tío. Que la tome. Que la haga suya. Que sepa lo que es cogerse un culo hecho para ser compartido.
No pude hablar.
Solo asentí.
Tomé las nalgas de Ana con fuerza y las abrí del todo, dejando el ano perfectamente a la vista, tenso, palpitante, dispuesto.
El doctor murmuró como un mantra:
—Eso es. Mostrale bien el agujerito. Que lo vea abierto. Que sepa que está caliente. Que lo entienda con los ojos… antes de sentirlo con la pija.
Ana gemía, con la frente pegada al sillón, el cuerpo inmóvil, pero rendido y su mano derecha apretando los huevos del doctor. Una mujer atravesada por su propia necesidad.
—César… —dijo Fortunato—. No esperes más. Cogete la cola de la esposa de tu sobrino. Hacelo mirándolo a él. Que vea cómo se la hundís. Que escuche cómo suena cuando la abrís por atrás.
Mi tío no dudó.
Tomó su miembro con la mano. Lo frotó apenas. Y lo apoyó en el centro exacto de ese pequeño círculo tembloroso. Empujó despacio. Ana soltó un grito. No de dolor. De alivio.
El glande entró.
Yo temblé.
César jadeó.
—Qué culo… por dios… —murmuró.
—Metela entera, César —ordenó Fortunato con voz grave—. Despacio. Pero sin parar. Quiero ver cómo desaparece. Quiero ver cómo esa cola se traga la verga de su tio politico.
Y así fue.
César fue empujando, centímetro a centímetro, hasta enterrarse entero. Las bolas le quedaron pegadas a las nalgas de Ana. Ella soltó un alarido mudo y se arqueó aún más, como si ofreciera el alma.
—¿Estás viendo esto, Jorge? —susurró el doctor, pegado a mi oído—. Tu mujer acaba de regalarte el momento más glorioso de tu vida. Está empalada en la verga de tu tío… y lo único que quiere es más.
Yo asentí. Sin poder hablar. Los ojos clavados en ese culo partido, en ese vaivén lento y profundo con el que César comenzó a poseerla.
—Y no termina acá —dijo Fortunato—. Esto recién empieza.
César embestía con un ritmo lento, profundo, como si paladeara cada centímetro del interior de Ana. Sus caderas chocaban contra esa carne abierta con un sonido húmedo y grave que parecía llenar el consultorio.
Yo seguía sosteniendo las nalgas de mi esposa, manteniéndola abierta para que él pudiera penetrarla sin esfuerzo. Su culo se dilataba, enrojecido, tragando cada embestida como si no pudiera vivir sin ellas.
—Mirála, Jorge —dijo Fortunato, apoyando una mano en mi hombro, casi paternal—. Tu mujer no está soportando esto. Lo está disfrutando. Está hecha para ser usada así. Para ofrecer el culo como una puta agradecida.
Ana gimió con fuerza, como si cada palabra del doctor le entrara junto con la pija de mi tío.
—¿Escuchaste eso? —continuó Fortunato—. Eso no es dolor. Eso es placer puro. Eso es una mujer que está exactamente donde quiere estar: con el culo partido por otro… mientras su marido la ayuda a abrirse más.
César no hablaba. Gruñía. Con la cara tensa, los dientes apretados, los ojos fijos en las nalgas que se abrían y se cerraban con cada sacudida de su pelvis.
—Qué apretada está… —murmuró, casi jadeando—. Nunca imaginé que iba a sentir esto. El culo de la esposa de mi sobrino... tan caliente... tan puta...
Ana gritó. El cuerpo le tembló. Yo supe que acababa. Lo sentí. Lo vi. Sus piernas se sacudían, su espalda se arqueaba como un látigo.
Fortunato se inclinó y le susurró al oído:
—Eso, perra hermosa. Acabá con la pija del tío bien metida. Acabá con ese culo lleno.
Y luego, me miró de nuevo.
—Jorge, vení. Besala. Besá a tu esposa mientras se viene con otro hombre en el orto.
Yo no dudé.
Me incliné y le besé la espalda sudada, el cuello, la nuca. Ella giró la cara y me encontró. Su boca buscó la mía y me besó con hambre, con desesperación, con esa mezcla de culpa y gloria que solo una mujer cogida como se merece puede sentir.
Ana gemía contra mis labios. Y luego volvió a gritar. Otra vez. Otro orgasmo. Más salvaje. Más profundo.
—No termina —jadeó Fortunato—. Esta puta no termina. Cuanto más la cogen, más necesita.
Entonces él se puso de pie, se colocó frente a Ana y le sujetó el mentón.
—¿Querés otra pija, Ana?
Ella, con la cola todavía empalada, apenas pudo susurrar:
—Sí…
Fortunato la tenía sujeta del mentón, la tomo de la cabeza y empujo su miembro dentro de su boca hasta el fondo. Ana lo trago con devoción.
—Mirá esto, Jorge… —dijo con voz ronca—. Mirá cómo le cuelgan las lágrimas del placer. No puede más, pero tampoco quiere que paremos.
Ana gimió otra vez, más alto, más animal.
—¿Querés más, puta hermosa? —le susurró César, jadeando.
Y entonces el doctor me miró.
Fijo.
Con una sonrisa cargada de lo que venía después.
—Mira como te la llenamos toda
Mi tio en ese momento comenzó a acelerar el ritmo mientras Ana se retorcía de placer.
—Me vengo sobrino. —Me vengo dentro del culo de tu esposa.
Soltó un grito y le dejo todo su semen en el interior. Ana, había pegado su culo al cuerpo del tio para no perderse ni una gota.
Al mismo tiempo el Dr. la agarro de la cabeza con fuerza y nuevamente la hizo tragar todo hasta quedar seco.
Mientras los tres se reponían, Fortunato me pidió casi con todo de orden:
—Traela la próxima vez sin ropa interior. Tu esposa necesita muchas mas sesiones.
Yo… solo asentí.
Porque ya era su cómplice.
Su testigo.
Estábamos en su casa. Mi tío César, hermano de mi madre, me había invitado a cenar. Hacía tiempo que no nos veíamos. Siempre me cayó bien. Un tipo culto, serio, de esos que escuchan más de lo que hablan. Viudo hacía años, sin hijos. Tenía una biblioteca impresionante y una manera de mirar que a veces incomodaba, como si leyera más de lo que uno decía.
Después de la cena, nos sentamos en el living con un whisky cada uno. La charla empezó con temas comunes: laburo, política, la inflación. Recuerdo que me preguntó por Ana.
—¿Y cómo está la señora? —dijo con una media sonrisa.
—Bien —respondí—. Siempre con mil cosas. El trabajo, el ingles, las clases de yoga…
Él asintió. Se quedó mirando el fuego en la chimenea apagada. Hizo un silencio largo, de esos que me hacían sentir observado. Después, sin mirarme, comentó:
—Siempre me llamó la atención Ana. Tiene una forma de estar… no sé cómo decirlo. Es de esas mujeres que uno no puede dejar de mirar, aunque no quiera.
No supe qué contestar. Me reí apenas, pero sentí un nudo en el pecho. No por celos, sino por otra cosa. Por lo que yo sabía. Por lo que callaba.
Entonces, sin pensarlo mucho, dije:
—Sí… yo sé lo que genera. Me doy cuenta.
Él giró la cabeza y me miró fijo. No habló, pero levantó levemente las cejas. Como si me estuviera dando permiso para seguir.
Pero me arrepentí. Me quedé callado. Tomé un trago largo y cambié de tema. Le pregunté por su rodilla, por una operación que se había hecho.
—¿Y vos, Jorge? —me dijo después de unos minutos, retomando su tono pausado—. ¿Estás bien?
—Sí… —dudé—. Sí, bien.
—¿Seguro?
Tragué saliva. Algo se me revolvía adentro. Quise volver a callarme, pero la voz me salió sola:
—No sé. Estoy… raro. Con Ana, digo.
Él no dijo nada. Esperó. Lo miré.
—Hace tiempo que no tenemos relaciones. Casi nada. No sé si es normal o no… pero me pasa algo.
Me miró con atención. No había juicio en su cara. Solo curiosidad.
—¿Qué te pasa?
Apoyé el vaso. Sentí calor en la cara. Me daba vergüenza. Pero no podía seguir guardándomelo.
—Que… —hice una pausa, bajé la voz— que me excita verla con otros.
El silencio fue absoluto. Ni el hielo en los vasos se movía. Me animé a seguir:
—No fue algo que busqué. Pasó. La primera vez que me lo insinuó… pensé que estaba jugando. Pero no. Después de algunas charlas, de algunos encuentros... terminé dándome cuenta de que me excitaba más eso que tener sexo yo con ella.
Él seguía sin hablar. Pero no se veía incómodo. Solo… atento. Me observaba con una intensidad que me dejaba expuesto.
—¿La viste con otros? —preguntó, al fin.
Asentí. Tenía las manos húmedas. Me sentía un enfermo al contarlo. Pero algo en su mirada me empujaba.
—Sí. Varias veces. Con distintos hombres. No es algo que pase todo el tiempo. Pero pasa. Y yo… a veces estoy, otras no. A veces me lo cuenta después. Otras me manda… cosas.
—¿Cosas?
—Fotos. Videos.
Vi cómo cambiaba su gesto. Se reclinó un poco hacia adelante.
—¿Te los manda ella?
—Sí. O los saco yo. No siempre. A veces solo quedan los recuerdos. Pero cuando hay algo grabado… —me encogí de hombros— me vuelvo loco.
El tío César bajó el vaso. Ahora me miraba distinto. Más serio. Más… crudo.
—¿Y los tenés ahí?
Tardé en responder. Dudé. Pero lo hice. Saqué el celular. Busqué la carpeta. Se la mostré.
Lo vi tomarlo. No dijo nada al principio. Deslizó el dedo despacio por las imágenes. La primera era Ana en un baño, con el vestido levantado y un hombre detrás, con el cinturón abierto. Otra, más borrosa, en una cocina: ella de espaldas, completamente desnuda, con la piel enrojecida.
—La concha de la lora… —susurró.
Nunca lo había escuchado hablar así. Su voz era más baja, más rasposa. Se pasó una mano por la barba.
—Esa cola… —murmuró—. Siempre me calentó la cola de tu mujer.
Me quedé helado. No me ofendí. Me excitó. Porque lo decía con verdad. Con hambre.
—¿Desde cuándo? —pregunté, sorprendido por mí mismo.
—Desde la primera vez. Ese día que vino al cumple de tu vieja con ese short blanco… ¿te acordás?
Asentí. Me ardía el cuerpo. Él siguió:
—No sabés lo que me costó no quedarme mirándola. Iba y venía con esos cachetes rebotando… como si lo hiciera a propósito. Pero claro… vos no sabías esto de mí.
—Yo tampoco sabía esto de mí —dije, sincero.
Nos miramos. Era otro tipo de complicidad. Algo más oscuro. Más íntimo.
—¿Y con cuántos tipos, Jorge? —me preguntó tío César, sin despegar la vista del celular, repasando cada foto como si necesitara grabárselas en la memoria.
Sentí que se me secaba la boca.
—Muchos —respondí apenas, tratando de sonar casual, pero la voz me salió rota.
César levantó la mirada, como incrédulo.
—No te creo. ¿Muchos cuántos?
Tragué saliva.
—Más de los que puedo contar sin pensar demasiado. Algunos… demasiados.
Se hizo un silencio espeso. Él apoyó el celular sobre su muslo, pero dejó una foto abierta: Ana, en cuatro, con un hombre detrás sujetándola fuerte de las caderas.
—Decime edades —dijo él, casi en un susurro ronco—. ¿Quiénes son?
No sé por qué, pero le contesté.
—Vecinos… uno de sesenta y pico, abogado. Otro, unos cincuenta, pelado… muy atrevido. También hubo pibes de treinta, dos médicos… Ellos vinieron a casa por un malestar que tuve. Nada grave, pero… —cerré los ojos un instante— terminaron revisándola a ella demasiado a fondo.
Él asintió, como si estuviera imaginándose cada escena.
—¿Y quién más…? —insistió.
—Mi jefe —confesé, sintiendo que la vergüenza me quemaba la cara—. Tiene setenta. Muy correcto… hasta que se quedó a solas con ella en la oficina.
César abrió un poco la boca, realmente sorprendido.
—¿Tu jefe? La puta madre…
—Y… —bajé todavía más la voz— los de la mudanza. No al mismo tiempo… pero… sí. Tres de ellos. La levantaron como si fuera una muñeca… y yo… yo no hice nada. Solo miré.
Mi tío se quedó completamente callado. No parecía repugnado. Ni siquiera confundido.
Estaba excitado.
Me lo decía la forma en que respiraba, más pesada, más lenta.
—Jorge… —dijo, usando mi nombre como si fuera otra cosa—. ¿Qué es lo que más te calienta? ¿Qué es lo que no podés sacar de la cabeza?
No sabía si contestar. Pero ya no podía mentir:
—Cuando… cuando le cogen la cola.
El tío parpadeó. Once. Lento.
—¿El culo? —repitió, disfrutando la palabra.
Asentí. Me ardían los oídos.
—Ella… ella tiene algo con eso. Se pone como loca. Cuando la agarran fuerte, cuando la abren… cuando la penetran ahí… es como si se transformara. Se entrega más. Gime distinto. Se le va todo pudor.
Él tenía la mirada clavada en mí, pero una mano seguía sobre el celular, apretando el borde como si necesitara contenerse.
—¿En serio me decis sobrino? —me preguntó con un tono ya abiertamente caliente, casi jadeante.
Me quedé quieto. Sentí la erección marcada contra el pantalón solo de recordarla, de verla en mi cabeza.
—Si, se desespera —dije—. Le encanta. A veces es ella la que lo pide… o lo provoca. Se pone adelante de ellos… y solo espera que la agarren por atrás. Cuando siente que la llenan… se muerde los labios, se arquea… y acaba muy fuerte. A veces… más de una vez.
César se pasó una mano por la cara. No podía disimular lo que estaba sintiendo. Y yo… yo tampoco.
Él volvió a mirar la foto. Ana, ofrecida, abierta, tomada con fuerza. Y murmuró:
—Tenés una mujer hecha para ser cojida… y vos sos el único que entiende eso.
Lo dijo como si fuera una bendición. O una condena.
Y en ese instante, supe que él ya no estaba pensando en mí.
Estaba pensando en ella.
En su culo.
En lo que había descubierto esa noche.
Él se recostó, pero sin apartar la vista del celular.
—¿Lo hace por vos? —preguntó—. ¿O porque realmente lo necesita?
No tuve que pensarlo.
—Por las dos cosas —respondí—. Empezó por mí, pero ahora… a veces siento que se despierta ya caliente. Que sale a la calle buscando ojos, manos… algo que la empuje a entregarse.
César sonrió apenas, como si esa idea lo enloqueciera un poco.
—Mierda, Jorge… —dijo, exhalando lento—. Y vos dejás que eso pase.
—Lo necesito —admití—. Es lo único que me hace acabar fuerte ahora. No puedo volver atrás. Yo… no puedo darle lo que ellos le dan.
El tío apoyó el vaso en la mesa con un pequeño golpe. Su tono se volvió más íntimo, más grave:
—Decime algo… cuando ella vuelve… después de que la cojen… ¿vos…?
—Me masturbo —dije sin poder sostenerle la mirada—. Ella me cuenta todo… y yo… termino temblando.
Vi cómo su pecho subía y bajaba más rápido.
—Quiero entender —continuó—. ¿Ella… te dice detalles?
Asentí.
—Sí. Los tamaños. Cómo la sujetan. Cuánto la llenan. Cuánto tarda en poder caminar normal otra vez.
César cerró los ojos un momento, como si la imagen le golpeara directo la entrepierna.
—¿Y… la cola? —volvió al tema, con la voz casi rota—. ¿le acaban ahí?
Mi respiración también estaba cambiando.
—Muchas veces sí. Le gusta quedarse con… con eso adentro. Dice que se siente… usada. Y que eso la hace sentir viva.
El tío pasó la lengua por sus labios, muy despacio.
—Tu mujer… —dijo— es una fantasía hecha carne.
Dudé un momento. Pero la vergüenza ya se había transformado en otra cosa.
—Ana… —murmuré— sabe que la desean así. Y le gusta. Le encanta que otros hombres la miren como vos la estás mirando ahora en esas fotos.
El tío abrió los ojos. Me sostuvo la mirada sin parpadear.
Después de ese silencio cargado, no sabía qué más decir. Pensé que César iba a seguir por ese camino… que iba a pedirme más detalles, más fotos, que quizás incluso…
Pero entonces, él se enderezó. Respiró hondo y tomó un tono completamente distinto. Más contenido. Más reflexivo.
—Jorge —dijo, ahora mirándome con una seriedad diferente—. ¿Sabés qué pienso?
Negué, todavía con el cuerpo agitado.
—Que todo esto que me contás… más allá del morbo y de la excitación… puede estar tapando algo. Un desajuste. Algo que no se resolvió entre ustedes.
Me sorprendió. No era la respuesta que esperaba. Ni el tono.
—¿A qué te referís?
—A que hay algo que los llevó ahí. No me malinterpretes —agregó enseguida—. No te estoy juzgando. Pero me parece que lo que estás viviendo, lo que están permitiendo con Ana, puede ser una forma de compensar… o de escapar. Y eso, Jorge, con el tiempo… pasa factura.
Lo escuché en silencio. Algo en mí se desordenó. Me empecé a sentir otra vez incómodo. No por lo que decía, sino porque lo decía con claridad, con afecto… como si realmente quisiera ayudarme.
—Tengo un amigo que es psicólogo clínico. Se especializa en terapias de pareja. Pero además, se formó muchos años en sexualidad. En todo tipo de conductas… y desvíos. Y cuando digo "desvíos" no me refiero a moral, eh. Me refiero a cosas que pueden parecer placenteras, pero que encubren un vacío más profundo.
No dije nada. Me sentía observado de nuevo, pero esta vez desde otro lugar.
—Podés llevar a Ana —siguió—. No hace falta que ella sepa todo. Se puede plantear como una consulta por falta de deseo, por distancia, por rutina. Que sea él quien empiece a indagar. A mirar el cuadro completo. A entender lo que hay debajo.
Lo miré, confundido. No era lo que había pensado. Yo creí…
—César —le dije—. Pensé… no sé, que te habías calentado con ella. Con lo que te conté.
Él sonrió, pero no fue una sonrisa de burla. Fue una sonrisa cálida.
—Jorge… claro que tu mujer es atractiva. Claro que verla en esas fotos no me dejó indiferente. Sería un hipócrita si te dijera otra cosa. Pero no se trata de eso. No estoy pensando con la bragueta. Estoy pensando en vos. Y en ella.
Me quedé en silencio. Sentí un golpe de realidad. Algo en mí se aflojó.
—Gracias —dije, bajando la mirada.
En serio. No sé qué esperaba al contarle todo esto. Pero no era esto.
Él apoyó una mano en mi hombro. Firme, paternal.
—Cuando decidan ir, me avisás. Si querés, los acompaño. Él es discreto. Es bueno. Y capaz les da una nueva forma de ver todo esto.
Asentí, sin saber qué más decir.
—Te aviso —le prometí—. Y gracias, de verdad. Pensé que esto… que lo que me pasaba no tenía arreglo.
—Todo tiene arreglo —dijo—. Pero hay que saber mirarlo con otros ojos.
Esa noche me fui de su casa más liviano. No porque se hubiera resuelto nada… pero sí porque alguien, por primera vez, había escuchado todo sin escandalizarse.
Y me había tendido una mano.
La sala de espera era silenciosa y austera. Iluminación cálida, revistas bien apiladas, dos sillones de cuero oscuro y una planta artificial que intentaba darle vida al ambiente. Ana estaba sentada al lado mío, con las piernas cruzadas, jugando con las uñas. Tenía esa expresión que usaba cuando se sentía fuera de lugar: una mezcla de fastidio y desconfianza.
César estaba en el sillón de enfrente, tranquilo, con las manos apoyadas sobre las rodillas, como si llevara años en ese consultorio. En cambio, yo no sabía dónde apoyar la mirada.
Ana rompió el silencio con su tono más seco.
—¿Me explicás otra vez por qué estoy acá?
Tragué saliva. Habíamos hablado mil veces, pero ahora que estábamos ahí, sentía que no tenía argumentos.
—Porque creo que nos puede hacer bien —le dije, bajando la voz—. Hablar con alguien que entienda… que vea las cosas desde afuera.
Ella frunció los labios. Miró a César con cierto recelo.
—¿Y vos también estás en esta, porque...?
Él sonrió apenas, sin ofenderse.
—Estoy porque Jorge me confió algo importante. Y porque creo que esto puede ayudarlos a los dos. El Dr. Fortunato es un profesional de primer nivel. Especialista en parejas, sexualidad, vínculos… tiene más de cuarenta años de experiencia. Da conferencias, enseña, atiende discretamente a gente muy… influyente.
Ana alzó una ceja, como si no terminara de creérselo.
—¿Y qué se supone que va a hacer? ¿Curarnos?
—No se trata de “curar” —respondió César—. Se trata de mirar lo que está pasando sin juicio. De entender qué buscan, qué necesitan… y si eso los hace bien o los va a romper en mil pedazos.
Ella volvió a mirar hacia la puerta del consultorio, todavía insegura. Pero no dijo más.
Pasaron unos minutos en silencio hasta que se abrió la puerta interior. Y ahí lo vimos.
El Dr. Fortunato.
Entró caminando despacio, con una presencia que llenaba el espacio sin necesidad de hablar. Tendría entre 65 y 70 años, pero se movía con la firmeza de alguien que se cuidaba. Era corpulento, de espalda ancha, con el pelo corto y gris, la barba prolija como tallada, y una piel tostada por el sol que le daba un aire vital, casi mundano. Llevaba una camisa azul con los primeros dos botones abiertos y un perfume profundo, cálido y elegante que se sentía incluso desde el otro extremo de la sala.
Sonrió apenas al ver a César y se acercó con paso seguro.
—César —dijo con voz grave y pausada—. Qué gusto verte.
Se abrazaron con naturalidad. Un gesto firme, afectuoso, viril.
—Gracias por recibirnos —dijo mi tío, y enseguida hizo las presentaciones—. Jorge… Ana… les presento al Dr. Fortunato.
Nos saludó a ambos con la mano. Su apretón era firme, pero medido. Nos sostuvo la mirada a cada uno por igual. Sin apuro.
—Pasen, por favor —dijo—. No hay nada que temer acá adentro.
Entramos al consultorio. Un espacio amplio, de paredes cálidas, sin diplomas a la vista, pero con cientos de libros. Un sillón grande, dos butacas enfrentadas, una lámpara de pie y un leve aroma a cuero, incienso y su perfume que aún flotaba en el aire.
Pero antes de que pudiéramos acomodarnos, el doctor se dirigió a César con tono cordial:
—¿Nos das un momento, César? Quiero empezar solo con ellos.
Ana asintió enseguida, como esperando que eso pasara. Pero yo me adelanté.
—Preferiría que se quede —dije—. Él ya sabe todo. Fue la primera persona con la que hablé de esto. Me ayudó a estar acá.
El doctor me miró, evaluando. Luego miró a Ana. Ella giró lentamente la cabeza hacia mí, sorprendida. No dijo nada. Solo me observó, como si tratara de procesar qué era eso que “ya sabía” César.
Finalmente, el doctor asintió.
—Está bien. Si ambos están de acuerdo… César puede quedarse.
Nos sentamos frente al Dr. Fortunato.
Ana a mi lado, algo rígida.
César algo más atrás, pero no lo suficiente como para quedar fuera de la escena.
El doctor cruzó una pierna y tomó una libreta pequeña que apoyó sobre su rodilla. No escribió nada. Solo la sostuvo entre sus dedos, como quien quiere que el gesto genere confianza.
—Quiero que me cuenten —dijo con calma— qué sienten que los trae hoy acá.
Me quedé mirando mis manos. No sabía por dónde empezar. Ana me miró de reojo: Habla vos, parecía decir.
—Perdimos intimidad —empecé—. No sé si es rutina, cansancio, estrés… pero dejamos de estar conectados como antes.
El doctor asintió lentamente.
—¿Y cómo se llevan afectivamente?
Ahí Ana reaccionó antes que yo.
—Bien —respondió con sinceridad—. Nos queremos. Eso nunca faltó.
—Entonces hay amor —dijo Fortunato, con una media sonrisa—. Eso reduce el mapa de posibles problemas.
Sus ojos se volvieron hacia mí, sin apuro. Lo sentí observándome… viendo más de lo que decía.
—Cuando decís “intimidad”, Jorge… —apoyó la palabra como si la saboreara— ¿hablás de cercanía emocional… o sexual?
La pregunta cayó como una ficha que todos estábamos evitando ver.
—Sexual —admití—. O… algo parecido.
Ana bajó la mirada. El doctor notó el cambio.
—Ana —la llamó suavemente—. ¿Vos también sentís esa distancia?
Ella dudó unos segundos.
—Sí. Pero no sé por qué estamos tan mal. O qué se supone que hay que arreglar.
Él se inclinó apenas hacia adelante, sin invadir, pero haciendo sentir su presencia.
—No están mal —corrigió—. Están buscando algo. Y cuando uno busca… suele perderse un poco.
Sus palabras flotaron en el aire. Había una intimidad que crecía, un calor leve, imperceptible, pero presente.
—A veces —continuó él— el deseo toma formas inesperadas. El deseo nunca es incorrecto. Lo incorrecto es callarlo hasta que se vuelva un enemigo.
Lo dijo mirando directamente a Ana.
Ella se estremeció, mínima, casi invisible… pero yo lo noté.
César también.
Fortunato entonces apoyó la libreta sobre la mesa baja. Vacía. Como si ya supiera que lo importante no iba a escribirse.
—Hay una energía acá —dijo despacio— que está pidiendo hablar. Y me gustaría que Ana tenga la primera oportunidad de decir lo que siente.
Ana abrió los labios. Tardó en hablar.
—Me gusta… sentirme deseada —confesó al fin—. Mucho.
Mi corazón se aceleró. César tensó los hombros.
Fortunato no se sorprendió.
—Es natural —respondió—. Es humano querer ser visto. Querido. Admirado.
Y después, giró la mirada hacia mí con intención:
—¿Qué sentís cuando otros… la admiran?
Sentí que la habitación se comprimía. Respondí casi sin aire:
—Depende. A veces miedo. A veces orgullo.
El doctor sonrió como quien acaba de encontrar una pieza importante del rompecabezas.
—Orgullo —repitió—. Porque sabés que ellos ven… lo que vos sabés que es hermoso.
Miró a Ana otra vez. Esta vez, un poco más abajo de los ojos. Como si analizara su postura, su respiración… algo más que sus palabras.
—Ana —dijo con una voz más profunda—. ¿Qué pasa en tu cuerpo cuando sentís esa admiración?
Ella tragó saliva. Su cuello se tensó. No sabía si responder. O quizás sí lo sabía, pero le daba pudor.
—Me… enciendo —susurró.
El Dr. Fortunato apoyó los codos en sus rodillas y se acercó un poco más.
—Y cuando Jorge lo sabe… cuando él es consciente de que hay otros ojos sobre vos… ¿qué sentís?
Ana lo miró fijamente. No a mí. A él.
—Más —dijo. Solo esa palabra.
El doctor sostuvo la mirada un segundo más.
Luego apoyó su espalda en el sillón, satisfecho con lo que había provocado sin tener que levantar la voz.
—Bien —dijo—. Acá tenemos un punto de partida.
Nadie respiró por unos segundos.
Y fue ahí que entendí que esa sesión… iba a cambiar todo.
Fortunato no necesitó más que ese último gesto de Ana —ese asentir sin palabras— para saber que tenía permiso. No de forma explícita. Pero el cuerpo de ella, su respiración, el brillo húmedo en sus ojos… todo le decía que el umbral ya había sido cruzado.
Se inclinó hacia adelante, despacio, sin apuro, hasta que su voz volvió a llenar el aire:
—Ana… quiero que cierres los ojos por un momento.
Ella lo hizo. Confiada. Lenta.
—Imaginá que estás sola. Que caminás por una habitación con paredes altas, con espejos. Que sabés que hay hombres mirándote, pero no los ves… solo sentís sus ojos. Sentís cómo te recorren. Cómo se detienen… ahí.
Hizo una pausa. Luego bajó el tono:
—En tu cola.
Ana tembló apenas. No abrió los ojos. Pero sus labios se entreabrieron como si le faltara el aire.
—Esa cola perfecta que sabes que todos miran —continuó—. Porque no pueden no hacerlo. Porque está hecha para eso: para obsesionar. Para enloquecer.
Yo la vi mover apenas las piernas. César también. Nadie dijo nada.
—Sentís cómo se les agita la respiración… cómo se acomodan en la silla para mirarte mejor… cómo alguno se muerde los labios… o se aprieta los pantalones. Porque no soportan tenerte tan cerca. Porque fantasean con abrirte, con tomarte por detrás… con penetrarte la cola hasta que no puedas más.
Ana respiraba con dificultad.
Y entonces el doctor bajó más el tono. Su voz era apenas un hilo grave que se colaba directo en su vientre:
—¿Te gusta, Ana? —preguntó—. ¿Saber que podrías dejarte caer de a poco, apoyar las manos en una mesa… levantar la cola… y que ellos se abalancen sin pedir permiso?
Ella no contestó.
Pero su mano se movió.
Primero apenas sobre la pierna. Luego subiendo, rozando la parte interna del muslo.
Fortunato la miró sin pestañear.
—¿Querés que alguien te abra… que te tome por atrás… mientras Jorge mira y se masturba? —preguntó, ya sin rodeos, con una voz tan lenta como indecente—. ¿Querés sentir un miembro duro entrando en tu cola mientras otra mano te sujeta la nuca y te mantiene abierta?
Ana soltó un gemido. Suave. Doloroso. Casi de alivio.
Y su mano ya estaba entre las piernas.
Moviéndose.
El doctor no dijo nada por un momento. Solo la miró. Con hambre. Con devoción.
—Eso es lo que sos, Ana —susurró—. Una mujer que necesita sentirse poseída. Mirada. Rota. Amada. Todo al mismo tiempo. Una mujer que sabe que su cola es una ofrenda… y que no hay nada más hermoso que verla ofrecida.
Ana temblaba. No se tocaba con vergüenza. Lo hacía como quien finalmente se libera. Como si las palabras del doctor fueran dedos. Como si el consultorio entero se hubiera desvanecido.
Y Fortunato, sin dejar de mirarla, dijo en un susurro casi paternal:
—Seguí, Ana. No te detengas. Mostranos… cómo se enciende una mujer de verdad.
César apretaba los puños. Yo no podía ni respirar.
Y ella… ella ya no era la misma.
Era deseo puro.
Yo ya no existía en ese consultorio.
No como hombre. No como marido. No como algo más que un espectador.
Cuando él le pidió que no abriera los ojos y que siguiera tocándose, sentí cómo mi respiración se detenía.
La vi llevar la mano debajo de su pollera, sin miedo, sin pudor. Vi cómo la tanga negra se corría apenas, y cómo sus dedos se hundían en su sexo. No para provocar, sino para liberarse. Para entregarse por completo a eso que estaba sintiendo.
Yo no podía hablar. Tenía la garganta cerrada y el corazón golpeándome el pecho como un tambor. Sentía que si abría la boca, no iba a poder articular una sola palabra.
A mi derecha, mi tío César respiraba con fuerza. No lo miré… pero lo escuchaba. Lo sentía. Su cuerpo tenso, inmóvil, tragando saliva, como si estuviera intentando contener algo que ya lo había superado.
Y entonces, el doctor hizo lo que me dejó sin aliento.
Sin apartar sus ojos de mí, sin perder ni por un segundo esa mirada densa, grave, varonil, llevó las manos a su cinturón. El chasquido fue suave pero demoledor. Como si marcara un antes y un después. Bajó el cierre, despacio, con una solemnidad que me heló. Y luego, sin ningún apuro, sacó su miembro erecto, grueso, oscuro, palpitante. Como si lo hiciera para mí, como si me estuviera diciendo: “Esto es real. Esto va a pasar.”
Y yo… no hice nada.
No pude.
Solo lo miré.
Como si me estuviera probando. Como si me desafiara a decir algo. A impedirlo. A reaccionar.
Pero yo ya no era el mismo Jorge que entró a ese consultorio.
Yo ya estaba entregado. A Ana. A ese deseo.
César también lo entendió. O quizás ya lo había entendido antes. Porque sin decir nada, se bajó el cierre del pantalón y dejó salir su erección. Era grotesca, hinchada de una excitación que lo atravesaba sin disimulo. No se tocaba. No hablaba. Solo miraba a Ana, con la misma devoción con la que otros miran una obra de arte.
Y Ana… mi mujer… seguía con los dedos hundidos en sí misma. Su respiración se había vuelto jadeo. Sus caderas se movían con un ritmo lento pero desesperado. Estaba caliente. Estaba en trance.
Yo quería tocarme, pero no podía moverme. Quería intervenir, pero no tenía derecho. Porque esto… esto era lo que yo había provocado. Lo que había deseado. Lo que había confesado en voz baja una noche de whisky con César y que ahora se me venía encima como una marea.
El doctor se inclinó apenas. Su pija dura expuesta, su voz profunda como una orden silenciosa.
—Seguí, Ana… —murmuró—. No te detengas.
Y yo… yo apreté los dientes.
Porque ya no podía distinguir entre el morbo, la humillación o el amor.
Solo sabía que estaba empalmado como nunca. Y que esa imagen —Ana masturbándose con los ojos cerrados mientras dos hombres maduros, uno de ellos mi tio, la miraban con las pijas afuera— iba a quedarme grabada para siempre.
Y yo no sabía si eso era el cielo… o el infierno.
Yo sabía cómo era ese sonido.
Ese gemido entrecortado, ese suspiro contenido que le nacía cuando estaba a segundos de correrse. Lo había escuchado decenas de veces, tal vez cientos. Pero nunca como ahora.
Porque Ana no estaba sola.
Estaba frente a tres hombres que la miraban sin parpadear, con el cuerpo abierto, la respiración temblorosa, los dedos mojados entrando y saliendo de su sexo con ritmo urgente.
Mi mujer.
La que dormía cada noche a mi lado.
Y ahora gemía con los ojos cerrados, completamente expuesta, completamente deseada.
Entonces el Dr. Fortunato se inclinó.
Su voz, grave, grave como el momento mismo, rompió el aire cargado:
—Abrí los ojos, Ana.
Ella lo hizo.
Lenta, como si saliera de un trance. Sus pestañas temblaron. Su respiración se cortó por un instante.
Y entonces él alzó su mano.
La que tenía su miembro erecto, brillante, grueso, a punto de estallar. No lo agitó. No lo mostró con arrogancia. Lo sostuvo, simplemente. Como una ofrenda.
—Esta —dijo con esa calma autoritaria que nadie podía discutir— es la verdadera solución a todos tus problemas.
Ella lo miró. Fijo.
Yo sentí cómo se me encogía el estómago.
Ana no dijo nada.
Solo giró la cabeza hacia mí.
Me miró. Largo. Profundo.
Y en esa mirada había algo que ya no podía detenerse: necesidad, fuego, entrega… y también una pregunta muda que no necesitaba respuesta.
Yo no dije nada.
Porque no hacía falta.
Ella volvió la vista al doctor, se inclinó hacia adelante… y sin romper ese silencio cargado, abrió los labios.
Y lo metió en su boca.
Despacio.
Como si lo estuviera saboreando.
Como si fuera lo que había estado esperando desde mucho antes de entrar a ese consultorio.
Y yo… yo no me moví.
Solo sentí que algo en mí se rompía… o se completaba.
Nunca lo supe del todo. Solo sé que me quedé mirando.
Y que no pude dejar de hacerlo.
El glande del doctor desapareció entre sus labios como si hubiera estado hecho para eso, para esa boca hambrienta, entregada, perfecta. Cerró los ojos por un instante, como si necesitara concentrarse solo en esa carne dura, tibia, palpitante que ahora lamía con devoción.
Yo me quedé inmóvil.
No respiraba.
No parpadeaba.
El Dr. Fortunato apoyó una mano firme sobre su cabeza, pero no la empujó. La guió. Como quien acaricia una idea que se vuelve real.
Y entonces habló.
Con esa voz suya, gruesa, grave, rasposa. Como un puño acariciando desde adentro.
—Así, muy bien… —susurró—. Qué buena boca tenés, Ana… sabes usarla. Se nota. Estás hecha para esto.
Ella gimió suave, con la pija adentro. El sonido vibró en mi pecho.
El doctor me miró por un instante. Ni siquiera sonrió. Solo afirmó:
—Tenés una esposa muy puta, Jorge. Pero eso ya lo sabés, ¿no?
No pude responder.
No quería.
Porque sí, lo sabía.
Y sí, me partía.
Y sí… me excitaba como nada.
—Mirá cómo me la chupa —siguió, con el tono cada vez más oscuro—. Mirá cómo se mueve, cómo me lame la base… cómo me mira desde abajo, con esa cara de necesidad. Porque eso es lo que tiene tu mujer: necesidad.
Ana abrió los ojos, con el miembro todavía en su boca. Lo miró. Después me miró a mí.
Y volvió a hundirse más.
Casi hasta atragantarse.
El doctor gruñó. Pero no se detuvo. Le acarició la nuca con los dedos abiertos, como si le agradeciera.
—Te gusta esto, ¿no, Ana? —le murmuró sin dejar que saliera del todo—. Te gusta que tu marido te vea así, de rodillas, entregada. Que vea cómo chupás la pija de otro hombre como si fuera tuya. Como si la hubieras estado esperando toda la vida.
Ella asintió. Sin dejar de succionar.
Yo tenía la erección marcada como una piedra bajo el pantalón. El cuerpo temblando. El alma hecha pedazos.
—¿Querés que te acabe en la boca, puta hermosa? —le dijo con voz densa—. ¿Querés sentir cómo me vaciás entero mientras tu marido mira sin poder hacer nada?
Ella gimió fuerte.
Y no se detuvo.
—Decime, Jorge… —dijo entonces Fortunato, con la voz entrecortada por el placer—. ¿Querés verla tragar? ¿Querés que te mire mientras lo hace? ¿Querés ver cómo se queda quieta con la leche caliente bajándole por la garganta?
Yo no respondí.
Solo asentí.
Porque ya no era un esposo.
Lo vi tensarse. Ese cambio mínimo en la respiración, ese gemido contenido que todo hombre hace cuando ya no controla su propio cuerpo.
Yo lo conocía. Lo había visto en otros. Y sabía que Ana también lo reconocía, porque abrió un poco más la boca, más profunda, más entregada, como si estuviera recibiendo un sacramento.
El doctor Fortunato apoyó las dos manos en su cabeza, firme, dueño de la escena, y murmuró algo apenas audible, un gruñido grave que le salió desde el pecho.
Ana lo sostuvo así.
Quietita.
Sumisa.
Perfecta.
Y entonces él se corrió dentro de su boca.
No necesitó empujarla. Fue como si su cuerpo, esos espasmos breves, calientes, inevitables, marcaran el ritmo. Ana no se apartó. No tosió. No vaciló.
Lo recibió entero.
Yo la vi tragar.
La garganta moviéndose suave, dócil, como si ya hubiera aprendido a hacerlo para otros hombres antes de este.
Como si esa boca hubiera sido hecha para sostener y aceptar, sin resistencia, el final de cualquier hombre que la poseyera.
Fortunato tembló apenas, aún con los dedos en su nuca.
Ana lo miró desde abajo mientras seguía succionándolo suave, lenta, limpiándole todo, dejándolo impecable como si fuera su obligación… o su regalo.
No lo hacía para él.
Lo hacía para mí.
Porque cada vez que lo lamía, cada vez que pasaba la lengua por el borde, me miraba directo, sostenido, incendiándose en mis ojos.
Ese gesto…
Esa forma de mirar mientras tenía la boca ocupada…
Eso ya me había roto muchas veces antes.
—Tu mujer es extraordinaria… —dijo Fortunato sin recuperar del todo el aliento, aún sosteniéndola—. Mirala, Jorge. Mirá cómo me deja limpio. Así debe atenderse a un hombre.
Ana no se detuvo.
Se metió todo lo que quedaba, lo lamió desde la base y volvió a su boca una y otra vez, pequeña, obsesiva, rendida.
Cuando terminó, Fortunato le levantó suavemente la cara. Ella lo miró, pero enseguida buscó mis ojos otra vez.
Yo entendí todo en ese instante.
Quería más.
Fortunato también lo vio.
Y sonrió con un gesto lento, seguro, casi clínico.
—Jorge —dijo—. Levantale la pollera.
Mi respiración se cortó.
Ana se quedó quieta, pero sus muslos temblaron apenas.
—Hacelo —repitió él, sin elevar la voz—. Tu mujer necesita otra cosa ahora. Está pidiendo más sin decirlo.
Me acerqué.
Mis dedos subieron la tela despacio, sintiendo el calor que ya le ardía en la piel.
La pollera se plegó a la altura de su cintura.
Su tanga negra, mínima, mojada, marcada contra su cuerpo, quedó a la vista.
—Sacásela —añadió Fortunato, mirándome fijo—. Quiero verla como corresponde. Quiero ver lo que vos ofrecés.
La agarré del elástico.
Ana levantó apenas las caderas, ofreciéndose sin pronunciar palabra.
La tanga bajó suave por sus muslos y cayó al piso.
Su culo quedó expuesto.
Redondo, perfecto, tenso… un arma, un altar, un lugar donde tantos hombres se habían perdido antes.
Mi tio se inclinó hacia adelante sin poder evitarlo.
No dijo nada.
Solo respiraba fuerte.
El doctor lo notó.
—César… —dijo con tono casi cordial, como si estuviera invitándolo a probar un vino—. Vení. Tocala.
El se acercó despacio, como si se aproximara a una escultura que siempre deseó ver de cerca.
Extendió la mano.
La apoyó sobre una nalga primero, suave.
Después la tomó entera, llenándose la palma de ella.
Ana gemió.
Un sonido corto, urgente, totalmente sincero.
Yo miraba esa mano sobre la piel de mi mujer y sentía una mezcla imposible entre orgullo, celos y una excitación violenta que no sabía cómo sostener.
Fortunato se levantó del sillón, ya recuperado, poderoso otra vez.
—Esto… —dijo señalando su cuerpo, la posición de Ana, la mano de César— es lo que vos deseas, Jorge. No lo niegues. Siempre lo supiste. Ella está hecha para esto: para ser mirada, tocada, abierta por otros hombres.
Ana seguía gimiendo, más fuerte cuando César le apretó la otra nalga.
—Y mirala… —continuó Fortunato mientras se acercaba a mí—. No puede esperar. Te das cuenta, ¿no? Míralo en sus caderas, en cómo respira. Tu mujer necesita que alguien la tome ahora. No después. Ahora.
Ana, sin despegar la vista de mí, llevó su mano hacia adelante y acarició los huevos del doctor.
Despacio.
Con devoción.
Como si ya fueran de ella.
Fortunato soltó un hilo de aire caliente por la boca.
Y entonces me habló a mí. Directo. Sin rodeos.
—Jorge —dijo, sin moverse—. Entregásela. Dale la cola de tu esposa a tu tío. Que la tome. Que la haga suya. Que sepa lo que es cogerse un culo hecho para ser compartido.
No pude hablar.
Solo asentí.
Tomé las nalgas de Ana con fuerza y las abrí del todo, dejando el ano perfectamente a la vista, tenso, palpitante, dispuesto.
El doctor murmuró como un mantra:
—Eso es. Mostrale bien el agujerito. Que lo vea abierto. Que sepa que está caliente. Que lo entienda con los ojos… antes de sentirlo con la pija.
Ana gemía, con la frente pegada al sillón, el cuerpo inmóvil, pero rendido y su mano derecha apretando los huevos del doctor. Una mujer atravesada por su propia necesidad.
—César… —dijo Fortunato—. No esperes más. Cogete la cola de la esposa de tu sobrino. Hacelo mirándolo a él. Que vea cómo se la hundís. Que escuche cómo suena cuando la abrís por atrás.
Mi tío no dudó.
Tomó su miembro con la mano. Lo frotó apenas. Y lo apoyó en el centro exacto de ese pequeño círculo tembloroso. Empujó despacio. Ana soltó un grito. No de dolor. De alivio.
El glande entró.
Yo temblé.
César jadeó.
—Qué culo… por dios… —murmuró.
—Metela entera, César —ordenó Fortunato con voz grave—. Despacio. Pero sin parar. Quiero ver cómo desaparece. Quiero ver cómo esa cola se traga la verga de su tio politico.
Y así fue.
César fue empujando, centímetro a centímetro, hasta enterrarse entero. Las bolas le quedaron pegadas a las nalgas de Ana. Ella soltó un alarido mudo y se arqueó aún más, como si ofreciera el alma.
—¿Estás viendo esto, Jorge? —susurró el doctor, pegado a mi oído—. Tu mujer acaba de regalarte el momento más glorioso de tu vida. Está empalada en la verga de tu tío… y lo único que quiere es más.
Yo asentí. Sin poder hablar. Los ojos clavados en ese culo partido, en ese vaivén lento y profundo con el que César comenzó a poseerla.
—Y no termina acá —dijo Fortunato—. Esto recién empieza.
César embestía con un ritmo lento, profundo, como si paladeara cada centímetro del interior de Ana. Sus caderas chocaban contra esa carne abierta con un sonido húmedo y grave que parecía llenar el consultorio.
Yo seguía sosteniendo las nalgas de mi esposa, manteniéndola abierta para que él pudiera penetrarla sin esfuerzo. Su culo se dilataba, enrojecido, tragando cada embestida como si no pudiera vivir sin ellas.
—Mirála, Jorge —dijo Fortunato, apoyando una mano en mi hombro, casi paternal—. Tu mujer no está soportando esto. Lo está disfrutando. Está hecha para ser usada así. Para ofrecer el culo como una puta agradecida.
Ana gimió con fuerza, como si cada palabra del doctor le entrara junto con la pija de mi tío.
—¿Escuchaste eso? —continuó Fortunato—. Eso no es dolor. Eso es placer puro. Eso es una mujer que está exactamente donde quiere estar: con el culo partido por otro… mientras su marido la ayuda a abrirse más.
César no hablaba. Gruñía. Con la cara tensa, los dientes apretados, los ojos fijos en las nalgas que se abrían y se cerraban con cada sacudida de su pelvis.
—Qué apretada está… —murmuró, casi jadeando—. Nunca imaginé que iba a sentir esto. El culo de la esposa de mi sobrino... tan caliente... tan puta...
Ana gritó. El cuerpo le tembló. Yo supe que acababa. Lo sentí. Lo vi. Sus piernas se sacudían, su espalda se arqueaba como un látigo.
Fortunato se inclinó y le susurró al oído:
—Eso, perra hermosa. Acabá con la pija del tío bien metida. Acabá con ese culo lleno.
Y luego, me miró de nuevo.
—Jorge, vení. Besala. Besá a tu esposa mientras se viene con otro hombre en el orto.
Yo no dudé.
Me incliné y le besé la espalda sudada, el cuello, la nuca. Ella giró la cara y me encontró. Su boca buscó la mía y me besó con hambre, con desesperación, con esa mezcla de culpa y gloria que solo una mujer cogida como se merece puede sentir.
Ana gemía contra mis labios. Y luego volvió a gritar. Otra vez. Otro orgasmo. Más salvaje. Más profundo.
—No termina —jadeó Fortunato—. Esta puta no termina. Cuanto más la cogen, más necesita.
Entonces él se puso de pie, se colocó frente a Ana y le sujetó el mentón.
—¿Querés otra pija, Ana?
Ella, con la cola todavía empalada, apenas pudo susurrar:
—Sí…
Fortunato la tenía sujeta del mentón, la tomo de la cabeza y empujo su miembro dentro de su boca hasta el fondo. Ana lo trago con devoción.
—Mirá esto, Jorge… —dijo con voz ronca—. Mirá cómo le cuelgan las lágrimas del placer. No puede más, pero tampoco quiere que paremos.
Ana gimió otra vez, más alto, más animal.
—¿Querés más, puta hermosa? —le susurró César, jadeando.
Y entonces el doctor me miró.
Fijo.
Con una sonrisa cargada de lo que venía después.
—Mira como te la llenamos toda
Mi tio en ese momento comenzó a acelerar el ritmo mientras Ana se retorcía de placer.
—Me vengo sobrino. —Me vengo dentro del culo de tu esposa.
Soltó un grito y le dejo todo su semen en el interior. Ana, había pegado su culo al cuerpo del tio para no perderse ni una gota.
Al mismo tiempo el Dr. la agarro de la cabeza con fuerza y nuevamente la hizo tragar todo hasta quedar seco.
Mientras los tres se reponían, Fortunato me pidió casi con todo de orden:
—Traela la próxima vez sin ropa interior. Tu esposa necesita muchas mas sesiones.
Yo… solo asentí.
Porque ya era su cómplice.
Su testigo.